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Noches de Casablanca

Editorial Leer/Testimonio
ADA DEL MORAL

Luis Ruiz Huidobro, bala perdida del Madrid modernista y político circunstancial de la II República, fue uno de esos actores de reparto que apenas fueron protagonistas de su propia vida.

Cazador de besos en la Gran Vía, poeta sin una línea escrita, una ninfa lo salvó del totalitarismo y en Acapulco lo arrancó de este mundo una ola traicionera.

Hijo del siglo XX con su cosecha de sangre, dividido entre el deber ser y la realidad, lo personal y lo colectivo, se vio apresado en el cepo de la Guerra Civil y tuvo la desgracia de que su visión, como la de Arturo Barea, Chaves Nogales o Balbontín no encajara en la perspectiva de los vencedores ni en la de los vencidos.

Así, desnudo de mitos, reducido a un puñado de fotos y silencio, yace en la trastienda de la memoria histórica, fantasma romántico y oveja negra de una de tantas familias españolas que ascendieron, cayeron y remontaron al paso de la pérdida de las colonias, el nacimiento de la Gran Vía y el cine, Primo de Rivera, la Monarquía, la República, el exilio y la dictadura.

Ésta es su historia.

El gran historiador americano Stanley G. Payne señala en el prólogo del libro que “lo que más trasciende de esta obra no es ningún argumento formal de la política o la historia, sino la experiencia humana del dolor y el sufrimiento padecidos por la generación de la Guerra Civil”.


El teatro, una herramienta en la escuela

Ediciones De La Torre
ANTONIO DE LA FUENTE ARJONA

Cuando se habla de “teatro en la escuela” suele entenderse como una actividad cuya finalidad parece ser la representación pública de un texto (ya sea de un autor determinado o de creación colectiva a partir de ensayos e improvisaciones) al final del curso escolar o en otros días señalados…

Sin excluir, claro está, esa posibilidad, los libros publicados por De la Torre en su colección “Alba y Mayo Teatro” (“El Ladrón de Palabras”, “La Sombra Misteriosa”, “Mi amigo Fremd habla raro” y “La rebelión de los números”) fantasean con una propuesta que, aunque de apariencia modesta, deviene en ambicioso plan.

No se trata de “educación teatral” (es decir: de un profesional de teatro enseñando teatro), sino de “teatro en la educación”. Imaginemos a un profesional, un profesor (no de teatro: un maestro de matemáticas, o de lengua española, o de segundo idioma…) usando el juego dramático (dentro del aula y en su horario lectivo) para transmitir mejor su materia.

¿Pero es que el teatro puede servir para enseñar matemáticas, lengua o historia? Pues sí, ¿por qué no? ¡La expresión dramática al servicio de la educación!

No como una actividad aparte, sino formando parte de cada materia en cuestión; como una herramienta más que por igual facilite (enriqueciéndolo) el trabajo del profesor y oriente el entendimiento de los alumnos.

Como una herramienta más, otro material didáctico, complemento al libro de texto, las diapositivas o la visita al museo. Marionetas, sombras chinescas, pantomima, los mismos niños y niñas representando/vivenciando un hecho histórico, un problema matemático o un concepto gramatical: las posibilidades y usos son formidables. Cuantos más recursos tenga el formador más posibilidades de juego, pero con la práctica se aprende, ¿no es así?

No hay grandes secretos ni doctos consejos, estos cuatro libros trufados de juegos, ideas y ejercicios, tan sólo aventuran unas bases, sencillas pero sólidas, sobre las que cada cual podrá ir construyendo a su medida esta teoría o fantasía.

Porque más que conocimientos dramáticos lo principal es echarle ganas e imaginación, que la mejor manera (si no la única) de entrar en contacto con el juego dramático y sus amplios recursos es precisamente ésa: jugando y experimentando.


¡Harpo habla!

Editorial Seix Barral
HARPO MARX

Harpo, el mudo de los hermanos Marx: Groucho, Zeppo, Gunmo y Chico, era el maestro de la armonía. En el arpa y en la vida. Un hombre que escribió como vivió: con dulzura, alegría, discreción y ángel. Pasó del vodevil de tercera a Hollywood y de ahí, al firmamento de nuestra educación sentimental.

