Marchando una de reparto: Sublime decisión

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Carmen Arévalo

El único contrato que mi amiga la Desiré había firmado en los dos últimos años fue con el banco para un crédito blando, que al final le pareció bastante duro. Cuando el crédito empezaba a expirar, se puso de luto temiendo lo peor.

A pesar de que todos los días le cambiaba el agua al perejil de su San Pancracio, y que al hacerlo le echaba todos los piropos de su repertorio, no le guardaba rencor por no escucharla, ni lo puso de cara a la pared como hacían otras en semejante situación, ella tenía fe en su “Sanpan”; ella sabía esperar, no podía dejarla en la estacada a ella y a Caruso, su gato, que para ella era algo más que un animal.

Una mañana después de cambiarle el agua, cogió a Caruso en brazos y empezó a acunarle como si fuera un bebé mientras le decía al santo: No sé si te has enterado, pero hay ahora muchas producciones en marcha, yo he mandado a todas mi material y si tu me dieras un empujoncito… Te voy a refrescar la memoria. Y le recitó de corrido todas las novedades. Al finalizar atacó con un: “¡Guapo, más que guapo! ¡Que eres más bonito que un San Luis! Anda Caruso, dile algo, que a los santos les gustan mucho los animales”. El gato fijó sus ojos en él y después de una pausa dramática abrió una boca enorme, mostrándole lo vacía que estaba y le soltó un ¡miauuuu! larguísimo, que fue interrumpido por el sonido del teléfono.

Enseguida me llamó para contarme la buena nueva.

– ¡Que me han llamado! ¡Ay, que no me lo puedo creer! ¡Qué milagro tan grande el de mi Sanpa! ¡Ay, qué subidón me ha dado!

–¿Qué ha hecho tu San Pancracio? –le pregunté mosca– ¿Ha convertido el agua en vino y te lo has bebido todo?

–Mañana empiezo a ensayar en una obra de teatro –me dijo cogiendo aire– ¿Es o no es un milagro?

–Es un milagro sobrevivir en ésta profesión –le contesté.

La Desiré de repente se convirtió en otra persona; parecía más alta y más guapa. Disfrutaba de los ensayos, de sus compañeros, del director, no protestaba por el exceso de horario y hasta le parecía bien lo poco que le pagaban.

El estreno fue como todos los estrenos, a unos les gustó y a otros no. Pero la gente aplaudió mucho y cuando salió ella más. Para eso estamos las amigas que nos quedamos roncas de tanto “bravo” que le soltamos.

Después del “canapé” se empeñó en que todos fuéramos a un garito con música y allí se desmelenó. Parecía poseída por la euforia del estreno, no paró de bailar y de dar saltos hasta la madrugada. Al día siguiente la tuve que acompañar al médico cuando amaneció con un pie del tamaño de los de Botero.

El gato no sabía cómo reaccionar ante semejante situación; no entendía por qué lloraba sin parar y por qué tenía una pierna blanca como si fuera una pared apoyada
sobre una silla.

Al cuarto día dejó de llorar. Con ayuda de las muletas, se acercó a San Pancracio y lo puso de cara a la pared, mientras le decía al gato: “Caruso, tenemos que hablar”. Y al gato se le puso el rabo tieso como un pararrayos barruntando la tormenta que se le venía encima.

Diez días después del accidente, recibí un sms suyo que decía: “Mañana estrenamos Caruso y yo enfrente de la Posada del Peine, nos gustaría que vinieras”.

Allí estaba yo, en el lugar indicado. Un grupo numeroso de gente me impedía ver lo que estaba pasando. Al final logré avistar lo que allí se cocía.

La Desiré se había construido con cuatro tablas un espacio que representaba una cocina, encima de la cual rezaba un título: Cómica y gato a punto de extinción. Ella estaba de pie con su escayola, dándole la mano al gato que permanecía de pie como un humano. Los dedos de la otra mano los tenía metidos en un enchufe y a consecuencia de esos, los pelos y la ropa estaban tiesos como escarpias. Los ojos y la boca los tenían desorbitados y sin pestañear. El gato, con su pelo atigrado, todo tieso y esos ojos… El Caruso impresionaba, ¡qué arte tenía el minino! Cuando echaban alguna moneda, sin perder su postura de achicharrado, maullaba en señal de agradecimiento.

Los extranjeros se volvían locos por oír al gato y las monedas fueron creciendo. Diez euros me parecieron poco para tanto arte; al depositarlos, el Caruso maulló dos veces y abrió los ojos más de la cuenta.

Tanto esfuerzo se vio recompensado. De momento había ganado más de lo que suelen pagar en algunas series. Ya tenía para pagar la casa, comer, comprarse modelos en Zara-tara y comprarle al Caruso todas las chuches que le privaban.

Como en las pelis americanas, un productor pasó por allí y al verlos dijo: “Os quiero mañana en mi despacho a los dos, tengo algo importante que ofreceros”.

Cuando llegó a su casa le dio la vuelta a su “Sanpan”, que seguía de cara a la pared. “¡Guapo!”, le soltó a bocajarro, “espero que me perdones por no confiar en ti, no volverá a pasar, por éstas”, cruzó los dedos y los besó. Le puso un vaso nuevo con perejil fresco y le encendió una vela. La llama iluminó la cara del santo y la Desiré me aseguró que le sonreía.

Ahora se ha hecho famosa, lleva tres años trabajando sin parar y está escribiendo un libro para no olvidarse de otros momentos. El libro se titula: Cómo ser actriz y no morir en el intento.

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