Nuestro teatro: Tierra de nadie, tierra de Lluis Homar

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Nuestro Teatro - Foto de Lluis Homar - Primavera 2014_800x533Es imposible vérselo todo, lo que hace muy difícil hacer aseveraciones como “Esta es la mejor obra que de las estrenadas en Madrid este invierno”. Sin embargo, con Tierra de nadie se puede afirmar con muy poca probabilidad de error. ¿Motivos? Su autor, Pinter, su director, Xavier Alberti, y sus actores. Entre los que destaca Lluis Homar, no porque el resto no estén más que bien, que lo están, sino porque verle decir y hacer un texto que parece en principio una comedia de salón para luego cambiar a un texto, en la misma obra, que bien podría salir en una novela de caballería y entre medias comerse unos huevos acompañados de champán y hacer creíble todo en el mismo personaje, no, en el mismo personaje no, en la misma persona, no es nada fácil. Y al igual que él, el resto del elenco también personificados corporeizados, encarnando seres extraños, con historias extrañas, que están o buscan estar al servicio de un gran hombre de las letras y, a la vez, de un gran señor, borracho, al que todos intentan agradar, hacerse su amigo, cuando ¿quién querría ser su amigo? ¿qué siervo querría a ese amo? se ven como humanos, flesh and blood, luchando por esa tierra de nadie, que a nadie pertenece más que a sí mismo, el dueño de todo. Sí, es este un montaje visceral, en el que las sensaciones son raras y no siempre agradables. Sensaciones que dejan preguntas flotando en el aire, en la mente del espectador, dudas razonables que se resisten a la comprensión y a la argumentación. Sensación que hay algo de nuestras vidas que se nos escapa, y en ese algo se juega uno todo, todo lo que se es y lo que no se es. Un misterio para nosotros mismos, aunque los demás hablen de nosotros como si fuéramos libros abiertos.

La trilogía de la memoria, chaca-chaca-chaca-chacachá

Para algunos, esta trilogía de la compañía Micomicón es buen teatro, magnífico, tal vez, pero no lo consideran teatro de hoy. Como que su tiempo ha pasado. Solo había que sentarse sin prejuicios en la Cuarta Pared, que ha tenido el gusto de programar La trilogía de la memoria en semanas sucesivas, formada por Atra Bilis, Los niños perdidos y Santa Perpetua, para comprobar que eso no es cierto. Y es que superado el shock inicial de los primeros momentos de Atra Bilis y entrando en el juego teatral que propone Laila Ripoll, como autora y directora, y los actores de la compañía, todo es disfrutar. Y es que en esta primera obra, los actores vestidos de mujeres de pueblo velando a un muerto, a un hombre, consiguen traer a la memoria otras muchas referencias teatrales. Algunas evidentes, como La casa de Bernarda Alba de Lorca o como Esperando a Godot de Beckett. Sin embargo, no son referencias culturales, ni suponen un refrito. Son ladrillos. Son construcción. Como sus actores adultos que también se travisten en chavales en Los niños perdidos, la segunda obra de esta trilogía, para recordarnos los trenes, chaca-chaca-chaca-chacachá, que atravesaron España con aquellos niños que fueron separados de sus padres, gentes de mal vivir y peor pensar, y reeducados en el régimen (el régimen del pienso que diría La Zaranda). Ese tren que atraviesa en silencio la memoria sin ir a ninguna parte y que el teatro permite liberar pues le da voz, le da movimiento, le da su lugar. En este sentido, tal vez sea Santa Perpetua la más floja de las tres obras. Aparentemente. Pues la historia de esta santa, que se fotografía con todo el que pague y capaz de sintonizar la radio, incluso la del futuro dando noticias sobre María Dolores de Cospedal, muestra como una gran mentira social solo se puede mantener con pequeñas mentiras, mentiras del día a día, donde la verdad solo tiene posibilidades de obtener victorias pírricas y, por tanto, de perder las guerras. Los actores hacen tan claro este mensaje desazonador, lo ponen tan bien en el sentimiento y pensamiento del espectador, que a este le cuesta aplaudir, sale en silencio, rumiando, seguramente sus mentiras diarias, las que como la santa, necesita para sobrevivir. Para seguir viviendo. Una verdad que, ya en casa, le hace amar el teatro y querer volver.

El chico de la última fila, el triunfo de la sencillez y el compromiso

De lo más alternativo, el espacio de La Tabacalera en Madrid, a una sala comercial como es el Teatro Galileo, y entremedias una gira nacional. Esa es la suerte que ha corrido el montaje de esta magnífica obra de Juan Mayorga por merito propio. Y que el autor recomienda en cuanto que puede a quien se le acerca. Nada más hay que sentarse en la butaca y se entiende porque la recomienda. Pues, a pesar del tiempo que lleva girando, el montaje se mantiene fresco. Y se sitúa lejos del dramón, la desgracia, y el mal rollo que, según dicen, parece desprender la premiada película que se hizo a partir de la obra. No, esta es una historia más sencilla. La de un profesor de lengua y literatura de secundaria que encuentra un alumno con talento. Un alumno con carencias económicas evidentes, que podría formar parte de las estadísticas que salen en las noticias. Cuyas carencias afectivas no son mucho mayores que las que puede tener el común de los mortales, como el resto de personajes que salen en la obra. Como la familia del compañero de clase en la que este talentoso alumno se infiltra y cuya vida observa y cuenta por escrito a su profesor. Para que con la mínima escenografía usada (una mesa gigante, sillas y pupitres de colegio y lamparitas) se puedan recrear todos las localizaciones y pasar de unas a otras, es necesario un elenco que por medio de la palabra, el gesto y el movimiento, muevan la cabeza del espectador con la rapidez que necesitan los cambios, las traslaciones. Que ocupen los espacios y sepan cuáles son las distancias. Cuando deben estar presentes y cuando su presencia, aunque estén en escena, no es necesaria ni tiene que ser evidente. Actores comprometidos, antes que consigo mismos, con el otro y con los otros. Con los compañeros y con el público, un público eminentemente joven, el que es raro ver una tarde de domingo a la que pertenece esta crónica. Ellos, los jóvenes, que suelen ir cuando un profesor de literatura los lleva casi obligados como una actividad escolar más. Invirtiendo su poco dinero, la paga, en teatro. Mezclados con gente de toda condición y aspecto. Da que pensar.

