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Antonio Hernández

Los miserables, un musical desde España para el mundo

Autor: Claude-Michel Schönberg
Libreto: Alain Boublil, Herbert Kretzmer, Jean-Marc Natel y Claude-Michel Schönberg

Adaptador de letras a español: Albert Mas-Griera
Orquestación: James Fenton (original)/Chris Jahnke, Stepehen Metcalfe y Stephen Brooker (nuevos arreglos)
Productores: Cameron Mackintosh Ltd. y Stage Entertainment España
Director: James Powell, Laurence Connor y Víctor Conde (director residente)
Director musical: Alfonso Casado
Coreógrafo: Michael Ashcroft

Escenografía: Matt Kinley
Iluminación: Paule Constable
Sonido: Mick Potter

Con (por orden alfabético): Alberto Aliaga (Babet/elenco), Luis Armando (Combeferre), Paco Arrojo (Montparnasse Bamatabois), Virginia Carmona (Fantine), Eva Diago (Mme. Thénardier), Víctor Díaz (capataz), Daniel Diges (Enjolras), Lidia Fairen (Eponine), Edgar Martínez (Joly), David Ordinas (obispo/elenco), Enrique del Portal (Thénardier), Gerónimo Rauch (Jean Valjean), Diego Rodríguez (Prouvaore/elenco), Ángel Saavedra (capitán de baile/swing), Guillermo Sabariegos (Feuilly), Carlos Solano (Grantaire), Talia del Val (Cosette), Ignasi Vidal (Javert), Rubén Yuste (Claqiesous)…

De esta producción se ha dicho de todo y casi todo bueno. Y, después de verla, se comprueba que es cierto. Tiene recursos, como suele ocurrir en los musicales. Recursos muy bien aprovechados para disfrute de los espectadores y de los que trabajan en ella. Los bravos y los aplausos finales son debidos no sólo a la partitura, cercana a los standars que se pueden escuchar en las radios y en los conciertos de música popular, ni tampoco al buen uso de la tecnología teatral, sino a la honestidad con la que todo el equipo ofrece la obra. No es de extrañar que este musical francés que triunfó en su versión inglesa, basado en la novela del mismo título de Víctor Hugo, esté atrayendo a público de todo el mundo a sus butacas. Y llama la atención que sean los visitantes ingleses o americanos, los que se han formado en la gran tradición del musical, los primeros que se levantan a aplaudir y hacen levantar al mayoritario público nacional que está agotando el papel todas las noches. Se debe dar la bienvenida, pues, a esta obra que va a ayudar al crecimiento y desarrollo del teatro comercial de calidad en España, formando espectadores y profesionales exigentes en lo teatral y en sus contenidos.


Gólgota Picnic, Rodrigo García a lo grande

Autor, director y escenografía: Rodrigo García
Producción: Centro Dramático Nacional, Théâtre Garonne de Toulouse, Festival de Otoño de París
Asistente de dirección: John Româo
Asesor técnico: Roberto Cafaggini
Vestuario: Belén Montoliú
Iluminación: Carlos Marquerie
Videocreación: Ramón Diago
Videoclip: Paz Producciones

Fotos: David Ruano/Paco Amate

Con (por orden alfabético): Gonzalo Cunill, Nuria Lloansi, Juan Loriente, Juan Navarro y Jean-Benot Ugeux

