Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Carmen Arévalo

Adiós neceser de teatro,
que has viajado conmigo
porque el destino lo quiso.
Adiós pinceles y sombras,
adiós polvos y rimel,
adiós orquillas y gomas.
Os dejo, adiós.

Éstos versos alocados le decía a mi neceser teatral mientras le acariciaba y le daba un beso en la tapa.

– Me has acompañado durante este año y medio con Angelina y el honor de un Brigadier. Nos hemos recorrido toda España y nos hemos reído mucho. Ahora me toca guardarte en el fondo del armario y decirte adiós. Y me pregunto: ¿cuándo volveré a verte y a necesitarte, mi pequeño neceser?

Lo empujé al fondo del armario detrás de cajas de zapatos y bolsos, y una lágrima asomó a mis ojos. Un golpe de viento me movió los pelos del flequillo.

– ¡Qué raro, si están las ventanas cerradas!- me dije. Las corrientes de aire a veces son señales- pensé.

Saqué del fondo del armario el neceser y lo puse en la primera línea de salida del armario. Y le dije: “No te digo adiós, te digo hasta luego”. Y cerré la puerta.

Cuando trabajo, estoy bien. Cuando trabajo, estoy estupendamente. Estoy graciosa, mona, divertida, joven, no me duele nada, me cae bien casi todo el mundo, a casi todo el mundo le caigo bien, no me enfado por nada, no voy al médico, no tengo alergia, no me canso… todo es fácil. Siempre tengo ganas de… de eso, de comer, dormir, salir… Y todo lo disfruto.

Las cosas de la vida común las llevo como su propio verbo indica, “las llevo”. En la vida siempre hay un ¡ay!, como decía mi madre. Pero cuando piso un escenario, o un plató, todo desaparece. Y sales a la vida reinventada de nuevo. ¡Olé!

Por eso, ahora que se ha terminado un proyecto, tendré que pensar en hacer algo de nuevo, hasta que suene el teléfono para seguir reinventándome de alguna manera.

¡Ya está! De la vida cotidiana también se pueden hacer muchas cosas, de hecho es una fuente de inspiración para algunos creadores, y en este momento como me siento creadora, pienso que sería una buena opción hacer una comedia musical. Con sus números de baile y todo.

Destellos

El momento de despertar es mágico, y da mucho juego. Por ejemplo: cuando abres la ventana y ves el día que hace, cuando descubres tu imagen, todavía somnolienta, en el espejo, cuando caminas descalza hasta la cocina a prepararte el primer café, y cuando oyes tu voz todavía dormida dando los primeros “buenos días”.

Sí, por la mañana debe arrancar la acción. Así que serán matinés. Los personajes actuarán como si se estuviera grabando en un plató o en un escenario, evitando caer en la sobreactuación. Y entrarán y saldrán de escena, según las necesidades de los mismos. Los hay protagonistas en todos los sentidos, secundarios, reparto y también figuración.

Yo soy la protagonista, el hilo conductor, e interactúo con todos ellos. Los diálogos son todos improvisados. Si no se cuidan mucho pueden ser repetitivos, algo de lo que hay que huir para no aburrir a la audiencia.

La parte musical, ya despierta del todo, empieza en la ducha. Arranco con el Poveda y termino en Broadway. Un buen recorrido. Hay canciones, dependiendo de lo limpios que estén los azulejos, que suenan como si estuvieran grabadas en los mejores estudios.

El resto de las faenas de la casa las suelo hacer interpretando diferentes tipos, cuidando mucho los acentos: andaluza, gallega, catalana, francesa… Éste último no se me da bien, porque el francés no lo controlo mucho, así que sólo trabajo el acento, pero el día que me toca la inglesa… es una gozada, porque me voy soltando mucho con el idioma.

Con ésta última se me retrasa mucho la faena, porque tengo que cuidar el físico y claro no avanzo tanto, pero es la que más disfruto. Cuando la elijo, también tengo en cuenta que el vestuario sea siempre el más adecuado.

Los números de baile arrancan en la cocina, a la hora de guisar. Me calzo los zapatos de claqué, cambio de vestuario, pongo la música adecuada y mientras la cebolla se va pochando, me marco unos zapateados entre golpe y golpe de espumadera que harían temblar al mismo Fred Astaire.

Una vez terminada la comida me quito los zapatos de claqué y, descalza, arranco por el pasillo con unos chases que me llevan hasta el salón donde tiene lugar la apoteosis final. Siempre con música chachi. Ahí se van incorporando los personajes más variopintos: mi vecina, su asistenta, el viudo de al lado, mi novio que no se pierde una, el portero, la cartera de correos… y como se ha corrido la voz, hay veces que tengo que poner hasta el cartel.

Aplausos

Nos aplaudimos entre todos, y una vez que se han marchado, empiezo con mis estiramientos sacando la ropa de la lavadora y tendiéndola en las cuerdas que dan al patio.

Los fines de semana las representaciones son más divertidas porque hay más personajes. Empiezan más tarde y suelen terminar sobre las cinco de la tarde. Los lunes descanso. Esta vida artística, me sale más barata que hacerme un curso de reciclaje, y encima me cargo las pilas.

¡Ah! Y una cosa que hago cuando estoy en paro y alguien me pregunta: “¿Qué estás haciendo ahora?”, yo les contesto: “Pues… Estoy pendiente de una cosa”. Me siento más segura y no miento.

Todas las noches antes de irme a la cama, para evitar que la suerte se duerma, abro el armario, le doy una colleja al neceser y me despido de él con un: “Lo dicho, hasta luego”.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn