Marchando una de reparto : El malestar de la cultura

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Carmen Arévalo

Me levanté feliz, dentro de un orden, claro. Estaba pasando una buena racha y eso me hacía sentir bien. El motivo de mi felicidad era porque volvía al teatro. El 22 de diciembre había estrenado una obra y le dije a todo el mundo que me había tocado la lotería. Enseguida el personal se piensa que te ha tocado el gordo, y tienes que aclararles que no, que ha sido la pedrea convertida en un papel de reparto. “Ah, de reparto”, contestaban, y en enseguida me apresuraba a decirles que no hay papel pequeño, etc.

Siempre que pillo un trabajo, después de la alegría me viene un poco de bajón, porque me gustaría colmar las expectativas de todo el mundo. Como por ejemplo, las de los compañeros de trabajo de mi hijo Ignacio cuando les cuenta que su madre es actriz. –¡Está trabajando ahora! –les dice todo excitado. –¿Sí… tu madre es actriz, y cómo se llama? –Carmen… –¿Carmen Maura…? –No, Carmen Arévalo. –¡Ah!, dicen en tono despectivo, –no me suena para nada. Me da una rabia porque dejan al pobre chico pensando: “¿de qué me sirve tener una madre actriz si no la conocen ni en mi trabajo?”.

Unos días antes de estrenar recibo un mensaje de esos que suelen mandar con frases e imágenes maravillosas. En éste en concreto me decían: “Tienes que quererte mucho, tienes que aprender a quererte mucho”. Me quedé perpleja mirando la pantalla. Como soy tan influenciable, me pregunté: “¿Acaso no me quiero?”. “A lo mejor es poco”, me contesté consternada.

Y decidí quererme más.

El día del estreno camino del teatro me paré en un escaparate y me dije: “Como te has portado muy bien y has sacado adelante un personaje para el cual te han dado sólo cinco días de ensayo; ése colgante tan bonito que estás viendo y que te gusta tanto, es tuyo”. Pasé, lo pagué, me lo puse y me dije: “Mucha mierda”.

La víspera de los Reyes mis pies se pararon en un puesto de artesanía. Después de mucho mirar me decidí por un anillo y me dije: “¿Qué, te gusta?”. Me lo puse en el dedo índice y la mano se me convirtió en una paloma etérea sin manchas. Asentí con la cabeza y me lo compré como señal de compromiso conmigo misma en prueba de lo mucho que me quería.

Así pasé un tiempo maravilloso queriéndome sin parar. Y el virus amoroso que me poseía se extendió como el de la gripe.

Un día cuando llegué al teatro, empezaron a caerme enhorabuenas por doquier. ¡Había salido nominada como actriz de reparto en los premios de la Unión de Actores! ¡Dios…! ¡No sabía qué cara poner, también la gente me quería mucho!

Ahora sí, ahora mi hijo Ignacio podría decir en el trabajo que su madre estaba nominada para un premio y si no sabían quién era yo, era un problema de ellos, de falta de cultura.

La mayoría de las críticas ya habían salido y había un porcentaje muy alto de sobresalientes referidos a los protagonistas y al montaje. Los de reparto nos convertimos en: “El resto bien”, “un buen reparto en su totalidad,” “bien subrayados los papeles pequeños”. Nada más, pero era más que suficiente. Claro que alguna vez me hubiera gustado ver mi nombre en negrita, puestos a soñar.

Una mañana al abrir el periódico me encontré con un titular de la obra. “Debe ser otra crítica”, dije toda excitada achicando los ojos tratando de ver algo sin las gafas de leer. En el barrido que hice de todo el artículo de repente me tropecé con mi nombre. ¡En negrita…! “¡Sale mi nombre!”, “¿Dónde están mis gafas?”, gritaba recorriendo la casa sin encontrarlas y sin darme cuenta de que las llevaba en la mano. “¡Ay, qué pena de cabeza la mía!”, dije toda nerviosa mientras me las ponía. “¡A ver…!”. Y empecé a leer.

Era un artículo largo y extenso pero no leí nada, solo leí mi nombre y lo que ponía antes y después de él. Y no era bueno. Decía unas cosas de mí que se me clavaron como puñales en el corazón. “¡Con lo contenta que estaba, y viene este hombre (que debe estar vacunado contra todos los quereres) a oscurecerme el día!”, me decía mientras me iba arrancando los puñales y limpiando la sangre que salía borbotones.

En ésas estaba, cuando sentí abrir la puerta de casa. ¡Socorro, mi hijo Ignacio! Como lo lea no va a poder ir a trabajar en un mes. Escondí el periódico en un armario y cuando me preguntaron por él les dije que en el quiosco se habían acabado muy pronto porque regalaban un orinal.

Ese día cuando salí al escenario me pisé el vestido, se me olvidaron los guantes y me descubrí entre cajas chupándome el dedo gordo antes de salir a saludar. ¿Qué diría Freud de eso?

Estuve dos días con un cierto malestar. Al tercer día me desperté con el cielo despejado dentro de mi cabeza y una relativa sensación de bienestar del 80%, la misma que la humedad relativa del aire de ese mismo día, y me pareció una sinrazón el malestar que había tenido.

¡Dios, se me había olvidado! ¡Ay, que pena de cabeza la mía!

“Tengo que quererme mucho, tengo que seguir aprendiendo a quererme mucho”. Y para demostrarme lo bien que estaba aprendiendo a quererme de nuevo, me fui a las rebajas.

A propósito de ese malestar que había tenido… ¿tendrá algo que ver con eso que dicen de “el malestar en la cultura”? Se lo tendré que preguntar también a Freud. Lo voy a volver loco.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn