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Carmen Arévalo

Anoche tuve un sueño del que todavía no me he recuperado. Me encontraba frente al Ministerio de Cultura, formando parte de una manifestación multitudinaria de actrices que gritaban consignas a favor de la papada.

Aturdida me dirigí a la cabecera de la manifestación y en la gran pancarta pude leer: “Exigimos al Ministro de Cultura la presencia de papadas: en el cine, series, telediarios y en cualquier formato en el que las mujeres participen. ¡Os estáis cargando la especie! ¡Vosotros sois los responsables de que las papadas desaparezcan de la faz de la tierra!”.

Las consignas arreciaron de nuevo: ¡Queremos ver, papadas en la Tele! ¡Papadas, unidas, jamás serán vencidas!

De repente en el sueño apareció mi madre sonriendo y muy feliz. Tenía un aspecto estupendo, no parecía que se hubiese muerto hace años. Cogí un espejo de mi bolso y se lo puse delante de su cara para que se viera. Cuando se contempló se quedó perpleja: ¡Hay que ver hija, qué bien estoy, no tengo ni papada!

Me desperté sudando y sin saber donde estaba. Me llevé las manos a la garganta y pude comprobar que no había desaparecido, para mi desgracia, la mía. Esto me dejó trastocada una temporada en la que por momentos solía preguntarme: ¿cómo interpretaría Freud semejante sueño?

A él no podía preguntárselo, así que decidí interpretármelo a mí misma. Afilé los ojos y me dije: túmbate. “Seguramente estás obsesionada con un apéndice de tu cara que no te resulta halagador. De hecho cuando actúas en la tele, en vez de fijarte en la interpretación, sólo ves una papada que habla. Te sientes sólo papada y te sientes sola frente a ella porque no hay muchas papadas en la tele, es decir no llegan a dos en total, de ahí que te veas envuelta en una manifestación a favor de ella. Tendrás que revisar ése afán de querer convertir la papada en algo fashion para que no tengas que avergonzarte de ella. ¿Y mi madre, qué pinta allí?”.

“¡Ah mi madre!”, me dije. Mi madre no era actriz, pero se pasaba la vida actuando; se le daba muy bien el drama y nos hacía llorar muy a menudo. De vez en cuando, en algunas celebraciones familiares, con champán incluido, nos sorprendía a todos con la alta comedia. A la mayoría nos dejaba perplejos, y mi padre deshecho de tanto reírse. Pero el tiempo pasó para todos y un día le dije: “Mamá tienes papada”. Creo que eso no me lo perdonó nunca, y me contestó: “La vida es una cadena, no te preocupes dentro de poco la tendrás tú también”. Por eso estaba mi madre feliz de la vida, celebrando lo de mi papada y lo de la cadena. Me quedé satisfecha con este pensamiento tan freudiano, y enseguida vi el tratamiento específico que le tenía que aplicar. Lo primero de todo: asumir mi condición. Y lo segundo, decir: “Sí, tengo papada, ¿y qué?”.

Esa noche soñé con Freud. Me estaba guardando el sueño al lado de mi cama como un ángel de la guarda. Cuando desperté, sonrió, cerró el puño con el dedo gordo hacia arriba y desapareció.

Invencible

Después de la aceptación, la vida transcurría plácidamente. Un atardecer en el que me encontraba leyendo a Shopenhauer, tratando de entender el conocimiento esencial del “yo” a través de la introspección, sonó el timbre de la puerta a arrebato. Levanté sorprendida mis ojos del libro y pude comprobar atónita que el cielo se había teñido de rojo pasión al ocultarse el sol. Tuve un pensamiento histórico: “en el atardecer también hay pasión”. El timbre seguía sonando y decidí ir abrir. Al otro lado de la puerta estaba mi amiga ‘la Desiré’.

– ¿Te estás meando? –le pregunté.

– Todavía no tengo esos problemas –me dijo empujándome para entrar en el salón y siguió hablando como poseída de algún extraño mal.

– ¡Esto tiene que acabar! ¡No podemos seguir consintiéndolo! –se volvió hacia mí y me interrogó cómo si fuera la autora de un crimen.

– ¿Has visto la tele? –asentí con la cabeza. ¿Has visto las series que ponen? –volví a asentir con la cabeza y con todo el cuerpo.

– ¿Y qué me dices de la edad?

– Ahí te has pasado –le dije.

– Ya sabes la edad que tengo, y no me gusta que lo vayas pregonando por ahí, ni que me lo eches en cara cómo si fuera un pecado. ¿Dónde están las mujeres a partir de los 50? –siguió diciendo mientras se daba tres vueltas al ruedo, para pararse en seco. Vengo de hacer una prueba para una mujer que tiene hijos y nietos y lo he hecho muy bien, de eso estoy segura, ¿Y sabes a quién se lo han dado? A una que tiene 10 años menos que yo.

– Tienes que aceptarlo –le dije. Lo viejo no vende, me lo han dicho, y las papadas tampoco, por eso no salen en la tele.

– ¿Entonces a qué nos vamos a dedicar? –me preguntó furiosa. No quiero seguir haciendo calceta como una Penélope cualquiera esperando a que suene el teléfono.

– Ten paciencia –le contesté. Y de repente me vino a la cabeza otro pensamiento histórico que solté sin filtro alguno: “cuando las posibilidades de trabajo desaparecen, la creatividad aflora en su máximo esplendor y es a ella a la que hay que acudir”. ‘La Desiré’ me miró extrañada. ¿Qué te parece? Es de un anónimo.

– No sabía que ahora te llamabas Anónima.

Y ya que estaba en racha seguí con otro pensamiento histórico: “mañana nos vamos a poner a escribir historias de mujeres, y luego ya veremos qué hacemos con ellas. ¡Hay que empezar a maquinar ideas!”.

¡Mujeres creativas jamás serán vencidas!

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