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Antonio Hernández Nieto

La decisión de John, teatro central y periférico

Autor: Mike Bartlett (traducción de Isabel Montesinos)
Dirección: Denis Rafter
Producción: Teatro del Noctámbulo
Escenografía: Damián Galán
Iluminación: Alberto Álvarez Cruz
Espacio sonoro: Jesús Amigo
Maquillaje: Pepa Casado.

Con (por orden alfabético): Javier Magariño (P), José Vicente Moirón (John), Gabriel Moreno (H) e Isabel Sánchez (M).

Llega esta obra de la periferia geográfica. Teatro hecho en Extremadura. Sería jactancioso decir que sorprende por su calidad, como si sólo hubiera posibilidad de hacer teatro del bueno en las grandes ciudades. Aquí está esta obra para demostrar que el buen o mal teatro depende de sus profesionales. Está en su olfato para elegir una obra, un director y unos actores, independientemente de donde procedan, produzcan y creen. Los del Teatro del Noctámbulo cogen a un emergente autor inglés (Bartlett) y a un reconocido director irlandés de España (Rafter) y mejoran el texto con el que trabajan hasta convertirlo en lo que debería ser un éxito popular, es decir, de lleno diario y de papel vendido. Pues trata con inteligencia, humor y amor, qué nos pasaría si tuviéramos que elegir entre carne y pescado, cuando ambas cosas nos gustan. Más. Cuando amamos a ambas. John, homosexual sin complejos, descubre durante una crisis matrimonial que también le gustan las mujeres, al menos, la mujer que ha conocido. No es de extrañar, si hemos de creer el excitante orgasmo que se representa en escena y todo lo que llevó a él y continuó después. La indecisión de John no es tal. Él lo tiene claro. Como lo tienen los espectadores que aplauden varias veces al elenco y a su director, presente en el patio de butacas de la Sala Triángulo. Es, debería ser, un éxito de público al igual que está siendo un éxito profesional. Uno de los que crea interés por el teatro, afición, y atrae a posibles nuevos profesionales.


Agosto (Condado de Osage), ¿alguien da más?

Autor: Tracy Letts (en traducción de Luis García Montero)
Dirección: Gerardo Vera
Producción: Centro Dramático Nacional
Escenografía: Max Glaenzel
Vestuario: Alejandro Andújar
Caracterización: Eva Fernández
Iluminación: Felipe Ramos
Sonido: Roc Mateu
Videoescena: Álvaro Luna.

Con (por orden alfabético): Amparo Baró (Violet Weston), Sonsoles Benedicto (Mattie Fae Aiken), Alicia Borrachero (Ivy Weston), Irene Escolar (Jean Fordham), Gabriel Garbisu (Steve Heidebrecht), Antonio Gil (Bill Fordham), Carmen Machi (Bárbara Fordham), Markos Marín (Charles Aiken Junior), Miguel Palenzuela (Beverly Weston), Chema Ruíz (Deon Gilbeau), Clara Sanchís (Karen Weston), Marina Seresesky (Johnna Monevata) y Abel Vitón (Charlie Aiken)

De seguir así y, exceptuando el tremendo batacazo de Perséfone, va a ser ésta una programación que hará que Gerardo Vera salga por la puerta grande del Centro Dramático Nacional. Una temporada para recordar. Y Agosto será un hito en el teatro español. Acierta Vera al no hacer una copia del espectáculo americano que nació en el mítico Steppenwolf de Chicago, montaje que pasó directamente a Broadway y de allí al mundo entero. Acierta en la elección del elenco. Y aciertan todos en la composición de sus personajes que se mueven por la escenografía creada por Glaenzel como si realmente hubieran habitado esa casa paterna, situada en mitad de ninguna parte de Estados Unidos, a la que vuelven para honrar a un padre desaparecido. Situada en un lugar donde nadie en su sano juicio hubiera creado una ciudad, una sociedad y, menos, una familia. Pero el caso es que lo hicieron y, ahora crecidos, cultivados y formados, huyen o sueñan con hacerlo. Porque quedarse es abandonarse a la mirada interesada y temerosa de los nativos, de aquellos que ocupaban estas tierras mucho antes. A los que primero se les despojó todo y a los que ahora se vuelve buscando consuelo. Consuelo al que tendrán acceso los pocos afortunados que consigan entradas para la corta estancia del espectáculo en el Teatro Valle Inclán desde donde debería saltar, si la legislación lo permitiese, a la Gran Vía madrileña, para mantenerse en pie por algunos años en competencia directa con tantos musicales y, seguramente, ganándoles la partida a teatro lleno.


En la luna, e la nave va

Autor y director: Alfredo Sanzol
Producción: Teatro de la Abadía en coproducción con Teatre Lliure
Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar
Peluquería y maquillaje: Chema Noci
Iluminación: Pedro Yagüe
Música: Fernando Velázquez.

