Libros: “La fábula de la nevera, el cuchillo y el mechero” de Carlos Bernal

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Recuerdo la cara de fascinación de Carlos mientras iba desgranando las palabras del suceso que narraba la noticia del periódico El País. Nos pareció una historia de cualquier familia pobre que podíamos imaginar ocurriendo en Santiago o Buenos Aires, en una favela de Brasil o en un barrio de Medellín y, por qué no, si ser pobre es parecido en cualquier parte y el artículo era la prueba, en Vallecas o cualquier barrio de trabajadores de Madrid, París, Nueva York o Berlín. Era una historia fascinante, repleta de realismo mágico, de personajes del absurdo, revolviéndose en lo absurdo de la pobreza, relacionándose de manera absurda y evidenciando los contravalores que hoy, más que ayer, nos cercan con su impenitente actualidad. Un suceso casi inimaginable en el “primer mundo” tan “desarrollado”, “moderno”, “civilizado”, tan “rico”, tan “democrático”. Donde todo parecía tan ordenado y que todas las piezas encajaban perfectamente en el puzzle. Era una historia que vaticinaba cosas de hoy, escrita y sucedida ayer. La apariencia de normalidad, esa “normalidad” de la doble moral capitalista; mientras la codicia, la envidia y el desamor corroen todo el entramado. Ese fue el punto de partida con el que Carlos Bernal construyó esta divertida e inquietante obra, de trama insólita, que sin perder ni la fuerza ni la vitalidad absurda del artículo, se llenó de ironía y vida, en la casa de una familia pobre que vive de la pensión del abuelo muerto. Esto me hace reconocer que no son las obras las que se hacen contemporáneas, sino el tiempo y la sociedad, que hacen que las piezas teatrales bien escritas se hagan cada vez más del tiempo presente, quiero decir, las que hablan de los conflictos humanos y les dan sentido para ser representados. Como si no se explica la vigencia de Aristófanes, Plauto, Sófocles, Eurípides, Shakespeare, Calderón, Molière o Pirandelo y tantos otros que llamamos clásicos, que nos hacen ver y sentir sus obras como si sucedieran hoy. Historias de hoy escritas y sucedidas ayer.

En LA FÁBULA, obra de formato medio, con acción trepidante, amor y muerte, intriga y humor negro, la búsqueda del bienestar, que se nos revela a la altura de los ojos como patrimonial a toda la humanidad, resulta cobijar solo a unos cuantos y depender de la clase social a la que se pertenece: se desborona. Asistimos entonces, en estas relaciones complejas y contradictorias de los personajes, a la revelación de la derrota de la luz, a la traición de las promesas de libertad, igualdad y fraternidad, a su destierro, y veremos a la miseria extrema dar al traste, también, con las promesas celestiales de un paraíso después de la muerte.

Un universo teatral constituido por una matriz mítico-mágica, religiosa y ancestral es el que se expresa en la obra con potente actualidad y da las coordenadas para la puesta en escena. Un asunto de estructuras culturales imperiosas, duras y extremadamente resistentes de ideología dominante que hace que la envidia, la frustración y la venganza delineen el suceder de los personajes.

El Viejo, Rubén, Matías, Ella y La Niña personajes estancados en el remolino de las apetencias y los sueños incumplidos, inalcanzables, giran como corcho sin darse cuenta de que sus vidas son arrastradas al fondo del río de la vida sin paliativos e inexorablemente a la fatalidad, determinados por los resentimientos y el mal sabor de insatisfacciones variadas. Por el destino ineludible de la pobreza de repetirse a sí misma en cada generación sin importar culturas, países o colores de piel; los personajes cumplen su función y van develando a los ojos y sentimientos del espectador la fatalidad del destino de los pobres como en cualquier tragedia griega.

LA FÁBULA DE LA NEVERA, EL CUCHILLO Y EL MECHERO más que eso es una metáfora de la vida de los pobres que esperanzados en salir de su miseria se prenden de las religiones, la migración, la lotería, el delito o las Participaciones Preferentes a sabiendas de que solo les espera al final de su historia el hospital o la cárcel; la iglesia o el cementerio.

Fabián Ramírez Oliveros

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