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Carmen Arévalo

Cuando empieza a caer, lentamente, el telón de la última función en la que has estado trabajando una larga temporada, le das el adiós definitivo a la obra mientras contemplas al público que, aplaudiendo como siempre, no es consciente de que cuando inclino la cabeza saludando, ya lo empiezo a añorar. Y te haces la misma pregunta: “¿Me volverán a contratar?

Besos y abrazos se mezclan con algunas lágrimas cuando el telón cae definitivamente. La familia a la que hemos pertenecido, y con la cual tanto hemos disfrutado y sufrido en algunos momentos, llegando incluso a pensar que era para toda la vida, se disuelve al abandonar el teatro. Y enseguida sueñas con volver a tener otra “familia teatral” lo más pronto posible.

Con esto de la crisis, la cosa se ha puesto muy difícil. Es la conversación general con los de la profesión. Pero yo creo que la crisis siempre ha existido mientras no le llamen a uno para trabajar.

El tiempo pasa de una manera diferente y mientras esperas, el aire es más denso.

“Algo se mueve”, me digo cuando me llaman para hacer un casting. Te pones las pilas, te aprendes el texto como el padrenuestro y echas el resto para hacerlo lo mejor posible y, de paso, vas seduciendo a todo el que se pone por delante. Una vez terminada la prueba cuando estás en la calle con el subidón, tratando de que baje mientras caminas sin saber si andas o te deslizas, empiezas a pensar que quizá lo deberías haber llevado por otro camino. Te gustaría tener la posibilidad de volverlo a hacer, y repasas todos los pasos que has dado y compruebas que el personaje no estaba redondo y que quizá le hubiera faltado…

¡Nervios, nervios, nervios!

“¡Ya está bien, que todavía no se estrena! ¡Ay, Dios mío, qué profesión ésta! ¿Por qué no me hice azafata que era lo segundo que más me gustaba?”, me dije parándome en una esquina, mientras me tiraba de los pelos y lloriqueaba, harta de mí misma.

Una buena señora, que pasaba en ese momento, dio un respingo al oír tales lamentaciones y se echó la mano al bolso buscando unas monedas.

–No, muchas gracias –le dije recomponiéndome–, es que soy actriz ¿sabe?, todavía no soy pobre, y estaba ensayando un personaje…

–Hija mía… debe ser usted muy buena en lo suyo. Tenga, para que no pierda la confianza que le ayude a triunfar –me dijo muy amablemente, mientras extendía su mano con una moneda de 50 céntimos.

Detenidamente, miré la moneda que tenía en mi mano y le di varias vueltas.

“Si con esto de la crisis no me sale trabajo, ya sé lo que me espera: tirarme al metro. Pero no a las vías. Todavía no he visto a ninguna actriz interpretando un drama en los pasillos”. Y me guardé la moneda en el bolsillo.

Una semana después de hacer el casting, me entero de que han eliminado a seis aspirantes, y que de momento estoy ahí, en la terna, hasta que el director se decida por la que más le guste.

Así que me digo “estoy nominada”. Suena tan bonito… Es como si estuviera nominada para los Oscar, por ejemplo. Y vuelo con la imaginación directamente a Los Ángeles, a la alfombra roja del Kodak Theater. Y me paseo entre la multitud con mi vestido rojo pasión del showroom sonriendo por doquier. Y me veo sentada en el teatro rodeada de estrellas que casi puedo tocar con la mano. Y me sigo viendo en una pantalla gigante, en un recuadro, con las otras actrices también nominadas mientras se anuncian las candidaturas.

Todas esperando el veredicto del director, todas con cara de: “me lo merezco”, “éste papel es ‘pa’ mi”, “de ésta no pasa”, o “soy la mejor”… La imagen se congela.

Pasa el tiempo y la imagen sigue congelada.

Un sábado, guisando en la cocina y con la ventana del patio abierta perfumando a la vecindad….

–¡Vecinaaa, qué bien huele! ¡¿Qué estás haciendoo?! ¡Sale un olor que resucita a un muerto!

Sacando medio cuerpo fuera le contesto: “Una paella de conejo con verduras de la huerta”.

–¡Qué arte tienes, hija mía, vales “pa too”! Oye, ayer te vi en la tele. Sales muy mayor, no sé por qué te tienen que caracterizar. A mi me gustas más al natural. Y pareces más gorda.

–Pero… ¿y de la interpretación, qué?

–Mira, en eso no me fijé. ¿Y ahora que estás haciendo? Avísame para verte.

–¿Ahora…? Ahora estoy haciendo la paella, y te dejo que ya se empiezan a pegar los granos entre sí.

Lo malo de esta profesión es que no te gusta defraudar ni a la vecina.

–¡Todos a la mesa! ¡Y coged el teléfono! ¿Estáis sordos?

–Es para ti, mamá–, me dice mi hijo.

Cojo el inalámbrico mientras los demás, en plena algarabía, se acomodan en la mesa. Cuando vuelvo, la paella sigue en el centro, humeante, esperando a ser repartida, y los comensales, todos en su sitio, me interrogan con la mirada.

–¡Qué casualidades tiene la vida! –les digo mientras voy sirviendo–, ¡Una mujer que se llama igual que yo… a quién se le ocurre llamar un sábado a las dos y media de la tarde para decirte que no has sido tú la elegida para el papel. ¿Es que no comen? –me digo mientras ataco el primer tenedor lleno de arroz–. A mí no me estropean la paella así como así. Mañana será otro día.

–¡Tened cuidado, que quema! ¡Mira, hasta se me saltan hasta las lágrimas de la quemazón!

La imagen se descongela, y veo mi cara perpleja en el recuadro comiendo arroz.

–Otra vez será–, digo con la boca llena.

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