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Carmen Arévalo

¡Tres semanas en una ciudad con puerto de mar, con playa! “Vacaciones pagadas en el mar”. Me encanta Barcelona, me encanta venir a trabajar aquí, ya que ellos también van a Madrid… Cuando nos toca a nosotros, es como una fiesta.

El alojamiento, difícil. Nos pasan una información con precios asequibles.

Los apartamentos son con vistas: con vistas al muro del patio, un muro pintado de blanco, pero muro. No hay ruidos. La cama es buena. Me lo quedo.

El día del estreno me fui por la mañana al Maremagnum a ver el mar de cerca, y me hice un regalo para desearme mucha mierda. Me compré un bolso de Prada. ¿Pa qué son los euros? –me dije–. Pa gastarlos –me contesté–. Tuve que regatear un poco con el subsahariano que los vendía y al final en vez de 25 euros me lo dejó en 10. Me pareció una buena inversión.

Por la tarde llegué al teatro muy mona, y con el bolso bien a la vista.

– ¡Se ha comprado un bolso de Prada! –dijo la Mallol a toda la concurrencia–. Estás que lo tiras. ¿Cuanto has pagado por él?

– Me lo han rebajado mucho y al final me he decidido –dije haciéndome la interesante–. ¡Mira cómo es por dentro!

Hice tan buena representación mostrando la textura, el acabado, los detalles interiores, compartimentos múltiples, cartera antirrobo… que por un momento dudé si el subsahariano no se habría equivocado y me había vendido el original.

– Al final me lo han dejado en 450 euros, una ganga –dije girándolo ostensiblemente–.

– Ten cuidado no te lo vayan a robar, –me dijo la sastra–, que un bolso así es muy apetecible. ¡Si con él pareces hasta rica!

Y el personal se descojonó de risa.

– No soy rica… –le respondí–, pero estoy rica. Me di media vuelta y subiéndome la falda les enseñé la parte trasera.

No me robaron el bolso, pero en el apartamento… En el monedero donde dejé el dinero a buen recaudo, para no llevarlo todo encima, no había nada. 240 euros habían desaparecido junto con otros 200 que los tenía apartados con un clip para una cosa especial. ¡Se habían llevado hasta el clip! En total 450 euros, quitados de un sueldo es mucho robo, me dije contemplando afligida el monedero vacío.

Me fui inmediatamente a los mossos de escuadra a poner una denuncia.

– Espere a ser atendida –me dijeron mientras miraba perpleja mi número: el 270–.

Como soy positiva a la fuerza, me puse a considerar viendo lo que me rodeaba, en la suerte que tenía de no haber caído en las drogas… Bueno quitando algún porrillo de vez en cuando. Ni en el alcohol… Salvo mis birritas y mi vino para comer. Y no había robado nunca nada… Bueno, una vez un libro, aguacates en el súper…

Y lo más importante, me dije dos horas después: mejor es estar aquí esperando para la denuncia, que estar esperando en una sala de urgencias con algo roto.

– ¡El 270!

– ¡Servidora!

Después del interrogatorio, me dicen que la policía se pasará por el apartamento.

– ¿Cuando recuperaré el dinero? –pregunto con una media sonrisa–.

Un gesto ambiguo del agente me da a entender cuatro cosas: nunca, quien sabe, a lo mejor, olvídese.

Y decidí olvidarme a mi manera. “Me había comprado un bolso de Prada y había pagado por él: 450 euros”. Así ya me cuadraban los números y no me amargaba.

Diez días después. 8 de la mañana.

El timbre de la puerta tocando a arrebato me hace saltar de la cama y pararme delante de la misma sin saber ni cómo me llamo.

– ¿Quien es? –acierto a preguntar–.

– ¡Policía, abra la puerta!

Debo estar rodando una policiáca ¿Y cual es mi texto? Me pregunto pellizcándome. ¿En que serie estoy metida?

No he oído la palabra “¡ACCIÓN!” pero abro. Dos armarios me miran interrogantes. Y yo los miro esperando oír la palabra “¡CORTEN!”.

– ¿Es aquí lo del robo?

¿Y qué contesto yo ahora? Pues lo normal de las películas.

– Si, pasen, pasen.

Pasan y lo miran todo.

– ¿Hay desperfectos?

(No me vuelvo a tomar mojitos que me dejan la cabeza como un chorlito).

– ¡Ah! ¡Mi robo! Perdonen agentes es que anoche me he acostado muy tarde…

– No, no hay desperfectos.

Y les vuelvo a narrar cómo me desapareció el dinero, dónde lo tenía, y añado que también me habían robado un billete de metro, y un clip, pero nada más. Estoy aquí de alquiler por tres semanas… Soy actriz y trabajo en el Romea. Si quieren ver el dormito…

¡¿Es usted actriz?!

El que lleva la voz cantante se mete los dedos en el cinturón, mira a su compañero, le da un codazo y le dice: ¡Una actriz!

– ¿No será usted como la Machi o la Maura?

– No, no soy famosa –dije cruzando los brazos sobre el pecho para ocultar parte de mi anatomía que se estaba manifestando, no por excitación, si no por el frío de mis pies descalzos sobre el mármol y lo ligero de mi ropa–.

– ¿Y cómo me ha dicho que se llama? Para decírselo a mi mujer… ¡Eh! ¿No le importa que nos hagamos una foto con el móvil los tres? Seguro que mi mujer la conoce.

Cualquiera les decía que no.

Y así salí, en medio de dos polis sonrientes, con los brazos cruzados sobre el pecho y cara de loca. Parecía una presa peligrosa.

Cuando llegué al teatro, lo que más me dolió fue lo que me soltó la Mallol nada más verme: “¡Con que un Prada auténtico ¿eh? El subsahariano los tenía de todos los colores!”.

– Tengo la factura, –le contesté mentirosa– pero me la han robado también ¡Hombree!

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