Onegin. Commentaries.

Es esta y no es esta la novela de Pushkin puesta en escena. La historia de un dandy, Oneguin, que se traslada al campo donde simplemente se aburre, el spleen del tiempo. Donde hace amigos y juega con las señoritas de la aristocracia local. Donde se bate en duelo indolentemente. De donde huye para no volver. Aunque el lugar y el tiempo volverán a él para enseñarle, para darle una lección. Y, también, es una historia de costumbres de aquella época. De cómo se relacionaban las personas y en qué ambientes se movían. Y, a la vez, es, en parte, una biografía de Pushkin. Un ir y venir de un libro a otro. Un camino sinuoso que permite entender la novela en aquello que tiene de contemporáneo, como lo tienen todos los clásicos. De un tiempo y un lugar del que el espectador madrileño no está tan lejos como parece. En el que el dandismo, gracias a la promoción de hace unos años de lo metrosexual y lo homosexual, está a la orden del día y en todas las televisiones y magazines posibles. Dandis de ahora alrededor de los que revolotean señoritas a la última, de cinturita estrecha, que saben hablar inglés, como antes sabían hablar francés o alemán. Que se entienda y entusiasme al público, insisto, madrileño asistente a los Teatros del Canal, a pesar de ser representada en letón y ruso con traducción simultánea, habla de la capacidad y el oficio del director de esta compañía, Alvis Hermanis, y de sus actores para contar una historia y presentarla en escena. Resultado sin duda de esa gran costumbre europea, que no conseguimos hacer nuestra en el teatro español. A saber, tener teatros nacionales de repertorio con elencos estables que se pueden permitir largos ensayos, hasta de un año dice en el programa que hace Jaunais Rīgas Teātris, para investigar y profundizar en el arte del teatro. Ese que convierte elpensamiento en ideas, las ideas en palabras que los equipos artísticos cogen y las hacen, primero, suyas y luego propias de una sociedad, de todos sus ciudadanos.

Fichas artísticas de los espectáculos comentados

Tierra de nadie
Autor: Harold Pinter en traducción de Joan Sellent
Dirección: Xavier Alberti
Producción: Teatre Nacional de Catalunya
Escenografía: Lluc Castells
Iluminación: Xavier Alberti y David Bofarull
Vestuario: María Araujo
Con (por orden alfabético): Lluís Homar, Josep Maria Pou, Ramon Pujol y David Selvas
Página Web: http://www.teatroespanol.es/programacion_teatro_espanol_madrid/ficha/tierra-de-nadie?id_agenda=294

La trilogía de la memoria: Atra Bilis, Los niños perdidos y Santa Perpetua
Autor: Laila Ripoll
Dirección: Laila Ripoll
Producción: Producciones Micomicón
Escenografía: Arturo Martín Burgos
Iluminación: Juan Ripoll y David Roldán (Atra Bilis), Luis Perdiguero (Los niños perdidos y Santa Perpetua)
Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas
Sonido: Eduardo Burgos (Los niños perdidos), Antonio Verdú (Santa Perpetua)
Con (por orden alfabético): Manuel Agredano, Marcos León, Mariano Llorente y Juan Ripoll
Página Web: https://www.facebook.com/micomicon.teatro

El chico de la última fila
Autor: Juan Mayorga
Dirección: Víctor Velasco
Producción: La fila de al lado
Escenografía: Israel Muñoz & Victor Velasco
Iluminación: Eduardo López & Eduardo Vizuete
Vestuario: Carmen de Giles
Música: Ernie Motor de Cactusound
Con (por orden alfabético): Natalia Braceli (Ester), Miguel Lago Casal (Germán), Sergi Marzá (Rafa), Óscar Nieto San José (Claudio), Olaia Pazos (Juana) y Rodrigo Sáenz de Heredia (Padre de Rafa)
Página Web: http://lafiladeallado.com


 
 

Onegin. Commentaries.

Dramaturgia y dirección: Alvis Hermanis
Producción: Jaunais Rīgas Teātris
Diseñador: Andris Freibergs
Iluminación: Arturs Skujiņš-Meijiņš
Sonido y vídeo: Gatis Builis
Infografía: Ineta Sipunova
Con (por orden alfabético): Vilis Daudziņš (Pushkin), Andris Keišs (Tolstoi), Sandra Kļaviņa (Olga), Ivars Krasts (Conde Lensky), Iveta Pole (Tatiana) y Kaspars Znotiņš (Onegin).
Página Web: http://www.jrt.lv/en/about-jrt

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