La tragedia ciudadana en La Abadía

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Ha sido todo un éxito, todo un suceso. Entradas que se vendían con una pasmosa rapidez, como si se tratase de una final de fútbol. De acuerdo, era fácil predecirlo. En el proyecto estaban involucradas las actrices Aitana Sánchez Gijón (Medea), Carmen Machi (el Creonte o la Creonta de Antígona) y el actor Juan Antonio Lumbreras (Edipo). Asociados a los dramaturgos y directores de escena Andrés Lima (Medea), Miguel del Arco (Antígona) y Eduardo Sanzol (Edipo). Todos ellos son palabras mayores del teatro actual español y, sin temor a equivocarse, se puede decir que del teatro europeo y del teatro mundial, aunque Europa y el mundo todavía no se hayan enterado.

Todos ellos y, muchos otros más, embarcados con mucha generosidad en un largo proceso de investigación que comenzó en 2013. En esa nave llamada Teatro de la Ciudad, el que se hace por y para los ciudadanos libres, que ha recalado en ese puerto seguro que es el Teatro de La Abadía antes de zarpar para una larga gira por la geografía nacional. Teatro que acaba de cumplir veinte años como puerto franco de las artes escénicas en la Comunidad de Madrid y que promete renovarse, porque sabe que hay que “renovarse o morir”. Puerto al que volverán estas tragedias en septiembre debido a su gran éxito, con entradas ya a la venta y con los mejores asientos empezando a escasear con meses de antelación. Igual que pasa con las giras que ya tienen anunciadas en Mérida, en Bilbao y suma y sigue.

Y el resultado ¿está a la altura de las expectativas? Hay que ser sincero y reconocer que el resultado del conjunto no. Pero el riesgo corrido sí, incluso está por encima. Ese riesgo artístico que se pide a cualquier espectáculo de fuste, de raza. El que gusta tanto a los profesionales como al público que va al teatro a algo más que simplemente a entretenerse, a despistar el tiempo como si les sobrase. No es este un teatro al que uno va a las ocho de la tarde a descansar, a relajarse después de las obligaciones del día, del trabajo, de la casa, a pasar el tiempo, el rato. No. Exige estar presente. Exige mirar y escuchar. Exige atención por parte del espectador, al conjunto y a los detalles.

Con esa actitud se disfrutará sin duda de las tres, pero, sobre todo, de Medea. Ese espectáculo preapocalíptico que ha realizado Andrés Lima, al que la crítica y el público le han afeado su excesiva presencia en escena representando a todos los personajes masculinos. Podríamos decir que Medea se trata de un Lima al uso, bronco, violento, desasosegante, de voces distorsionadas y microfonadas, en la que se ve nacer el mundo, y el mundo es una mujer que pare y que mata y devora a sus hijos. Porque a ella nada la contraría, ni siquiera un hombre, un hombre corriente por mucho rey que sea, que ella es una diosa. Donde la música y la musicalidad, en directo y grabada, son un coro que acompaña a la magnífica actuación de Aitana Sánchez Gijón. Una performance por la que debería llevarse todos los premios de la temporada, incluido el de la Unión de Actores. Actuación en la que parece haberse quitado todos esos frenos que la mantenían como la musa de un teatro de qualité bienpensante y/o bienintencionado. Podría decirse que Aitana ha crecido, se ha hecho adulta, esperemos que no quiera volver a la comodidad de sus cuarteles de invierno, aunque quién se lo podría afear en estos tiempos críticos para toda la profesión (incluso para los que disfrutan de éxito), tiempos como los de los griegos.

El resbalón, al menos desde punto de vista del que se sienta en la comodidad de la butaca, lo da Sanzol. Todo por una decisión de casting o por una decisión de dirección que no se entiende. Y es que el excelente actor Juan Antonio Lumbreras no da el perfil de Edipo. Ni en la forma ni en el fondo. Lo que lastra esta adaptación y dificulta el disfrute de la magnífica idea que Sanzol tiene para poner en escena esta obra. Un Edipo que sucede sentados a la mesa. Como una conversación de sobremesa en el que se discute de política y de las responsabilidades individuales en la desgracia que afecta a la ciudad mirando al mar. Y los platos sin quitar, con los restos y las sobras. Estómagos llenos que forman parte de un pueblo hambriento. No es el único acierto. El otro es el coro formado por Natalia Hernández y Eva Trancón que cantan, recitan, su parte como si se tratase de rezar un rosario o un padrenuestro en una iglesia católica. Una letanía. Consiguiendo otra forma de leer y entender lo que el coro de esta obra dice. Y dando al espectador educado en una sociedad católica unas ganas locas de persignarse, arrodillarse y rezar, religarse, pues sabe que viene la desgracia, la desgracia del conocimiento, ese conocimiento que buscaba Eva y en esta obra busca Edipo, el que expulsa a ambos del paraíso. En este caso de la ciudad que le dio un reino, una familia y unas hijas.

¿Qué decir de Antígona? La primera en agotar entradas debido a la combinación de dos nombres, Miguel del Arco y Carmen Machi, que son reclamo infalible para el público. También ha sido la más aclamada por la crítica. En la que Creonte, el personaje de la Machi, se ha comido a la Antígona que interpreta con eficiencia Manuela Paso y que, tal vez, hubiera justificado el cambio de título de la obra. Una Machi en registro de Machi, que agradará a su parroquia, que es grande, pero defraudará a los que busquen la actriz que vieron en Agosto o en Juicio a una zorra. Porque este Creonte necesita otra cosa, otro registro, otro sentir en escena que el que se muestra. Todo lo contrario que José Luis Martínez que demuestra que no hay papel pequeño. Su guardián, creado desde la vulnerabilidad del pobre diablo, del mandao, supone un soplo de humanidad verdadera en este innecesariamente aparatoso montaje. Este actor crea un personaje en el que es fácil reconocerse como ese saco de miedos, vísceras y mierda que es el ser humano y del que solo cabe reírse con cariño. Papel por el que, como Aitana, merece ser premiado, por contar tanto con tan poco, tan poco texto, tan poco tiempo en escena, y persistir en la memoria del espectador frente a la autocondenada Antígona. Esa mujer que defiende como un derecho de los vivos el poder enterrar a sus muertos con dignidad. Y lo hace aún en contra de una ley, una ley injusta, y poniéndose en peligro, en la plaza pública de la ciudad. Donde debería hacerse política a la vista de los ciudadanos. Arriesgando lo único que tiene, que es su vida, condenando a los suyos a perder el derecho a enterrarla. Y es que entonces, como hoy, hay que morirse dentro de la ley, por muy injusta que fuese, para asegurarse un adecuado descanso eterno.

Son estos tres montajes, tres barcos que salen a conquistar España. Atracarán en ciudades y en festivales. Cargados de tragedia, montaran la versátil escenografía creada por Beatriz San Juan, que lo mismo vale para Medea que para Edipo o para Antígona, en los escenarios españoles y derramarán las hermosas y enormes frases de estas tres desgracias, en versión de sus dramaturgo de hoy, para contar el terrible sino de los hombres y mujeres de hoy y de siempre. De los ciudadanos libres, a los que libera un teatro de actores, actrices y directores que se exponen, que asumen riesgos, que dicen y hacen lo que piensan.

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