La política cultural en España y su influencia en el cine

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Los que nos dedicamos al sector de la producción audiovisual, yo no me atrevería a llamarlo industria, en el más amplio sentido del término (cine, teatro, televisión, actores, técnicos, proveedores, etc.), no dejamos de sorprendernos de cómo estamos constantemente en boca de la opinión pública, de los medios de comunicación, de los políticos, para sentirnos criticados uno y otro día, casi siempre por lo mismo, por “ser los que vivimos del dinero de sus impuestos”.

Sin embargo, nadie habla de la calidad de los profesionales de este sector (actores, técnicos, proveedores, etc.) que cada vez que son conocidos por una producción internacional que llegan a España, siempre hay alguno que inicia una carrera internacional. De la buena imagen que tiene la cultura, en general, y el cine en particular en el resto del mundo. Del buen momento que atraviesa el cine español, en cuanto puede hacer películas de calidad, en cualquier género, y de cómo es apreciado por el propio público español.

Yo soy el primero en reconocer que no todas las películas españolas son buenas, pero, para hacer buenas películas, hay que poder hacerlas. Ahora, todo el mundo se vuelve loco con la calidad de las series norteamericanas o británicas, cierto, así es. Pero nadie se para un minuto a pensar en que lo que conocemos o los que aquí nos llega, es la selección de lo mejor de cada país.

Sin embargo, nadie habla de que todas las ayudas del cine español equivalen a las de un solo museo (algo magnífico, por otro lado), o equivalen a la mitad de lo que recibe una sola empresa de fabricación de coches francesa instalada en España, o la misma cantidad que una empresa minera o decenas de otras empresas o partidos políticos u organizaciones empresariales, incluso el cultivo del tabaco (producto mortal para la salud, como así se indica en las cajetillas) reciben ayudas públicas, no hay más que consultar en el ranking de las empresas más subvencionadas en el 2013.

Y todo esto, me parece correcto, todos los países subvencionan sus industrias de una u otra manera, pero no por ello hay que avergonzarse, simplemente, que los medios de comunicación hablen más de ellas y menos de nosotros.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos tenía tres grandes y potentes industrias, la venta de armas, la fabricación de vehículos y la industria del cine. Estados Unidos consiguió el difícil equilibrio de situar el cine entre la cultura y la industria. Aquí, en España, el cine no es ni cultura ni industria.

El gran problema que hay en España, es que la cultura, el cine, no son una cuestión de Estado, como sucede en otros países, sino una cuestión de Gobierno, sin un mayor planteamiento que a cuatro años vista, que es lo que dura cada legislatura. No existe una política cultural a medio o largo plazo.

Y el concepto industrial aún se entiende menos. Si lo valoramos sólo en términos económicos, el primer interesado en que se hagan películas de cine es el propio Gobierno, el cine es una fuente de ingresos constante, gasta por un lado y hace recuperar, más, por otro. No hay realmente un estudio de impacto económico generado por la producción audiovisual, pero si se calcula que por cada euro recibido del Estado, el cine puede generar unos cuatro euros de retorno.

Casi todas las películas españolas retornan al Estado bastante más dinero que la ayuda pública recibida, ¿cómo?, a través de la contratación de empleo, pagos de IRPF, IVA, cotización a la Seguridad Social, etc. Todo esto, sin contar la explotación comercial.

Tendría que ser el propio Gobierno el que hiciera esa promoción del cine español, sentirse orgulloso y poner los medios para convertirlo en verdadera industria. Así, promocionaría la cultura e ingresaría dinero en sus arcas. Pero, desgraciadamente, no tenemos ni política ni educación cultural.

Sin ir no muy lejos, justo al otro lado de los Pirineos, en Francia, el presupuesto para el cine francés para 2015 estará en torno a los 650 millones de euros, en España, no llegará a 40 millones.

Por ejemplo, en Francia (siento ser tan “afrancesado”), las películas se estrenan en las salas de cine comerciales los miércoles de cada semana. Para promocionar la afluencia de público a las salas, los miércoles, viernes y sábado por la noche, en todas las cadenas generalistas de televisión está prohibido por ley emitir películas de cine.

También, la difusión de publicidad de avances de películas de cine, los trailers, están prohibidos por ley. Como este tipo de publicidad es la más cara, en comparación a la radio, vallas, prensa, etc., casi siempre estaba copada por grandes producciones americanas y como las producciones francesas no podían competir en número de pases, el Gobierno francés, decidió eliminarlos.

Y en las emisoras de FM de música, el 40% de las canciones tienen que ser en lengua francesa.

Y como en casi todos los países europeos, para tener una televisión pública de calidad, cada ciudadano que compra un aparato de televisión paga cada año un impuesto (la “redevance” en Francia) que va directamente al presupuesto de la televisión pública.

Lo mismo sucede con una parte del precio de la taquilla que va directamente al presupuesto del Instituto de Cine francés (CNC), cuanto más se ve el cine extranjero, más dinero llega para su cine nacional.

“Chauvinistas” dirían algunos, guardianes de su cultura y protectores de su industria, diría yo. Esto es lo que se llama la “excepción cultural francesa”, esto es tener una política cultural, que conlleva una educación cultural y que mantiene una industria cultural.

