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Antonio Hernández

Con derecho a fantasma

Autor: Eduardo de Filippo (en traducción de Pau Miró y Enrico Ianniello)
Producción: Centro Dramático Nacional, Grec 2010 Festival de Barcelona, La Perla 29

Director: Oriol Broggi
Escenografía: Paula Bosch
Vestuario: Bárbara Glaenzel y Berta Riera
Sonido: Jordi Agut
Iluminación: Guillem Gelabert

Con (por orden alfabético): Pasquale Bávaro (Enzo, alma maldita), Xavier Boada (Alfredo, alma inquieta), Marta Domingo (María, alma perdida), Manel Dueso (Rafaelle, alma negra), Rafa Gálvez (Pepino, alma condenada), Ritxard Gálvez (Totó, alma condenada), Tony Laudadio (Pasquale, alma en pena), Pilar Pla (Armida, alma triste), Armand Villén (Gastone, alma libre), Marta Domingo, Ritxar y Rafa Gálvez (Familia Califano).

Si todo ser humano tiene la capacidad de ver fantasmas, sólo los que son pobres tienen la capacidad o la necesidad de convivir con ellos. A una casa señorial deshabitada llega una pareja sin dinero (no es de extrañar, él ha intentado ser empresario teatral). El dueño, al que no se ve nunca, se la deja sin pagar con la obligación de vivir en ella durante cinco años. Su objetivo es acabar con el rumor muy extendido de que la casa tiene fantasmas y con que los inquilinos, a los pocos días de habitarla, la abandonan como almas que han visto el diablo. Pasquale, la pobre alma en pena protagonista, no abandonará. Se aferrará a esa necesidad de convivir con los fantasmas, a pesar de temerlos como todo el mundo. Porque la realidad no puede ser real. Sólo es aceptable en la forma de fenómeno paranormal. De ello depende su bienestar y el de su esposa. Y el disfrute de una audiencia que se entrega a un conjunto de actores desconocidos para el gran público.

Es Eduardo de Filippo un autor que interesa en esta Europa de la crisis y a los jóvenes directores actuales. Los montajes de sus obras se anuncian por doquier. Y en España se empieza a montarlo con cierta regularidad gracias a los teatros financiados por las administraciones públicas. Cosa que no se entiende pues cualquier productor puede ver en ellas un éxito ya que es un teatro para el disfrute de los públicos. Con derecho a fantasma no está llenando en las primeras representaciones. Pero el boca oreja debería hacer que en pocos días no quedarán entradas para la corta temporada que estará en Madrid. Porque es el público, ese profesor que no se ve, al que interpela Pasquale, el protagonista, que siempre está mirando, que aconseja al personaje lo que debe hacer, el que hará que este espectáculo, suba y triunfe como un souflé. No, esta vez no será la crítica. Ese fantasma al que también se tiene derecho.


La vida por delante

Autor: Romain Gary (Emile Ajar) (en traducción de Josep María Vidal)
Adaptador: Xavier Jaillard
Producción: Focus
Director: Josep María Pou
Escenografía: Llorenc Corbella
Vestuario: María Araujo
Espacio sonoro: Jordi Ballbé
Iluminación: Pep Gàmiz

Con (por orden alfabético): Rubén de Eguía (Momo), José Luis Fernández (Youssef Kadir), Juan Antonio Quintana (Doctor Katz), Concha Velasco (Madame Rosa).

Las buenas críticas con las que llegaba la obra y los profesionales involucrados hacían presagiar lo mejor. Todo es técnicamente correcto, a excepción del tono y actitud que le han marcado al joven actor que da la replica a Concha Velasco, que ni se ajusta a su físico ni a su personaje. Pero en conjunto deja un regusto a polvoriento y antiguo. Y en el escenario, a rutina. Entrada y salida de actores. Cambio de luz. De aquí para allá. Tan sólo un movimiento de la Velasco, un guiño a la platea, que hace añorar aquellos tiempos en que malas obras subían a su escenario y Lina Morgan hacía morir de risa al personal.

Y es que la historia de una vieja prostituta judía que acoge y coge cariño a un niño musulmán al que cuida y educa como musulmán deja indiferente al público. No sólo por lo que se sucede en escena. El propio texto, no tiene más interés que su sinopsis por mucho premio Goncourt que tenga.

Por tanto, la buena noticia es que la Velasco no se retira y Pou tiene un lugar desde el que seguir proponiendo espectáculos. Habrá, pues, muchas oportunidades de que empleen su conocimiento y su oficio para seguir haciendo crecer el Teatro.


El mal de la juventud

Autor: Ferdinand Bruckner (en traducción de Miguel Sáenz)
Producción: Teatro de la Abadía
Director: Andrés Lima
Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan
Iluminación: Valentín Álvarez y Pedro Yagüe
Sonido: Javier G. Isequilla
Música: Miguel Malla
Profesor de baile: Tony Escarpín
Maquillaje y peluquería: Marta Luján

Con (por orden alfabético): Marta Aledo (Desirée), Jesús Barranco (Alt), Irene Escolar (Lucy), Sandra Ferrús (Marie), Iván Hermes (Freder), Aitor Merino (Pretell), Amamda Recaha (Irene).

La vida en el Berlín de entreguerras no fue esa alegría de la huerta que parece sonar en sus canciones. Este montaje lo recuerda. El fox-trot y el divertido cabaret frente a unos personajes que hacen todo lo posible por matarse. Se podría decir que por un lado iba la música y por otro la letra. Y entre estas tensiones, seres humanos luchando por obtener la felicidad o la mínima parte que les corresponda. Algo, a todas luces imposible, al menos para los personajes que se presentan como los más lúcidos de la función. No es lo mismo para la bobalicona pareja que acaba formando el engolado poeta Pretell e Irene, la estudiante de medicina de origen humilde que, como los personajes de Chejov, sólo cree en trabajar y trabajar como forma de conseguir la felicidad. Surge pues, no se sabe si de la obra o del punto de vista elegido por el director, la idea de que la lucidez mata, y ése sería el mal de la juventud. Mientras que la bobería, la tontería, la mediocridad, salva. Idea que se cuela, se está colando en la sociedad, no sólo desde este escenario. Cuando, en realidad, la lucidez es sobrevivir bien sin tener que claudicar. Si es posible hacer la reflexión anterior es gracias a unos actores entregados. Defienden su papel con fuerza, energía y el mal de su juventud. Lástima que la escenografía, esa necesidad de encerrarlos para que se les observe como se mira a las ratas de laboratorio sometidas a un experimento “social”, potencie los problemas de sonoridad de la sala, y empaste, en algunos momentos, palabras de un texto lleno de frases bonitas que al espectador le gusta recordar. Y a las que el elenco hace brillar y flotar sobre el patio de butacas como melancólicos globos de colores. Pero que dichas en la vida ordinaria, en la calle, incluso en entornos cerrados y cercanos, como el grupo que protagoniza la obra, darían la sensación de una vida impostada, falsa. Una vida teatral.


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