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Carmen Arévalo

“Los años vividos me hicieron mayor y crecí en conocimiento”

La frase de arriba es mía, aunque también podría haber sido atribuida a algún filósofo. Pero no, es mía y fui consciente de que era mía cuando en un momento dado utilicé mi crecimiento interior para poner los puntos sobre la íes.

Yo tengo una hija, bailarina, que vivía en Holanda donde trabajaba en un ballet muy importante y que al casarse con un americano se fueron a vivir a París y están esperando un bebé.

Cuando ella se marchó a vivir a Holanda, siempre que iba a verla actuar volvía a Madrid con un dolor de mandíbula terrible. Un día, al volver de uno de esos viajes, fui a ver a mi médico y le expliqué el caso. Lo primero que me preguntó fue:

–¿Usted habla inglés?
–No, le respondí.
–¿Y cómo se relaciona con los compañeros y amigos de su hija? –inquirió con ojos de galeno.
–Pues, no me relaciono, solo sonrío, sonrío todo el rato, siempre estoy sonriendo, incluso cuando me pierdo –le contesté.
–Usted lo que tiene es “bloqueo mandibular por ausencia de idioma”.

Sacó el talonario de las recetas y escribió el tratamiento. Tiene que tomar: dos días de clase de inglés en Aisge, hasta que se pueda defender en esa lengua.

Al principio la medicación me dio muchos dolores de cabeza, pero poco a poco el cuerpo se fue haciendo y el conocimiento del idioma empezó a abrirse paso ayudado por mi falta de pudor a la hora de expresarme. Eso hizo que desapareciera el dolor de mandíbula en mis viajes.

El problema llegó cuando se fueron a vivir a París y yo en francés solo sé decir “se mua”. Se nos cayó un bolo de la gira (a la plaza que íbamos se le hundió el escenario), y aproveché para ir a verla.

–¿Y qué hago con el idioma? –Le pregunté, no tengo ni zorra.
–No te preocupes mamá, habla en inglés y actúa un poco, que para eso eres actriz.

Mi novio me leyó la cartilla antes de salir. Después de múltiples recomendaciones, hizo mucho hincapié en que no me fiara de nadie, y yo le sonreí. ¿A mí me van a engañar a estas alturas?
Nada más llegar al aeropuerto, empezó a dolerme otra vez la mandíbula. Con la sonrisa perenne logré adivinar la salida hacia los taxis. Un mozo se dirigió a mí y me dijo:

–¿Española?
–Sí –le contesté admirada. “¿Cómo habrá adivinado que soy española?” me pregunté, “¿tendrá rayos X en los ojos y habrá visto a través de ellos lo que llevo en la maleta para la hija de mis entrañas? El jamón, el lomo, el chorizo el queso…”.
–Si quieres te puedo llevar a París, te va salir más barato que los taxis –me dijo amablemente, y yo pensé “¡qué suerte tengo nada más llegar, no necesito ningún idioma extra y me va a salir mas barato, cuando lo cuente no se lo van a creer!

Esta fue la primera vez que me timaron en París, y decidí que sería la última.

Mi hija necesitaba ir a la oficina del paro de artistas y allí nos dirigimos, donde estaban esperando los cómicos y los bailarines franceses en paro con la misma cara que los cómicos y los bailarines españoles en paro también.

Un actor francés, después de valorarnos detenidamente, se dirigió a nosotras y nos cedió su asiento; a mi hija, con ternura, por su embarazo, y a mí, con admiración, porque debió pensar: “con lo mayor que es y sin botox en la cara, debe estar trabajando mucho, como la Judi Dench que no para”.

Cuando nos tocó el turno, nos atendió una señorita. Aparentemente, me parecía que hacía bien su trabajo, pero en un momento en que se tuvo que ausentar, mi hija me dijo que lo tenía crudo. “Nos tratan como a emigrantes mami. Aunque seamos europeos y ‘la octava potencia del mundo’, parece que en esto no han cambiado las cosas”, me decía mientras se tocaba su barriga abultada para que el bebé no se asustase. En ese momento creció dentro de mí la necesidad de intervenir, y cuando regresó la mademoiselle me dirigí a ella.

–Por si acaso maja, te voy a decir. ¿Do yu nou Georges Lavaudant?

La señorita se sorprendió, pero me entendió y dijo:

–Gui.
–Y conoces también a Feydeau ¿no?
–Gui –respondió de nuevo.
–Pues mira maja, yo soy actriz, y en éste momento estoy trabajando en una obra de Feydeau, dirigida por Georges Lavaudant ¿vale? Y aquí, mi hija, donde la ves, ha bailado seis veces en la Ópera de París, y en los mejores teatros del mundo, o sea que por si acaso maja, tenlo en consideración.

Mi hija a duras penas podía contener la risa, pero la señorita entendió perfectamente lo que le estaba diciendo, porque para eso soy actriz y sé comunicarme. La cosa se suavizó y entró en otra dinámica mucho más asequible. Siempre hay caminos más cortos.

–Tre bian mami –me dijo ya en la calle, me cogió de la mano y nos fuimos caminando por la rue.

–¿Sabes qué? –le dije contemplando a lo lejos la Torre Eifiel –Me vuelve a doler la mandíbula, pero ésta vez ya sé la causa: ”frustración expresiva con la lengua de Moliere”. Tendré que ponerle remedio.

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