Antes de que Minnie, la indómita madre de los cinco chicos llegara a poner en marcha su Plan Maestro, es decir, elevarles al estrellato a base de recorrer, del norte a sur de USA, los teatros de tercera, el pequeño Harpo, una “gamba” frente a los “langostinos” del barrio neoyorquino que le vio nacer, tuvo que afinar el ingenio para salir victorioso en la lucha por la vida. Para ello, tuvo que huir de la escuela de Miss Flatto donde cada vez que la adusta mujer giraba la cabeza, compañeros más grandes le lanzaban por la ventana. Miss Flatto, le castigaba y nunca entendió porque se escapaba. Si llega a chivarse, no hubiéramos conocido a Harpo, que adoptó este nombre durante una partida de póker con sus hermanos en homenaje a su amado instrumento. Harpo heredó este amor de su abuela Fanny.

Toda la familia tenía un toque mágico: sabían defenderse y reír. Nunca, pobres o ricos, perdieron la frescura. Si mamá Minnie trataba con el exterior, Frenchie, el padre, gran cocinero y horrendo sastre, hacía suyo el interior. Su mayor tradición era la falta de tradición. Siempre estuvieron unidos y siempre sumaron al núcleo. Cualquier purista les hubiera tachado de absurdos. Sin embargo, Harpo y los suyos, entendieron la vida: no tiene más sentido que el que puedas darle. La risa es la gran arma, la sinceridad unida a la astucia, la mejor virtud. Un detalle. Su novia y luego única esposa, la chica de las piernas de un millón de dólares, una de las estrellitas del Ziegfeld Follies, Susan Fleming, le persiguió para enamorarle un lustro. Nadie, salvo ella, podía reconocerle por la calle. Cuando le hizo suyo, adoptaron cuatro niños. La fusión fue perfecta. ¿El secreto? El Cuento que era la pura verdad, porque entre todos los bebés, ellos les habían elegido y viceversa. Fueron invencibles. ¿Traumas?, ¿problemas? Sólo la muerte. Con muchos Harpo, este mundo sería tan maravilloso como merece. Un historia preciosa. Y lo mejor, real.


Vida con Picasso

Editorial Elba
FRANÇOISE GILOT Y CARLTON LAKE

Picasso como la gran mayoría de los genios mediáticos estaba desdibujado por su mito. Y así permanecerá para quien no entre de puntillas en este luminoso y cabal experimento que es Vida con Picasso, de Françiose Gilot, la única de todas sus mujeres que no le consintió sus maneras de “barbazul” y que le dejó sin volverse medio loca, siguiendo ese adagio-boutade picassiano de que al romperse una relación habría que quemar a la mujer para comenzar una nueva vida sobre sus cenizas.

Gilot, la observadora, es como un bálsamo para la mitomanía y descubre al lector, una dimensión nueva del personaje, la de un malagueño afincado en Francia que sentimentalmente no pasó de los ocho años y a quien le traía al fresco la religión que parecía haber desencadenado. Gilot, pintora agudísima y certera escritora, madre de Claude y Paloma, dos de los retoños de Picasso que mejor han sabido defenderse en la vida, desvela al hombre y al pintor a través de diez interesantes años de relación en los que no se dejó maltratar y que mandó a paseo cuando entrevió que ambos tomaban direcciones distintas.

El libro es, además, un verdadero tratado de pintura. Y tan visual que uno puede sentir la desesperación de Picasso ante la destrucción sistemática de las normas pictóricas. Hizo un viaje increíble de la pintura clásica a los ismos, dibujó el siglo XX con sus manos sin moverse de la Francia ocupada y sostenía que no gozaba de mayor talento que otros humanos con la diferencia de haber dedicado todos sus esfuerzos a la pintura. Sin embargo nunca se creyó el más grande. Para las generaciones antiguas de artistas, la opinión de los demás importaba un bledo y los medios de comunicación que tanto han jugado a encumbrarle le parecían fuegos de artificio.

Nunca dejó de ser un pequeño burgués estoico que admiraba a los auténticos bohemios, un jovencito entusiasmado que buscaba plasmar la esencia misma de sus modelos, un marido y padre afectuoso e impredecible aunque a tiempo parcial que cambiaba de pareja cada diez años. Fue cruel y tierno, raras veces malicioso, iracundo, inseguro y escasamente pagado de sí mismo. Como suele suceder con aquellas figuras permanentemente expuestas en la primera línea de fuego es un desconocido.

Ada del Moral


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