Bueno, creo que ya es hora de dejar de hablar de Francia….

Ante esta falta de política y educación culturales, incluso, en ocasiones, es el propio Gobierno el que enfrenta a la opinión pública con el sector audiovisual.

Todo el mundo se quejaba del canon digital, pagado exclusivamente por los compradores de soportes físicos para la grabación de datos, archivos de audio o de vídeo. Ahora que el Gobierno lo ha reducido y lo ha metido en los Presupuestos Generales del Estado, en contra de la directiva europea, y todos y cada uno de los contribuyentes, está obligado a dedicar una parte de sus impuestos a dicho pago, nadie dice nada.

Por si a alguno se le olvida, el canon digital por copia privada surge cuando empiezan a comercializarse aparatos grabadores, en la época, de cassetes, cintas de vídeo, etc. Los fabricantes de estos aparatos y de los soportes físicos donde se hacían las grabaciones ven como su volumen de negocio aumenta exponencialmente ya que la gente compra esos aparatos y esos soportes. Entonces surge ese pago que, inicialmente, lo asumen dichos fabricantes, sin ningún problema y sin repercutirlo en el precio de venta al consumidor. Los años pasan y esas cassettes y esos VHS dan lugar a CD y DVD, con un coste de fabricación tan bajo, que los fabricantes deciden repercutir ese canon en el consumidor y es entonces cuando surgen las quejas.

No quiero extenderme mucho en el tema de la piratería, simplemente, dejar claro el fraude fiscal de millones de euros que supone para el Estado, pérdida de empleo, cierre de industrias, y además y, sobre todo, del destrozo que se hace de la propia cultura de nuestro país. Este país, que al nombrarlo se les llena la boca a muchos de nuestros políticos y ciudadanos, país que solo se debe ver reflejado en una bandera, en esa bandera que cuelga de muchos retrovisores de cientos de vehículos que circulan por nuestras carreteras, pero que la deben utilizar después para limpiar el monitor de sus ordenadores y ver bien todas las páginas de descargas ilegales, cuanto más ilegales, mejor… así se entiende que las banderitas estén tan sucias.

Internet es una herramienta magnífica, un nuevo medio de comunicación, pero como todos los anteriores, necesita una regularización. Cuando solo existían los pequeños comercios, la gente iba y compraba y pagaba lo que se llevaba. Cuando surgen los grandes centros comerciales, la gente sigue comprando y pagando lo que se lleva, no por encontrarlo todo en un mismo sitio se lleva las cosas sin pagar, lo que en castellano se llama “robar”.

A mí me gusta decir que, en buena parte, la culpa de esta “picaresca” mal interpretada la tiene el Lazarillo de Tormes, en este país, el que más roba, el que más engaña, el que menos impuestos paga, el que más defrauda, es el mejor valorado socialmente, el más admirado, el más listo, triste, muy triste.

Volviendo al tema inicial de las subvenciones al cine, con un planteamiento político sensato y realista, hay diversas formas que se podrían aplicar para reducir esas ayudas directas, con resultados altamente satisfactorios:

– Las deducciones fiscales aplicadas a la producción audiovisual, que ya se están en marcha, pero que, en lugar de mejorarlas, se reducen para 2015. ¿Por qué no podemos estar al mismo nivel que la industria naviera o el I+D+I? ¿Acaso nadie quiere que el sector audiovisual se convierta en industria? ¿O, simplemente, al mismo nivel que otros países de la UE? Si somos miembros, que lo seamos para lo bueno y para lo malo, no solo para lo malo…

– Como va a hacer Cataluña, que el Gobierno cobre una pequeña cantidad (veinte céntimos) a los operadores de internet y que ese dinero se dedique al fondo de la producción audiovisual y que, al mismo tiempo, se vigile que no se repercuta en el coste de la línea al consumidor final. Y, a cambio, los productores audiovisuales españoles podrían ceder sus derechos de sus películas para que esos operadores creen sus canales temáticos de cine español. A la vez que se ingresan fondos, se promociona el cine español, ¿tan difícil de entender es esto?

– En el año 2012, el Estado recaudó cerca de 90 millones de euros con el IVA de las entradas de salas de cine, casi tres veces más que el presupuesto del Fondo de la Ayuda a la Cinematografía del año siguiente, 2.013. Si a esto sumamos el IVA de la venta de los DVD, ¿no se podría revertir una parte de estos ingresos al fondo de la cinematografía?

No suelo ni quiero ser negativo, trato de ser realista y, a partir de aquí, intentar mejorar las cosas en el bien de todo el sector audiovisual. Estamos hablando de una falta de voluntad, no de un problema económico ante la falta de recursos por la crisis. Una falta de voluntad, no solo de este Gobierno, sino del anterior y del anterior y del anterior al anterior.

Como dicen los norteamericanos “There is no business like show business”
¿Tan difícil es unir la cultura y la industria a través del cine y salir todos beneficiados?
Pues sí, si no existe una política cultural deseosa de hacerlo.

 

Fernando Victoria de Lecea
Productor Cinematográfico

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