Nuestro teatro :

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Antonio Hernández

Insomnio, menos es más

Dirección, dramaturgia e interpretación: Xavier Bobés
Asesoramiento en la dirección: Eric de Sarria
Producción: Festival Temporada Alta 2011, Teatro Principal de Olot y Playground
Escenografía: Pep Aymerich
Iluminación: Oriol Blanch
Espacio sonoro: Pablo Rega
Construcción de efectos y asesoramiento técnico: Julià Carboneras (Patchworks).

Si existiese un teatro de bolsillo ése sería sin duda el teatro de Xavier Bobés. O al menos lo parece. Como si todo lo que mostrase en escena se pudiese sacar de un bolsillo al igual que los magos sacan conejos y palomas de las chisteras. Insomnio sigue la estela mágica de otros montajes suyos para contar la historia de una vigilia permanente. Un hombre que se mantiene vigilante sin descanso. Tan fijo en lo que ve y en lo que le rodea, tan despierto, que la realidad se convierte en sueño, tal vez, en una pesadilla, en la que todo objeto se revela e impone su presencia. Presencia que el despierto ser humano que protagoniza la obra transforma para ver y hacer ver otra cosa, normalmente distorsionada y terrorífica. Protagonista de un mundo que ya no le deja dormir y, por tanto, tampoco soñar. En el que las bicicletas de la infancia ni si quieran son ya para el verano. Y comer, beber y no dormir se han vuelto actos mecánicos. Un hombre que obligado a estar despierto, siempre alerta, sólo puede acabar dándole la espalda a lo humano. Lo que hace suponer que Xavier Bobés duerme y sueña bien, muy bien, por eso puede contar, con lo mínimo y lo olvidado, lo mucho que nos está pasando.


Tala, y Thomas Bernhard se hizo carne

 

Autor: Thomas Bernhard en traducción de Miguel Sáenz
Adaptación: Antonio Fernández Lera y Gonzalo Cunill
Creación: Juan Navarro y Gonzalo Cunill
Dirección: Juan Navarro
Producción: Eteri producció i gestió, Festival Temporada Alta de Girona 2011 y CONCA
Diseño de iluminación y dirección técnica: Ferdy Esparza
Audiovisuales: Toni Roura
Con: Gonzalo Cunill.

Ésta es una obra que se hace en honor a todos los actores. Los que fueron, son y serán. Y, también, a todos aquellos que les admiran, rodean, se les juntan y les celebran. Para que todos ellos sean conscientes de que tratar de tener y vivir una vida artística sólo lleva a perder la propia vida en el intento. Una broma pesada, de la que habría que reírse (y en la sala se producen no pocas tímidas carcajadas), si no fuera porque, como se acaba de decir, tantas vidas se pierden en y por ello (lo que limita y congela sonrisas y risas entre el público). Vidas como la de la actriz y bailarina que da pie a la cena artística de los Auersberger a la que es invitado el protagonista, trasunto del propio Thomas Bernhard, el autor de la novela en la que se basa la obra, interpretado magníficamente por Gonzalo Cunnil con los mejores registros que ha usado para sus trabajos con Rodrigo García. Los Auersberger, ricos, tan ricos, que a pesar de llevar una vida de diletantes, malgastando vida y fortuna, no pueden acabar ni con el estado de sus cuentas ni con su estatus artístico aunque, consciente o inconscientemente (realmente no se sabe y da lo mismo), lo intenten. Pues, en una sociedad como la nuestra, todo es consumo. Como el vídeo de la cadena de limpieza de lucio-percas para llevarlas a las mesas. O el de las botellas de champán que se beben a la misma velocidad que se tiran sobre otras muchas ya bebidas y vacías. Acciones y sonidos que, si no fuera por espectáculos como éste, apenas serían la leve música que acompaña el afán humano de los días y las noches. Hay, pues, que ir al teatro, llenar la sala, ver, oler y escuchar y, si es posible, reír y recuperar la propia vida en el intento.


Alemania, ¿dónde están los zapatos de gamuza roja?