Con (por orden alfabético): Juan Codina, Palmira Ferrer, Nuria Mencía, Luis Moreno, Jesús Noguero y Lucía Quintana.

Esta es una obra que la crítica bien pudiera adjetivar de fragmentaria (si es una crítica apresurada), minimalista (si es un poco más leída) o posmoderna (si va con mayor profundidad de miras y no se hubiese enterado de que el término tiene mala prensa). Sin embargo, excepto disfrutarla, el crítico poco más sabrá qué hacer con ella. Poco se puede hacer con una obra que alcanza al pensamiento, casi sin que se entere, a través de los sentidos, dejando a un lado explicaciones técnicas. Porque cuenta algo que es inasible, que necesitaría de muchas palabras para ser explicado, y aún así ni siquiera se pudiese, que se aferra a la realidad española recientemente pasada de tal manera que no la suelta. Reciente en términos históricos, es decir, los últimos 30 ó 40 años. Así que, quien mejor se lo pasa es el público que llega, se sienta y sólo espera disfrutar de las tiras cómicas o trágicas o reflexivas que Sanzol ha escrito, basándose en historias posiblemente oídas o vividas. La risa no se hace esperar, como tampoco lo hace el asombro o la comprensión o la compasión. Mientras los espectadores se van colocando en la luna, llevados por una nave manejada con sabiduría humana por Sanzol y tripulada por unos actores que sin apenas cambios escenográficos y de vestuario saben llevar al público a su destino. Ese impresionante decorado que Alejandro Andújar ha realizado para poder mirar la Tierra en la distancia. E la nave va, y los pasajeros, es decir, el público, con ella.


Follies

Libreto: James Goldman (en traducción de Roser Batalla y Roger Peña)
Música y letras: Stephen Sondheim
Dirección Musical: Pep Pladellorens
Dirección: Mario Gas
Producción: Teatro Español
Escenografía: Juan Sanz y Miguel Ángel Coso
Vestuario: Antonio Belart
Iluminación: Paco Ariza
Diseño de sonido: Roc Mateu
Video-escena: Álvaro Luna
Coreografías: Aixa Guerra
Coreografía claqué: Luis Méndez.

Con (por orden alfabético): Asunción Balaguer (Hattie Walker), Marta Capel (Joven Phyllis), María Cirici (Margie), Joana Estebanell (Joven Heidi), Mamen García (Emily Whitman), Marisa Gerardi (Sally), Carlos Hipólito (Benjamín Stone), Mónica López (Solange LaFitte), Massiel (Carlotta Campion), Linda Mirabal (Heidi Schiller), Pep Molina (Buddy Plummer), Julia Möller (Joven Sally) Vicky Peña (Phyllis Rogers Stone), Muntsa Rius (Sally Durant Plummer), 
Diego Rodríguez (Joven Ben),
 
Ángel Ruíz
 (Joven Buddy), Josep Ruíz
 (Roscoe), Gonzalo de Salvador (Dimitri Weisman), Nelson Toledo (Sam), Teresa Vallicrosa (Stella Deems), 
 Lorenzo Valverde (Theodor Whitman) y Antonio Villa (Kevin)

Ya lo dice el personaje que interpreta Mario Gas, “siempre hay que saber cuando marcharse”. Él se va. Deja el Español como director artístico con un musical de Sondheim, autor al que siempre se le unirá en la historia teatral española, pues no es el primero que dirige y es de esperar que no sea el último. De nuevo es un éxito que entusiasma a crítica y público y que agota el papel a la venta, lo que obliga a anunciar su reposición en junio. Triunfa por su música, por sus canciones, por su dirección y por unos actores que están bien, desde el primero hasta el último. Que no sólo saben decir un texto, sino también cantarlo y actuarlo. El tipo de actores que siempre se envidia en la escena inglesa y que también se tienen aquí y salen siempre que el director y el autor les acompañen. En este caso, para contar la historia de unos cuantos viejos que triunfaron en un teatro de variedades de Manhattan, el Follies, que se va a derrumbar para crear un aparcamiento ¿o es un centro comercial? Qué más da, siempre hay que saber cuando algo se ha acabado y pasar página. Quedan los recuerdos de las historias personales pasadas que les llevaron a sus historias presentes. “Memories” que serán derruidos, arruinados, por la apisonadora real e intangible del tiempo. De los que hay que liberarse para, incluso a la edad que tienen los personajes de la obra, seguir viviendo y seguir riendo. Cae el telón. Hasta la próxima función, pues parafraseando a Carlotta Campion, el personaje interpretado por Massiel, en esta función, haya gloria o fracaso, aquí estamos.

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