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La extraordinaria vida del Señor Wences
Jorge San Román Villalón
En el siglo XX el Señor Wences llegó a lo más alto practicando ventriloquia en teatros de variedades, en vodevil, cine y televisión. Xavier Cugat, José Iturbi y Wences Moreno fueron los tres españoles que se hicieron verdaderamente famosos en los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX, y de ellos, el ventrílocuo nacido en un pueblecito de Castilla es el único que ostenta el honor de haber dado su nombre a una calle de Nueva York. Las frases de sus personajes más famosos, Johnny Martin y Pedro, la cabeza en la caja, permanecen aún en el ideario popular norteamericano. Más que una estrella al estilo americano, el Señor Wences fue un surrealista español, en la línea de Buñuel o Dalí, incluso un personaje de la órbita de Federico Fellini: en sus actuaciones apenas movía los labios, conseguía hasta once voces diferentes, y hacía hablar a sus personajes en ocho idiomas. Fue el artista que más éxitos cosechó en el legendario show de Ed Sullivan, en plena era dorada de la televisión americana. Desde su primera actuación en junio de 1948, permanecería veinte temporadas, totalizando cuarenta y nueve actuaciones de siete minutos, por cada una de las cuales cobraba 7.000 dólares. 1.000 dólares por minuto, una cifra astronómica para la época, e inalcanzable para otros artistas.


Nicolás Malenkovich
Editorial Montena
Lolo Rico
Lolo Rico: He sido una gran detractora de la literatura infantil. Escribo para niños porque no sé coser. El primer libro que escribí en mi vida fueron los cuentos del sarampión.
Nicolás Malenkovich es un niño, hijo de un coronel del ejército de seguridad de Macedonia y de una tenista española. Una gran aventura de niños unidos por una fe común precisamente en el grupo, en la familia, como valor. En las relaciones humanas y solidarias. Llevar a los niños a la idea de que todos somos iguales y todos somos extraordinarios, y que el mundo es nuestro. Universalizar la individualidad. Todos somos iguales, todos somos un colectivo, todos tenemos los mismos derechos, sin dejar de ser diferentes. Eso sí me gustaría que lo dijeran los libros.
Lo más importante que hace un niño es jugar, que es su aprendizaje. Y creo que lo más importante que hace un adulto es jugar también. En eso nos podemos dar la mano. Yo creo que de las cosas más hermosas que he hecho en mi vida ha sido jugar. He sido más niña lectora que niña de juegos, sin embargo, de mayor he jugado mucho, he sido muy aventurera y no me arrepiento. Jugando se pierde el miedo. Si no se acepta al otro es porque se teme a la diferencia, a lo que es distinto, lo desconocido.
El mal es, debe ser peligroso. Es peligroso para los que reciben el mal sin duda, pero debe ser peligroso también para quien ejerce y vive en el mal. El peligro no siempre es malo, el otro siempre es un riesgo, se corre un riesgo aceptando y queriendo al otro. Bendito riesgo.


Trilogía: Actos de resistencia contra la muerte
Editorial Argitaletxea
Angélica Liddell
Angélica Liddell: El teatro hace patente un amor por la muerte, un culto por lo efímero, como una especie de impulso de aniquilación, la sensación de que algo muere.
“¿Cómo seguir? ¿Cómo superar la información? ¿Cómo convertir la información en horror? ¿Cómo escapar de la demagogia y de la estúpida responsabilidad mesiánica del escritor? ¿Cómo escapar del tópico piadoso y la denuncia baba? ¿Cómo escapar de lo social? Mi punto de vista es absolutamente antisocial. Esto es una obra antisocial. Sólo se me ocurre conceder a la realidad del derecho al misterio”. (Y los peces salieron a combatir contra los hombres).
Los excesos más terribles no causan escándalo en el mundo, pero cuando lo trasladas al teatro causa un escándalo pavoroso. Yo no pretendo escandalizar, el escándalo está en la realidad.
Pero si no es a través de la belleza esta verdad no se puede comprender. Ése es uno de los grandes misterios y conflictos de la creación: por muy espantosa que sea la realidad de la que estás hablando, el resultado es inevitablemente un producto hermoso.
Las palabras dramáticas que uno escribe son palabras enfermas, moribundas. Cuando lees, estás leyendo una especie de enfermedad.

 

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