Autor: Ignacio Amestoy
Director: Mariano de Paco Serrano
Producción: Francesc Galcerán y Festival de Otoño en Primavera de Madrid 2012
Escenografía: David de Loaysa
Iluminación: Pedro Yagüe
Sonido: Javier Almela
Mobiliario: La Alegre Compañía
Vestuario: Making Things y El Ganso

Con (por orden alfabético): Juan Calot (Vicente Villalonga) y Olalla Escribano (Marta López)

El director de Alemania, Mariano de Paco Serrano, saludó con los actores y acudió con el autor al coloquio que siguió al estreno de la obra en el Teatro de la Abadía de Madrid con unos zapatos de gamuza roja. Única nota de color en una ropa en la que predominaban el negro y el gris. Una nota demasiado marcada para no ser vista ni oída. La nota que le falta a esta Alemania que dirige. Un largo diálogo nocturno que se establece entre la joven Marta López, hija de unos españoles que emigraron a Alemania en los 60 ó 70, y Vicente Villalonga, su viejo maestro, su jefe y su amante, no se sabe bien en qué orden, y su traidor perteneciente a una pudiente familia republicana, cuyo dinero hizo más agradable la vida bajo el régimen franquista. La sempiterna historia de una ruptura entre dos generaciones en la que los dos tienen algo o mucho que reprocharse y que perder. Obra que está pidiendo a gritos la audacia de calzarse unos zapatos de gamuza roja y olvidarse del discurso tan bien armado que Ignacio Amestoy, el autor, tiene sobre su obra. Un relax y una locura que es de esperar que se hubiese trasladado a los actores, demasiado encorsetados en las ideas e ideologías que representan. Tan abstractos que ni se tocan. Un viejo profesor que no mira las tetas de su joven alumna. Que no mira la carne que ya no podrá comer, saborear. Que la única carne que le queda es la suya, enfriándose, en este tiempo de nuestro descontento. El descontento de todos. Y una amante que no toca el cuerpo del amado como si no perdiera nada. Cuando en realidad son dos leones enjaulados a punto de morderse, de hacerse daño, de hacerse sangre… Y la sangre es roja, como los zapatos del director de escena.


Las criadas

Autor: Jean Genet
Versión y dirección: Pablo Messiez
Producción: La zona y Festival de Otoño en Primavera de Madrid 2012
Espacio Escénico: Pablo Messiez
Iluminación: Alfonso Ramos

Con (por orden alfabético): Bárbara Lennie (Clara), Fernanda Orazi (Solange) y Tomás Pozzi (La Señora)

Tiene que venir alguien de fuera para quitarle a Las Criadas de Jean Genet todo el hierro con el que la tradición teatral española la había cargado. Esta persona es Pablo Messiez, argentino adoptado en Madrid. La ha bajado al suelo, a la tierra. Y la ha dotado de humor. Del humor que seguramente esconde el original pero que nadie se había atrevido a liberar. Y el público ríe a mandíbula batiente ante La Señora que interpreta Tomás Pozzi, que se lleva el gato al agua de la función. Pues, entre otras cosas, para eso sirve el teatro. Para reírse tanto de los poderosos como de uno mismo. De los que detentan el poder y de los que les imitamos. Ya que la tragedia de Las Criadas no es tanto su opresión, como su deseo, su sueño, de ser la señora que les somete a un camino. Sueño tan bien interpretado por Fernanda Orazi, emergente figura teatral que también procede del otro lado del charco, delante de un ventilador que representa la ventana que conecta con el mundo. Enfebrecida, rabiosa. Imaginando desfiles y honores de criados, criadas y porteros que seguirán a su ajusticiamiento y muerte en presencia de una señora. Delirio al que no le pueden seguir los seres sensibles y sencillos. Los que lo tienen claro, como ‘la Clara’ que interpreta Bárbara Lennie con la facilidad que se interpretaría a ella misma. Así son Las Criadas de Messiez. Una tragicomedia, a la que tal vez le sobre un poco de movimiento, pero que desde luego, gracias al trabajo del director y de los actores, está llena de claridad. Se entiende. Y eso, en los tiempos que corren de oscuridad, no es poco. Mejor dicho, es mucho, pues no sólo habla de la calidad del espectáculo, sino de la generosidad de su equipo artístico que comparte lo que sabe con quien quiera aprehenderlo. Calidad y generosidad que pueden dar la vuelta al mundo, ya que la sencillez con la que está montado este espectáculo hace que llevarlo de la ceca a la meca no salga nada caro. De tal manera que muchos espectadores podrían disfrutarlo.

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