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Carmen Arévalo

Cuando me llamaron para decirme que estaba nominada a los premios de la Unión de Actores en la categoría de reparto por TV, corrí al baño y me planté delante del espejo. Me sujeté la cara con las palmas de las manos y dije: “¡Oh, my Goood! ¿Qué me pongo y qué digo?”, y el espejo me contestó: “Solo estás nominada, pero cualquier cosa que te pongas y digas estará bien”. “¿Tú crees?”, le pregunté, pidiéndole confianza ciega. “Pero lo primero que tienes que hacer es enterarte de quiénes son tus rivales”. Corrí al teléfono, hable por él, colgué y volví de nuevo al espejo. “¡Oh, my Good!”, volví a decir otra vez con las manos en la cara. ¡Son la Pedroche y la Cuevas! “Lo tienes crudo, pero claro, nunca se sabe”.

“Estoy nominada, ¿no?”, le dije muy chula, “lo importante es disfrutar de ésta nominación y de la fiesta de todos los actores. ¿Qué te parece si les envío un jamón a todos los afiliados de la Unión de Actores con un eslogan: Cómeme y vótame. Eso es mucho gasto para un reparto. Déjalo para cuando estés nominada de protagonista a un Oscar”.

El discurso

Ok. Ahora tengo que pensar en el discurso. Porque lo que me parece horrible es lo que dicen algunas personas cuando reciben un premio: “No había preparado nada porque no pensaba que me lo dieran”.

Pues yo llevo preparando el discurso desde que empecé en esta profesión.

Cuando les dije a mis padres que me quería dedicar a esto, torcieron el morro. Y yo les dije: os prometo que a no tardar mucho me darán un premio y entonces ya veréis lo orgullosos que os vais a sentir cuando os lo dedique. Diré: “A mis padres, que confiaron en mí y me dieron todo su apoyo cuando les dije que quería ser actriz, y han estado conmigo siempre, en todo momento, en las duras y en las maduras”. Vais a llorar mucho, lo mismo que yo cuando os lo dedique, porque ése momento es muy especial y todo el mundo llora.

Como mis padres se murieron hace ya algunos años, tengo que cambiar el discurso. Voy a ensayar, a ver qué me sale.

Cojo el bote de laca como si fuera el trofeo, lo miro, y luego me encaro al espejo, o sea, al público. Y empiezo: “Doy las gracias a la productora, a la Unión, a los que me han votado…”.

Se me hace un nudo en la garganta solo de ensayarlo. La voz se me ha quebrado, río, toso, lloro y miro el trofeo sin verlo porque estoy atacá. ¡A ver si no voy a poder decir ni pío cuando me lo den! Respiro, ¡ayyyy! Cojo aire tres veces y empiezo a dedicarlo: “En primer lugar, a mis nietos, Sergio, Diego y Olivia, para que vean que además de albóndigas hago otras cosas… A…”.

¿Qué pasa, no te gusta? Tendré que pensarlo más despacio. Tendré que escribirlo en mi oficina particular: El metro. La mayoría de las veces ahí me surge la inspiración. Cojo la línea circular, entro en un vagón, me siento y abro mi escritorio: Saco el boli, el cuaderno, las gafas, miro alrededor y me pongo a escribir de corrido. A veces levanto la cabeza sorprendida ante un vuelo literario y descubro alguna mirada inquietante tipo: “¿Qué estará escribiendo?”. Les miro como si fuera Virginia Woolf, y vuelvo a lo mío. Después de dar tres vueltas con el circular salgo con el discurso escrito debajo del brazo.

Si el discurso está ya, ahora lo que falta es el atuendo. Estoy de gira y encima estamos en temporada de rebajas. Qué mayor placer para una actriz, tener bolos y con el ahorro de las dietas, o sea sin comer, poder comprase el modelito.

Esta vez no me lo voy hacer, porque estoy harta de que cada vez que aparezco en un evento con alguno exclusivo, mis amigas me dicen eso de: ¿No me negarás que te lo has hecho tú? Yo siempre digo que es de “Dona Karan Alcarria”.

Ya estamos los nominados sentados en mesas sobre el escenario, y encima de ellas hay bombones y champán. Y ya llega mi momento, cuando nombran a las tres candidatas.

Es como estar dentro de un avión en la pista de salida y cuando la voz del comandante dice: “¡Comenzamos el despegue!”, rugen los motores. Cuando está a punto de despegar, una voz dice: “Y el premio es para… ¡Pepa Pedroche!”.

Un griterío enorme inunda la sala y ahí sale la Pepa radiante a recoger su merecido premio. Yo tomo tierra después del despegue abortado y me digo: “¿Y ahora qué hago con el discurso?”. Ya sé, soltárselo a Lapausa, que la tengo en la mesa de al lado. Te lo dedico –le dije–, se lo largué todo seguido y me quedé tan tranquila. Ella me dio dos besos emocionados y yo a cambio cogí los bombones de su mesa, me serví otra copa de champán, brindé por esta profesión y me dispuse a disfrutar de lo lindo.

Al finalizar la fiesta, como el lema de éste año era “Todos sois ganadores”, cogí el trofeo de una actriz que no había ido a recogerlo y me hice una foto con él y con Daniel Sánchez Arévalo, que es mi hijo, alegrías que te da la vida. Parecía que me lo estuviera entregando él. Quedó muy chula. Como soy muy mentirosa, cuando mi hijo tenga hijos (que ya va siendo hora) se la enseñaré y les diré: “Mirad, vuestro padre y yo, cuando me entregó un trofeo. ¡Qué guapos y qué jóvenes estábamos!”. Vamos, igual que ahora. Igual que siempre.

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