Un grupo de ¿amigos? hace un picnic en el ¿Gólgota? Es decir, en el monte donde se crucificó a Cristo. De la conversación de este grupo se retira lo que habitualmente se considera superfluo, lo que no produce discurso y se acompaña de unas imágenes impactantes que agrandan detalles de lo, casi siempre banal, que se ve y sucede en escena. Imágenes que traen lo que no se puede traer de forma real: el salto al vacío del Ángel Caído, un cuadro de Rubens que está en el Prado, los cristos verdes de Mantegna. Se salta de una referencia a otra y a otra y a otra, en búsqueda de un sentido. El discurso de Rodrigo García lo tiene y lo cuenta. Y para ello no duda en usar cualquier recurso teatral o no a su alcance, que el lo convertirá en teatral. El pianista Marino Formenti pone música interpretando Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz de Haydn. La simplicidad de un cuerpo desnudo, a la intemperie, tocando el piano. Y, por último Cristo, cayendo del cielo como antes hizo el Ángel Caído, sin llegar a dar con sus huesos en el suelo. “Lo digo desde mi caída interminable, que es mi sitio en el mundo y mi estado de gracia, mi plenitud”. Si no lo dijo Cristo, lo dice Rodrigo García en el María Guerrero y el CDN se apunta un buen tanto.


La gata sobre el tejado
de zinc caliente

Autor: Tenesse Williams
Traductor: Joan Sellent
Producción: CDN/Teatro Lliure
Director y adaptador: Álex Rigola
Escenografía: Max Glaenzel
Vestuario: Berta Riera/Georgina Viñolo
Sonido: Igor Pinto
Iluminación: Xavier Clot (a.a.i.)

Con (por orden alfabético): Chantal Aimée (Maggie), Muntsa Alcañiz (abuela), Andreu Benito (abuelo), Joan Carreras (Brick), Ester Cort (Mae), Santi Ricard (Gooper) y Raffel Plana (pianista)

Un tranvía
llamado deseo

Autor: Tenesse Williams
Traductor: José Luis Miranda
Producción: Juanjo Seoane
Director: Mario Gas
Escenografía: Juan Sanz y Miguel Ángel Coso
Vestuario: Antonio Belart
Sonido y música original: Alex Polls
Iluminación: Juan Gómez Cornejo (a.a.i.)

Con (por orden alfabético): Roberto Álamo (Santley Kowalski), Àlex Cassanovas (Mitch), Marina Cordero (enfermera), Ariadna Gil (Stella Kowalski), Alberto Iglesias (Steve Hubbel), Ignacio Jiménez (joven), Anabel Moreno (Eunice Hubbel), Pietro Olivera (Pablo González), Jaro Onsurbe (doctor) y Vicky Peña (Blanche du Bois)

Coinciden en Madrid dos Tenesse Williams: La gata sobre el tejado de zinc caliente, montada por Álex Rigola y Un tranvía llamado deseo por Mario Gas. El primero ofrece una de sus particulares lecturas y nos cuenta Why is it so hard to talk? en versión de bar americano: whisky, humo y música de fondo. De tal manera que borra de un plumazo la película, incluso hace bromas con ella. “Yo no soy Elizabeth Taylor” dice Maggie. A lo que Brick responde “Yo no soy Paul Newman”. Crítica y público se descolocan. Consigue así Álex, con ese puñado de sus buenos actores y actrices habituales, contarnos que somos sólo palabras lanzadas al viento sobre campos de algodón en un tórrido verano. Como esa rica familia sureña que bebe y se lanza palabras alrededor del cumpleaños del patriarca que desconoce que un tumor maligno le está matando.

Mario Gas se apega más al texto y a cierta atmósfera de la película original. Algo intrínsecamente viejo recorre lo propuesta. De hecho permite el lucimiento de Vicky Peña, hipnótica por momentos, y de Àlex Casanovas. Pero la memoria del público compara y, aunque Vicky Peña podría ser Vivian Liegh, Roberto Álamo no es Marlon Brando. Y la lectura en clave del nuevo americano que podría haber hecho este actor seguramente habría dado un vuelco a esta historia de rica familia sureña venida a menos por el way of life de los yankees, que no comprenden ni aprecian el charme de la vida en el sur. Es esa otra lectura que se encuentra agazapada en la Stella que hace Ariadna Gil, amenazando con salir durante toda la obra. El público se divide. Aplauden agradecidos aquellos que recuperan, en parte, la película, y se van decepcionados aquellos que ya no se ven en esas formas de pensar, decir o actuar.

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