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Carmen Arévalo

13 de enero de 2011. Buen número, y buen día.

Cuando le dije al taxista: “A la estación de Chamartín, por favor”, éste me preguntó si iba de viaje. “Sí, (le contesté) voy a Santander”.

“¿De vacaciones?”, me preguntó.

A punto estuve de contarle el motivo de mi viaje, pero me limité a decirle: “A ver a la familia”. Algunas de mis amigas me llaman “bocachancla”, porque dicen que todo lo largo a la primera. Ya sea una confidencia, un secreto, o algo sin importancia. Esto no la tenía, aún así traté de reprimir mi incontinencia verbal y me callé.

Pero no le oculté la verdad cuando le dije que iba a Santander a ver a la familia, porque en realidad íbamos mi hijo Ignacio y yo a ver a los PRIMOS, la película de Daniel que se preestrenaba en Santander. El estreno oficial fue en Madrid el 4 de febrero. No os voy hablar de la película (aunque me gustaría), sino de lo especial que tiene esta película para mí que no hayan tenido las otras.

En ésta película trabajan mis tres hijos por primera vez. Daniel dirigiendo su guión, Ignacio haciendo el making off, y Paula haciendo la coreografía del número de baile. Por eso iba tan contenta, porque voy a ver un producto en el que han trabajado mis tres hijos. ¡Hala! me ha salido la vena de madre que no puedo reprimir.

II

Ahora estoy con Ignacio en la estación. Llegaremos dos horas antes de la proyección. Daniel se tuvo que venir un día antes, entrevistas, promociones… Paula no puede venir desde Paris, vendrá a Madrid.

Una semana antes del evento le dije a Ignacio: “Habrá que ponerse guapos ¿no? Me he comprado un modelito en las rebajas… ¿tú que piensas ponerte?”.

-Lo de siempre madre, el traje de mi boda, que con eso voy hecho un figurín.

Cada hijo tiene su personalidad y su manera de entender la vida.

Para él “vestirse un poco” es ponerse el traje que le compré para su boda. Menos mal que le regalé uno muy avanzado para la época y todavía resiste.

Mientras esperábamos debajo del panel que anuncia la vía por la que sale el tren, veo venir de lejos a alguien que me recuerda a alguien. Según se iba acercando, ya no me cabía duda; porque ese alguien que me recordaba a alguien avanzaba hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Es él! ¡No me lo puedo creer! Viene vestido impecablemente, y a éste le pasa lo que a mi hijo, el del traje de boda, que no es su estilo verle así.

-¿Qué haces de ésta guisa? Le pregunto después de molerle a besos.

-Eh… pues verás (dice mostrando ostensiblemente su vestimenta). Estoy… ¡rodando una serie!

-¿Really?

No sé por qué me da por hablar inglés, así, sin venir a cuento, y sin haberme tomado una copa de más. He llegado a pensar, que puede ser para no olvidar lo poco que sé, pero también puede ser para demostrarme a mi misma, que a pesar de haber nacido en la Alcarria, tengo un nivel. No sé, lo tendría que analizar.

– Sí, de verdad.

(Él también debe saber inglés).

-¿Y dónde la estáis rodando?

-En el tren mismamente. La serie se llama Azafato a la fuerza. En la serie intervienen también otros azafatos, azafatas, interventores, los del bar… un montón de personajes. Y luego los viajeros que siempre interactúan con nosotros. Hay historias apasionantes, por ejemplo, cuando les ofreces los auriculares para oír la película que he seleccionado cuidadosamente y te dicen: “No, gracias”. O cuando le muestras la revista de RENFE Paisajes, y te preguntan si no tienes el Hola o algo por el estilo donde salga ‘la Belén Esteban’. A lo que no se niegan, es a coger a puñados los caramelos.

-¿Y qué haces cuando viaja una compañía de teatro y conoces a la mitad?

-Me encierro en el cuarto de baño y directamente me pongo malo. ¡Esto es lo que hay! Llevaba dos años sin trabajar y hay que comer. No sabes las ganas que tengo de que se acabe esto de la crisis, y volver a tener trabajo en los escenarios, en los platós, en exteriores, con frío, con calor, con guiones buenos o malos, pero trabajo como actor.

Y lo vi marcharse arrastrando una maleta que ponía “RENFE”.

¡Que grande es! pensé, dentro de ese traje que también le quedaba grande.

Nosotros cogimos nuestro tren. En él comimos, bebimos, hablamos y llegamos.

La cola para ver la película daba la vuelta al edificio. Desde la acera de enfrente contemplé el espectáculo.

Eché la vista atrás y vi a Daniel cuando era pequeño y veraneábamos en Santander, corriendo por la playa detrás de un balón con sus hermanos. Cuando estos se iban al agua me llamaba para meterse conmigo. Había visto la película Tiburón y tenía miedo de bañarse solo.

Seguramente pensaba: “Si el tiburón quiere comerse a alguien, que sea a mi madre que tiene más chichas que yo”.

Al día siguiente volvimos a coger un tren de vuelta y volví a pensar en mi “afazato”. Me concentré en adivinar su futuro. “Tendrá un buen año”, vislumbré a través de mi afecto, aparecerá un nuevo contrato, y si no llega tan pronto como él quisiera, sabrá esperar, porque los actores estamos hechos de una pasta resistente a las adversidades.

Y tuve un pensamiento glorioso para mi escaso intelecto: en esta profesión si pierdes un tren, no te preocupes, siempre encontrarás otro que sale un poco más tarde.

P.D. PRIMOS es una comedia brillante y divertida (ya lo he dicho).

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