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Carmen Arévalo

Después de dar la segunda, la compañía suele ir apareciendo poco a poco entre cajas. En esta función empezamos todos juntos. Y observando detenidamente, casi siempre solemos hacer las mismas cosas.

Los que miran por el agujero del telón, y los que nos acercamos y preguntamos: ¿Cómo está de público?

La mayoría de las veces está lleno, pero cuando no lo está tememos por la producción, no porque no nos vayan a pagar sino por lo que van a perder ¿Y si luego se arrepienten y no producen más?

– Rugen… ¿no lo oyes? Está hasta la bandera.

– ¡Vamos por ellos!

Algunos se persignan mirando al techo, otros beben agua antes de entrar, otros se dan besitos deseándose lo mejor, y la mierda nunca falta repartida entre todos.

No soy supersticiosa, pero me gusta entrar en el escenario con el pie derecho, beber agua antes de salir y mirar arriba a los telares, no sé, cómo buscando algo de protección divina de la mano de mis padres, por si lo están viendo.

Sale la primera tanda de escena y la pregunta de rigor.

– ¿Qué tal el público?

“Están pintados”. “No se ríen pero están atentos”. “Qué maravilla de público, entran a todas”. Estas frases son las que habitualmente se oyen.

En los aplausos, cuando salimos individualmente, lo que más nos pone es si suben de tono cuando te toca saludar, y no digamos si hay algún bravo suelto.

Seguimos de gira. Estamos en Canarias

Disfrutando de estos bolos que te llevan y te traen del invierno al verano, de las papas arrugás a las gambas de Huelva, o a las fabes con almejas, o al cocido montañés… Adiós presupuesto.

Ayer me fui de compras con Lapausa.

Ella se compró un vestido, una falda, una camiseta y un top. Yo me compré: una de aplausos, dos de bravos y un surtido de risas. Todo ello lo conseguí en un restaurante al borde de la playa.

El camarero que supuestamente nos tenía que atender, pasaba olímpicamente de nosotras, y hasta que no se aligeraron las mesas no se acercó libreta en mano tratando de ser amable con nosotras, y nos soltó:

– ¿Qué, de vacaciones?

– Estamos trabajando –le contesté yo un poco mosca.–

Él nos miró valorando qué clase de trabajo podíamos estar haciendo una señora con una joven que parecía su hija.

– Somos actrices y estamos trabajando en el teatro –le dije como si fuera la Gloria Swanson en el Crepúsculo de los Dioses–. Y… Famosas. Aquí donde nos ves, ella, ha trabajado en series de máxima audiencia, y en producciones muy importantes; y en lo que se refiere a mí, feo está decirlo, pero otro tanto. Ambas dos hemos estado nominadas varias veces a premios de interpretación de mucho prestigio, que no llegaron a materializarse, pero eso también le ha pasado a Meryl Streep y no se ha suicidado por ello. Y… ¡aquí nos tenías, abandonadas, pasando de nosotras!

El camarero no paraba de mirarnos, hasta que se cayó del guindo.

– ¡Claro que os conozco! ¡Pero… ay…no me lo puedo creer…!

Y empezó a enumerar, con un ataque de nervios, una cantidad de series en las que decía que nos había visto. A mí concretamente me confundió con otra actriz muy famosa pero le seguí el rollo dándome más aire con el abanico.

– Me vais a tener que disculpar pero es que tengo un día…Ahora os voy a tratar como lo que sois: dos reinas.

De pronto se paró y nos dijo.

– ¡Voy a ir a veros al teatro esta noche!

–No hay entradas –le dije siguiendo con el tono de la Swanson–. Pero podríamos llegar a un acuerdo. Yo te consigo unas entradas para que puedas vernos, pero a cambio tu te comprometes a reírte en todas las frases graciosas que decimos en la obra, aplaudir los mutis, y cuando nos toque saludar, queremos que subas los aplausos y que nos lances un puñado de bravos puesto de pie, ¿entendido?

Según iba enumerando las condiciones, él las iba afirmando con movimientos de cabeza.

– Que sean dos. Quiero otra entrada para mi novio –dijo excitado–.

Pensándolo bien –me dije–, dos a la vez riendo, aplaudiendo y soltando bravos se verá más efectivo.

– Está bien. Te conseguiré dos, pero tu novio tiene que reforzar con el mismo entusiasmo lo que te hemos encomendado.

Esa noche pintaban bastos y nosotras llevábamos el as. Entre el público había alguien dispuesto a dejarse la piel junto a su novio aclamando nuestras interpretaciones, pero también entre el público estaba el crítico local. Por lo menos ya teníamos asegurada una negrita en el periódico.

Entre cajas se siguió el rito habitual. Alguien al pasar, saltándose lo cotidiano me dijo: “Estás muy guapa esta noche”.

– Serán los focos –le contesté misteriosa–.

La función fue un escándalo y nosotras nos vinimos arriba ante tamaña manifestación. Mi mayor peligro en escena es la risa, no la controlo. Por ejemplo, cuando tengo un parlamento con la Mallol, no la puedo mirar porque me descojono de la risa, y ese día tuve que luchar denodadamente por no mirar a nadie. Y al salir de escena entre cajas, lloraba de la risa.

Ellos cumplieron con todo lo convenido y al final los bravos sonaron altos y claros en los saludos y crecimos un palmo fuera de lo habitual.

He hecho una buena compra –me dije mientras agachaba la cabeza agradecida al saludar, muerta de la risa, mirando de reojo a mis compañeros que no sabían lo que estaba pasando–.

Al día siguiente salieron las críticas, pero no salieron nuestros nombres en negrita. ¡Pero y lo bien que nos lo pasamos!

Esto sí se merece una negrita.

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