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Carmen Arévalo

¡Qué bonito es cumplir años! ¡Qué ganas tengo de hacerme mayor!

Eso lo pensaba cuando era joven, pero ahora que he conseguido con creces el segundo deseo, cada vez que cumplo me digo: ¡Virgencita, que me quede como estaba!

Un actor visionario me dijo una vez: “Tú vas a trabajar más cuando seas mayor”. Quizá lo dijo para consolarme y para que creciera confiada cumpliendo años.

¿Quién dijo miedo? El día de mi cumpleaños, me subí a una banqueta (que a punto estuve de desmoñarme) y desplegué una pancarta que decía “Bienvenida a la tercera edad”. Todos aplaudieron por mi arrojo y yo sentí que entraba en otra dimensión. Aunque había algo que no iba del todo conmigo, era como si hablaran de otra persona. El espejo puede decir lo que quiera, pero emocionalmente no paso de los 30. ¿Y qué voy hacer con ésta juventud que bulle en mi interior? ¿La tengo que despedir?

Si no llegas, peor. Hay que aceptarlo, dije sacando pecho, y sacar las ventajas que ello conlleva, no tenía que avergonzarme de algo “que si no llegas, peor”.

Así que para celebrarlo me fui a apuntarme a un gimnasio de diseño que habían abierto cerca de casa y que anunciaban sabrosos descuentos. La señorita que me atendió parecía más una modelo que otra cosa, le dije: “Me han dicho que tenéis unas ofertas especiales para este mes”. Ella me miró valorándome, y yo automáticamente estiré la espalda y pensé: “Vas lista maja si empezamos así”.

Me preguntó si pertenecía a alguna empresa o colectivo, mientras hojeaba unas listas.

–Soy actriz, –le dije, colocando la voz de manera contundente. –Y pertenezco a un colectivo muy grande donde los beneficios de este gimnasio podrían interesar a nutrido grupo de actores y actrices. Además escribo en una revista de gran tirada en la que si llegamos a un acuerdo, podría escribir en algunos de mis relatos acerca de las maravillosas instalaciones que poseéis y esto os daría a conocer a…

–No se contempla ningún tipo de descuento de esas características, –me soltó sin dejarme terminar. –Lo siento, éstas son las tarifas.

Hasta sin gafas vi los precios que se exhibían sin pudor en ellas.

–Me lo pensaré, –le dije, mientras recogía los papeles con una sonrisa tipo “será por dinero maja”, y me levanté.

Nada más despegar el culo del asiento me volví a sentar.

–Una cosa, –le dije, y me atraganté al hacerlo:– ¿Hacéis descuentos a la tercera edad?

–Perdón, no la he oído.

Miré a izquierda y derecha, y luego vocalicé bien, pero no subí el tono. ¿Qué necesidad había de que todo el mundo se enterara?

–Pues eso, que si hacéis descuentos a la tercera edad.

–Sí, para eso tenemos estas tarifas. Y sacó de un cajón otros papeles que me fue mostrando.

“¡Leches, esto es otra cosa!”, dije para mí.

–Pues mira, –le solté ya recompuesta, –me vas a apuntar porque ya me lo he pensado.

En la calle me di cuenta, de que había tenido la primera negación a mi edad. “No volverá a pasar”. Me dije convencida mientras me dirigía al estanco. Quería saber lo que necesitaba para sacarme el abono-transporte que pertenecía a mi nuevo estado, pero había demasiada gente para mi gusto.

–¿Qué le pongo?, –me gritó un dependiente en medio de aquel gentío.

–¡Ah…! Un paquete de Chesterfield.

Lo pagué y me fui. “¡Pero si no fumo..!”, me dije en la calle. Y le solté el paquete a un pobre que estaba con la mano extendida.

–¿No podías darme un euro que te sale más barato? –me dijo el pobre. –Es que tengo mal los pulmones y no puedo fumar.

“¡Dios, he estado a punto de matarlo!” Y ha sido mi segunda negación, me dije abatida, mientras le daba un euro. No puedo seguir negándolo, ya soy mayor para hacer estas tonterías.Me di la vuelta y entré de nuevo en el estanco.

–¡Oiga!, grité: –¿Qué se necesita para sacar el abono-transporte de la tercera edad?

–Lo primero tener sesenta y cinco años, y ése no es su caso, claro está. –Me dijo el dependiente mirándome de arriba abajo con una sonrisa.

–¡Ah..! No… No es para mí… Es… para mi madre. –Le contesté con otra sonrisa.

Era la tercera negación en una mañana. ¡Estaba igual que San Pedro negando a Jesucristo! Como penitencia me puse llamar a todas las productoras y fregar todos los cristales de la casa. Las llamadas a las productoras me dejaron agotada y la oreja ardiendo de tanto esperar.

Es una pena que nunca estén los de casting cuando les llamas y que se pierdan esto, dije haciéndome un barrido con la mano de arriba abajo.

Para la limpieza de cristales me puse la radio.

Me gustan las tertulias, me gusta participar. Los tertulianos hablan y yo discuto con ellos mi punto de vista, hay veces que hasta les insulto. Es una terapia muy buena para desahogarse y cojo mucha energía para limpiar los cristales.

Ya iba por la tercera ventana con medio cuerpo fuera, cuando estuve a punto de caer en picado con el trapo en la mano al oír algo que yo intuía.

Dos sesudos antropólogos hablaban de una segunda adolescencia que se daba entre los 60 y los 75 años. Y aportaban datos y estudios que me hicieron tirar el trapo por la ventana y correr a mirarme al espejo.

¡Ahí estaba yo, con el pavo subido!

Ésta vez he cambiado los granos por las arrugas. Ésta vez la vamos a disfrutar a tope. Ahora no soy de la tercera edad, ahora soy de la segunda adolescencia. Tendrían que hacer carnés para eso.

¡Ah…! Mi amigo tenía razón, ahora no paro de trabajar. 

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