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Carmen Arévalo

11:30 de la mañana: en el metro

Estoy sentada en uno de los vagones de la línea 6. Dirección: Alto de Extremadura. Voy toda vestida de negro como si fuera una gótica mayor. Pero no voy de gótica, voy de luto. De luto por un personaje. Voy camino de un casting.

“¿Otro..?”. “Sí, pero éste es especial”. “Todos son especiales para ti”. “Sí, pero éste es para una película de Zambrano. Y yo por Zambrano, hago el pino con una mano”. Cuando me llamaron me preguntaron “si estaba libre”, y yo les contesté que sí. Por dentro cantaba. “Libreeee como el sol cuando amanece…”. Que si quería hacer la prueba. “Sí quiero”, contesté. Como si me volviera a casar. “Te mando por e-mail la separata, ¿te parece?”. “Mándame lo que quieras”. Y me cuadré militarmente, con taconazo incluido.

Cuando colgué el teléfono grité: “¡A mí la legión!” y corrí por el pasillo hasta la entrada y vuelta al pasillo otra vez, como si estuviera haciendo maniobras. Así hasta que me quedé sin aire… “¡Pero que todavía no ha pasado nada, Aurorita, que sólo es un casting!”. Ya, pero es que soy así de intensa. Y cuando recuperé el resuello, llamé al grupo “AECA” (Actrices Esperando Contrato Agobiadas) para dar la voz de alarma. “¡Casting a la vistaaa!”. Para mi sorpresa a todas las habían llamado. “No te hagas ilusiones guapa, creo que todo el mapa de actrices español va a pasar por el casting”, me dijo la portavoz del grupo mientras se afilaba las uñas. “Aunque a mí no me han llamado. Debe ser que no quieren gente muy conocida”.

12:15 h. En el estudio del casting

Cuando entro en la sala, donde esperan tres actrices más, tengo la sensación de tanatorio. Todas vamos de negro. Nos miramos valorándonos, reconociéndonos, hablamos bajito… “¿Pero dónde está el muerto?”, me pregunto. Me gustaría darles el pésame una a una antes de tiempo.

Hay pesos pesados de la interpretación esperando.

En un momento dado se rompe el hielo y empezamos a hablar. La actriz que está dentro haciendo su prueba tarda en salir. “Yo no lo he preparado mucho, me imagino que el director se hará una idea sobre mí”, dice una de ellas. No sé si fiarme, a lo mejor me quiere despistar. “En nuestra época no hacíamos casting”, dice otra, de edad aproximada a la mía. Me encanta lo de “en nuestra época”. Suena romántico.

Después de una hora de espera nos contamos miles de anécdotas, y nos reímos mucho, algunas terminamos tan amigas que hasta intercambiamos teléfonos y mails, sin rastro de despellejamiento.

Se acerca mi hora. Me voy al baño a completar mi personaje con un recogido de pelo que yo me atrevo a bautizar como “de la época”. Cuando salgo, la señorita de recepción me dice: “¡Qué cambio!”. Yo la miro desde el personaje y no le digo nada. “En éste tipo de pruebas, los actores siempre estamos al 50% de nuestras posibilidades”, decía una de las actrices en espera. “Y si encima no te dan bien la réplica, nos quedamos en el 25%”. Algunas actrices se habían llevado su “replicante”, y pensé que era un buen acierto, otras se habían leído la novela donde está inspirado el guión de la película y me pareció otra buena idea. Yo, como iba a pelo, hice lo mismo que los toreros cuando salen a la plaza: me persigné.

13:30 h. En el plató

“No estoy nerviosa”, me digo, es lo que tiene poseer un buen currículum de castings. Así que allá voy: “¡toreraaa!”. Me gusta jalearme por dentro, me crezco. Cuando pongo el pie en el coso del estudio oigo un aplauso cerrado de esos que te hacen saltar las lágrimas. Un sonido brillante de clarines anuncian que ahí está el primer toro: la cámara. A la que tengo que enamorar.

El ambiente se calma y tomo tierra. Hacemos una primera pasada, y yo, como siempre, dándolo todo a la primera. Rosa me da la réplica, y es de agradecer la generosidad y la entrega de esta mujer. Después de las recomendaciones pertinentes, hacemos una segunda pasada y la cosa ya pinta en bastos. Ella dice que está muy bien (aunque yo pienso que eso se lo dirá a todas) y que no hace falta repetirlo. Me gustaría hacerlo varias veces más, para pillar la esencia del personaje, pero dice que está estupendo mientras escribe algo en una pizarra.

“¿Qué número hago?”. “La número 349”. “¿Y… quedan muchas más?”. “No demasiadas”. “¿Cuántas mujeres hay en la peli?”. “70”. “O sea (empecé hacer mis cálculos mentales) 70 mujeres, dividido entre las 349, sin contar las que todavía faltan, tengo un 0,20 de posibilidades. Así que para cada personaje, hay 4,9 mujeres = está chupao”. Y teniendo en cuenta la edad… ¡Ay… ya no tengo la cabeza para más rulos!

“¡A ver si tenemos suerte y nos llaman a las tres, me encantaría que trabajáramos juntas, qué bien nos lo íbamos a pasar!”, dice la que iba detrás de mí. “Ya verás como nos llaman, tengo una corazonada”, le contesto, en plan Gallardón. Y le añado: “Yes, we can”, en plan Obama.

14:00 h. En el metro

Ya me he soltado el pelo, ya estoy sentada en el metro, ya estoy de vuelta a casa, ya he llamado diciendo que llegaré a comer. “Que sí, que me ha ido muy bien”. Contesto a todos los interrogantes. “Ya os contaré, ya podéis apagar la vela”. Sonrío y suspiro relajada. “¡Cómo me gusta ésta profesión!”.

(No sé si hice bien la prueba / No sé si me llamarán / pero da para contaros / que he hecho otro casting más).

P. D. Si pagaran los casting sería la leche.

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