Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Carmen Arévalo

El conjuro

Mi neceser de maquillaje de teatro seguía ahí, en el mismo sitio, esperando en el armario, en la línea de salida, sin perder las esperanzas de que a pesar de la crisis tuviera que recurrir a él de nuevo. Yo seguía a diario con mi ritual (más vale no tentar a la suerte y torcerla si dejas de hacerlo): antes de acostarme, abría la puerta del armario y le daba una colleja en la tapa mientras le decía: “No te digo adiós, te digo hasta luego”. Y me iba a dormir con la conciencia tranquila del deber cumplido.

Cuando ya empezaba a hundirse la tapa con tanta colleja efusiva, pensé si no sería más justo parar antes de quedarme, además de sin trabajo, sin el neceser.

Esa noche soñé (siempre soñando) que me llamaban para sustituir un bolo de emergencia. “Coge tus cosas, incluido tu neceser de maquillaje y vente pa’ Castellón en el próximo vuelo”, me dijo una voz que no logré identificar a quién me recordaba. Corriendo me dirigí al armario y le dije al neceser: “¡Vamos cariño que es una emergencia!”. Cuando tiré de él no conseguía arrancarlo, era cómo si se hubiera adherido a la madera y se hubiese fosilizado. “¡Vamos, vamos que no voy a llegar!”. Tiré con tanta fuerza que logré desprenderlo. Ahí me desperté con el cabecero de la cama arrancado con estas manos.

“¡Esto quiere decir algo!”, me dije. Sin soltar el cabecero, cerré los ojos y me concentré: “/Cabecero, Cabezona, Cabeza/ en éstas tres cosas está la respuesta/ Cabeza, Cabezona, Cabecero/ Quiero un trabajo para echarle al puchero/ hazme saber con una señal, que me llamarán/”.

Le señal me vino del techo. Mi vecino de arriba no dejaba de aporrear su suelo mientras gritaba. “¡Cállate que como baje el que te arranca la cabeza soy yo!”.

¡La cabeza, soy yo! ¡Es la señal! ¡Qué fuerte!

El director fiel

Érase una vez un director teatral al que le encargaron dirigir un musical zarzuelero y érase una vez una actriz (yo misma) a la que llamaron para hacer una prueba. Al director teatral le gustó mucho mi interpretación, pero al director musical le gustaba más mi body que mi voz y dijo que no pasaba la orquesta.

– ¿Cómo que no? –le dije. Iba a coger carrerilla para tirarme al foso de la misma y demostrarle así que podía pasarla, cuando el director teatral me agarró del brazo para que no lo intentara.

– No te preocupes, –me dijo–, algún día trabajaremos juntos.

Le agradecí el detalle de apaciguar la desconfianza que crece en uno, de repente, como la mala hierba, y nos despedimos con un: “nos volveremos a ver”.

El tiempo pasó… pasó… y…

Los jueves, milagro

Un jueves, a las dos semanas de haber hecho el encantamiento, sonó el teléfono. Era de “El director fiel” a su palabra. Hasta la Alcarria agostada por el sol llegó su llamada. Quería saber si estaba libre y si me gustaría formar parte del montaje de Tío Vania.

“¡Ah! ¿Ves cómo soy un poco bruja?”, me dije, “lo sabía, lo sabía”. Mi sistema nervioso se alteró, se me cruzaron los circuitos. Al oír sus palabras empecé a volar con mi neceser de maquillaje, de teatro en teatro, de camerino en camerino… llenando en todas las plazas, recogiendo aplausos, gastándome las dietas… Él había dicho Tío Vania, y mi cerebro se saltó el protocolo y registró Chéjov y le pregunté: “¿Cuál de ellos?”.

Silencio al otro lado del teléfono. Cuando se me reiniciaron de nuevo los circuitos me dije: “¡Ay madreee! ¡Bien empezamos!”.

“Es un papel pequeño”, me dijo, y yo le atajé. “No hay papel pequeño…”. Pero en realidad lo que le estaba diciendo era: “¡¿Por qué hay papeles pequeños?! ¿Y por qué me tienen que tocar a mí? Una madre es una madre y las madres hablamos mucho”. Bueno en este caso la madre no es la protagonista de la obra, me dije para calmarme, porque si no se titularía Mi hijo Vania.

“Me encanta poder trabajar contigo y me encanta poder hacer un Vania”.

Eso le dije. Y quedamos para hablar, y nos gustamos… Y empezaron los ensayos.

En ellos descubrí a mi personaje, que estaba encantado de conocerme. Y también descubrí a los miembros de mi nueva familia teatral con la que iba a compartir muchas cosas.

En la última obra en la que había estado trabajando durante casi dos años se creó un vínculo muy especial con todos los componentes de la compañía. Éramos como una gran familia, en la que todos sus miembros estaban representados. Creamos unos lazos (aunque algunos ya estaban, Sole Perezagua, Zori) tan amorosos que nos parecía imposible no seguir trabajando juntos. Si echo la vista atrás me doy cuenta de que a lo largo de los 36 años que llevo de profesión he tenido numerosas familias y de todas guardo unos recuerdos y anécdotas que no tienen precio.

Esto es una declaración de amor a mi nueva compañía. Con la que he vuelto a reír y a disfrutar de la magia de pisar de nuevo las tablas. Porque como dice mi personaje en un momento de la obra: “¡Hay que hacer, actuar!”. Cuando no lo hacemos, los actores estamos un poco muertos.

Ahora empezamos una gira después de haber estado en Madrid. Nos fue muy bien en los Teatros del Canal. 

P.D. Los directores y productores tendrían que tenerme en cuenta a la hora de hacer sus repartos, porque las obras en las que he participado siempre han sido un éxito de taquilla. Creo que es un dato que tendría que añadir a mi currículo.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn