Marchando una de reparto: La ventana indiscreta

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– ¡Quiero el artículo para la revista, ya!

Me dieron ganas de contestarle: “a estas horas tan tempranas no se llama y menos con exigencias”.

– Es que no tengo nada, ni pensamiento aproximado sobre lo que escribir. Estoy seca

– No me vengas con ese cuento. Sabes que no me puedes fallar.

– Pero es que ya he escrito sobre los actores todas las situaciones posibles que se puedan dar…

– ¿Qué has estado haciendo últimamente?

– Pues… he estado tres semanas en otra ciudad. ¡Con teatro y con playa!

– ¡Pero eso es fantástico!

– Sí. Me alquilé un apartamento sola en la playa. Hacía un tiempo tan estupendo que me permitía bajar todos los días a tomar el sol y bañarme. ¡He estado enmarecidaaa!

Una mañana me desperté con una rodilla hinchada y me dije: “menos mal”. Me alegraba de tener algo que no funcionase, porque si no me lo tendría que haber inventado, era todo demasiado perfecto.

– Pero el mar es muy bueno para inspirarte y escribir.

– Será para los escritores, pero no es mi caso. Si fuera escritora escribiría sobre una experiencia de terror que viví durante dos días.

– Cuenta.

– Yo solía cenar en la terraza acompañada de buen vino, oyendo el mar de fondo y como buena hormiga, almacenando sensaciones de cara al invierno. Una noche, unos gritos procedentes del edificio de enfrente, me paralizaron con la boca llena. Un tipo fuerte estaba gritando a una joven de aspecto frágil que aterrorizada iba retrocediendo, intentando no ser aplastada por él, hasta la pared. Cogió una botella por el cuello e intentó estrellarla contra su cabeza. Ella se agacho y se tiró al sofá gritando, agarró un cojín y se lo lanzó a la cara. En ese momento él giró la cabeza y me vio. Su figura se congeló un instante al verme testigo de la secuencia. Cerró las puertas correderas de cristal de la terraza y yo aproveché para apagar la luz y quedar a oscuras.

El corazón parecía salírseme del pecho, cuando él gritando enloquecido se abalanzó sobre ella, en la penumbra creí distinguir piernas y objetos volando, gritos… y de pronto… silencio. Le vi salir del salón, volver a entrar apagar la luz… y nada.

“¡La ha matado! me dije sin respiración”. Cogí el móvil para llamar a la policía y… no había cobertura. Mi lugar paradisíaco, lejos de todo y de todos, se había convertido en una pesadilla.

Cerré las puertas correderas, bajé las persianas y eché la llave por dentro. Me encerré en el baño tiritando y me dije: “¡Soy una cagona, una cobarde”.

Me tomé dos pastillas para dormir y me tapé hasta los ojos. A la mañana siguiente el mar parecía de plata, el sol lucía limpio de nubes y la terraza de enfrente seguía cerrada. Nada, ningún movimiento. La habrá sacado por su ascensor al garaje y la habrá arrojado al mar… o yo qué sé.

No había podido dormir a pesar de las pastillas. Los telediarios no decían nada. Me pasé todo el día sin salir observando la casa y nada. Me fui al teatro y al volver de noche, todo seguía igual, a oscuras.

Al día siguiente decidí ir a la playa, era lo único que me podía calmar. Tumbada sobre mi toalla, empecé a sonreír de placer.

Las patitas de un perrito en la cara hicieron que me incorporara.

“Vives ahí en el bloque enfrente del mío, te he visto”, dijo el dueño. Y se alejó detrás del perro.

“¡Éste me mata! Ahora va a por mi”.

Cogí el móvil y dejé un mensaje al responsable de gira: “Si no estoy en el teatro a la hora indicada, venir a socorrerme al apartamento, puede que me esté desangrando”.

Aterrada me levanté y me fui. Llegué hasta el portal y mientras sacaba las llaves, un perro se enredó entre mis piernas jugando. Di media vuelta y ahí estaba él, sonriendo…

– Te conozco, eres actriz ¿Verdad?

– Sí, ¿qué quieres de mi? –Mis piernas estaban a punto de rendirse en el suelo.

– Me gustaría que vinieras a mi apartamento… y presentarte a mi novia.

Si, la muerta… pensé. Miré en todas direcciones buscando un socorro y nada, aquello parecía un desierto. Pero él continuó hablando.

– Somos actores también y estamos preparando una escena para un casting. Es en Madrid y esta puede ser una gran oportunidad para los dos. Hace mucho tiempo que no trabajamos y nos gustaría que nos ayudaras dándonos tu opinión sobre lo que hemos preparado. Es una escena de Un tranvía llamado deseo… ¿Te encuentras bien, estás muy pálida?

Me apoyé contra la puerta a punto de desmayarme y le dije: Perdona, pero es que estoy embarazada… ¡No se me ocurrió otra cosa que decirle…!

– ¡Ya está, lo escribes y me lo mandas!, me dijo la jodía y colgó.

Carmen Arévalo

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