La escena expuesta: Mitos del Pop y El Greco, dos citas imprescindibles para este verano

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¿Es más moderna una pintura porque haya sido realizada en los años sesenta o puede un lienzo del siglo XVI ser más innovador que alguna pieza pintada en el presente? Mitos del Pop, en el Museo Thyssen-Bornemisza, y El Greco y la pintura moderna, en el Museo del Prado.

Mitos del Pop

La aparición del pop art a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta fue uno de los momentos más liberadores de la historia del arte. Su adscripción decidida a la nueva cultura de la tecnología y el consumo echaba por tierra los anhelos heroicos y subjetivos de las vanguardias anteriores y reintegraba el arte al mundo real. Con el incesante intercambio entre el arte y todo tipo de objetos de la cultura visual y de la cultura popular, el pop acabó con la separación entre la “alta” y la “baja” cultura y abrió un nuevo debate sobre las relaciones entre lo estético y lo antiestético. Para el pop toda imagen era reciclable, todo objeto era susceptible de convertirse en arte y su verdadero propósito era ofrecer una nueva interpretación de la imagen en la cultura contemporánea. Ahora bien, el pop esconde una paradoja apasionante: por un lado, fue un movimiento innovador que abrió el camino a la posmodernidad, pero a la vez manifestó una clara orientación hacia el pasado. La ambición del pop de conectar con la tradición utilizando nuevos medios artísticos derivados de la televisión, la publicidad o el cómic se concentró sobre todo en la nueva valoración de los estilos y los géneros artísticos, y en la reinterpretación de las obras de los maestros antiguos de las que haría homenajes o parodias irreverentes. Mitos del pop elimina las etiquetas nacionales y presenta el pop art en su conjunto para rastrear las fuentes comunes del pop internacional, con ese espíritu globalizador que tiene la colección del Museo Thyssen-Bornemisza. Desde las obras pioneras de británicos y americanos hasta las derivaciones del pop en Francia, Alemania, Italia y España se ha querido dejar claro que, en buena medida, todos ellos compartieron las mismas ambiciones de ruptura con una reflexión sobre el arte y la realidad, el arte y la tradición, o sobre el arte y los museos.
Greco

El Greco y la pintura moderna

El redescubrimiento del Greco tuvo gran importancia para el desarrollo de la pintura en el último tercio del siglo XIX y a lo largo de buena parte del XX. Tras la fascinación ejercida por Velázquez entre los pintores realistas, el Greco, entonces muy poco conocido, atrajo a los artistas más renovadores como Manet y Cézanne. También interesó a los pintores españoles, entre ellos Zuloaga, que poseyó La visión de San Juan (Nueva York, Metropolitan Museum of Art), obra decisiva en el nacimiento mismo del cubismo por su influencia sobre Picasso, para quien el Greco fue el maestro antiguo más relevante. Tuvo, además, un gran peso en la difusión del cubismo, a través del orfismo de Delaunay y de las obras de Derain, Modigliani, Rivera y la vanguardia checa.

La realización de la primera exposición del artista en el Museo del Prado (1902), la formación de nuevas colecciones que relacionaron su pintura con los artistas modernos, la aparición de los primeros estudios, a cargo de Manuel B. Cossío (1908) y August Mayer (1911) y las apreciaciones críticas vertidas por Julius Meier-Graefe en su Viaje por España (1910) y por Maurice Barrès (1911), favorecieron la difusión de la obra del artista. En Centroeuropa, sus obras, principalmente el Laocoonte (Washington, National Gallery of Art), sirvieron de inspiración a expresionistas como Beckmann, Macke, Kokoschka, Hofer, Steinhardt y Korteweg. También fue importante para los artistas judíos, como Soutine y Chagall, vinculados a París y para las poéticas surrealistas, como revelan los casos de Masson y Domínguez.

Especial relevancia tuvo en la configuración de la pintura moderna en América, donde sus aspectos más expresivos ejercieron una gran fascinación tanto en México, como se aprecia en las obras de Orozco, como en Estados Unidos, a través de Benton y Pollock, en los umbrales mismos de la abstracción, a los que también llegó Matta desde el surrealismo. Aún alentaría el impulso transformador del Greco en las figuraciones expresivas de la posguerra europea, según muestran las obras de Giacometti, Bacon y Saura, así como del último Picasso.

Por todo esto son dos citas imprescindibles para este verano en Madrid.

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