Marchando una de reparto: Susto o muerte

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Carmen Arévalo

Las adversidades te pueden hundir, lleva siempre un flotador (anónimo alcarreño).

En las giras de teatro, con las dietas de nuestro querido convenio, no te queda más remedio que elegir entre “susto o muerte”, o sea: hotel o comer. Si eliges “susto” y te sale mal… ¡ah!, haber elegido “muerte”.

Antes, buscabas alguna chica que te gustase de la compañía para compartir habitación y le hacías la rosca; después le preguntabas si roncaba, si padecía de sonambulismo, o de pesadillas sonoras, y siempre decían que no. Luego te llevabas cada sorpresa… En realidad esto venía a ser como una especie de noviazgo mientras estabas en Madrid, pero cuando salías de gira equivalía a un matrimonio. Al poco tiempo surgían los divorcios que daban mucha vidilla para largar entre cajas.

En la gira en la que me hallo, voy haciendo equilibrios para no pagar por hacerla, es decir, no pasarme de la dieta. Un día, en una plaza, el gerente de la compañía nos dijo: “Tenéis que elegir entre susto o muerte, porque solo hay dos hoteles disponibles y la diferencia de uno a otro es considerable”. Sin dudarlo dos veces, algunos elegimos “muerte”. Los dos pisos sin ascensor tirando de la maleta hasta llegar a algo que llamaban recepción, me hicieron pensar en lo peor.

Mientras nos adjudicaban las habitaciones en un hall lleno de cosas imposibles, vi la figura de un hombre que avanzaba por el pasillo, de espaldas a nosotros, lentamente. El brazo derecho lo iba moviendo de una manera alarmante, quedándole la mano justo a la altura de la bragueta. Mientras se desplazaba emitía unos jadeos extraños. “Es mi padre”, nos dijo la que nos atendía con los ojos abiertos a punto de desprendimiento, “tiene demencia senil y Parkinson, pero no es peligroso”. Nuestros ojos, por solidaridad, se abrieron también a punto de desprendimiento mientras le dábamos los carnés de identidad.

Un joven apareció de repente detrás de una cortina como Anthony Perkins en Psicosis, y nos miró como a piezas de museo con una sonrisa desconcertante. Cuando vio al hombre de ésa guisa por el pasillo, elevó la voz amarrándose los machos y le dijo: “¡Papá! ¡Vaya vaya…! Otra vez te has escapado”. Cuando nos sorteó tratando de llegar a él antes de que fuera demasiado tarde, una puerta se abrió precipitadamente. Una mujer de pelo blanco enmarañado vestida de cualquier manera anormal gritó: “¡Te voy a atar, ya te lo he advertido y de hoy no pasa!”. Mientras controlaban la situación entre los dos, la supuesta hija que nos atendía nos entregó las llaves de nuestras habitaciones con una sonrisa indefinible.

Perkins y ella se echaron a un lado tapando las vergüenzas del hombre para que pasáramos los cómicos, mudos ante semejante situación. Entonces, Perkins se percató de que la puerta por donde había salido la supuesta madre se había quedado abierta. Nos adelantó peligrosamente por la derecha tratando de cerrarla, pero de nada le sirvió; uno de mis ojos logró echar un vistazo a su interior. Mi ojo vio una habitación llena a rebosar de una mezcla de cosas que podían pertenecer a alguien con complejo de Diógenes, y se me pusieron las mechas de punta. El olor que desprendió al ser cerrada de golpe alteró mi pituitaria produciéndome un estornudo. Perkins, pegado a la puerta como un sello, me miró con su sonrisa de pompa y circunstancias y dijo: “¡Ah, la alergia…! ¡Qué mal año éste para los alérgicos!”.

Más…

La habitación con vistas al patio interior y la ventana adornada con visillos color beige-calefacción de años, junto con las mesillas de noche con sus pañitos de ganchillo aplastados por un cristal, aumentaron mi malestar. Quité la colcha de la cama sin pensar la memoria que guardaban sus arabescos y la hendidura en el centro de colchón me confirmó que gente de mucho peso y pasado habían estado antes que yo.
“Una ducha me hará cambiar de opinión”, pensé mientras me desnudaba y abría los grifos. Cogí una toalla y por el tacto pensé que después de usarla, no necesitaría exfoliarme la piel en toda mi vida. Dejé caer el agua sobre mi cabeza y me dispuse a disfrutar de ése momento tan placentero. “¡Ah!”, gemí orgiásticamente mientras el agua me recorría toda. De repente mi cuerpo sufrió un estremecimiento. En mi mente se había instalado una música machacona y estridente que, de seguir escuchándola, alguien de un momento a otro correría las cortinas de la ducha con un… ¡puñal! Las corrí a punto de gritar y salí del agua precipitándome hacia la puerta, la cerré con llave y puse un sillón atrancándola para protegerme. “¿Para protegerme, de qué?”, me pregunté. Sentía correr la sangre por mis venas a una velocidad desconocida, y lo más grave de todo era ¡que me gustaba!.

Me vestí con una prisa extraña y salí con cautela al pasillo. Al pasar de nuevo por delante de la habitación, ahora cerrada, volví a notar el extraño olor y pensé que si yo fuera un detective diría: “Aquí huele a muerto” ¡Si yo fuera un detective…! ¿Y por qué no puedo serlo? Los pulsos se me alborotaron. Por primera vez en mi vida me encontraba en el escenario de un crimen. Como música de fondo escuché un estruendo de cristales rotos acompañado por el graznido de un cuervo, que me tiró contra la pared. Me sujeté la teta izquierda, que era la que más latía, al mismo tiempo que una sonrisa de oreja a oreja aparecía en mi boca. Y me dije: “Menos mal que elegí ‘muerte’ y ha podido salir la detective que estaba dentro de mí”.

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