Obituario 93

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Pedro
Sempson, 1917-2009

El pasado 24 de mayo falleció nuestro querido compañero Pedro Sempson. Pedro vino al mundo en Barcelona, un 18 de junio. Y fue en esa ciudad donde se formó como actor en las compañías teatrales de Enrique Guitar y de Francisco Melgares, pasando después, ya en Madrid, por las de Guadalupe Muñoz Sampedro, Pepita Serrador o la Compañía Nacional del María Guerrero.

Su físico y voz, tan personal, le hicieron destacar en todos los campos de la interpretación. En TV su trayectoria fue muy extensa, participando en todos los proyectos del momento: Teatro breve, Estudio 1, Noche de teatro, Hora once, Teatro de siempre, Historias para no dormir, Novelas… Pero la popularidad le llega con “El Profesor Lápiz”, un personaje afectado y pedante, en el mítico concurso Un, dos, tres. Si es difícil resumir su trayectoria televisiva, más complicado aún es hacerlo con su trayectoria en el doblaje. Desde finales de los años 50, su voz fue casi imprescindible en películas y series de ficción, participando en más de 700 doblajes. El maravilloso Geoffrey, El príncipe de Bel Air, o su creación del Señor Burns, en Los Simpson, están en la mente de todos.

Pero de todos, su mejor personaje fue él mismo. Su personalidad arrolladora, su gran y finísimo sentido del humor, su carácter peculiar…

Pedro: gran actor, gran compañero, gran amigo.

Hasta siempre.

El Take, revista de ADOMA (Asociación de Actores de Doblaje de Madrid)


Manuel Collado, 1921-2009

El actor, director, empresario y traductor Manolo Collado Álvarez falleció el pasado 15 de junio en Madrid, aunque la noticia no trascendió hasta que su cuerpo fue incinerado, por deseo expreso de este hombre de teatro. Murió en la misma clínica, con tres horas de diferencia, que su amigo y compañero el actor Fernando Delgado. Además, sus capillas ardientes estuvieron separadas sólo por un tabique en el tanatorio madrileño. Nacido en Barcelona el 26 junio de 1921, era hijo del conocido actor Manuel Collado y de la bailarina María Esparza. Estudió teatro en Alemania con grandes directores y terminada la II Guerra Mundial, volvió a Madrid. Gracias a su dominio del alemán, tradujo importantes obras germanas, mientras trabajaba como actor y director. Se incorporó a la compañía de Catalina Bárcena y tuvo su primer gran éxito con Las de Caín en el teatro Fontalba. En la posguerra quiso, junto a un grupo de jóvenes intelectuales, convertir el local Alcalá 20 de Madrid en un teatro de vanguardia, pero no reunía condiciones de seguridad, lo que se comprobó trágicamente décadas después. Formó parte de la compañía de Alberto Closas y, en el montaje de Edición especial, de Ben Hecht, conoció a Julia Gutiérrez Caba, con quien compartió su vida durante 45 años, además de escenario y a quien dirigió en numerosos montajes. Destacó como actor en El sol en el hormiguero, de Antonio Gala, o El jardín de los cerezos, de Chéjov, bajo la dirección de William Layton y José Carlos Plaza. Con este último hizo uno de sus últimos trabajos como “Polonio” en Hamlet en 1987. Como director, entre sus éxitos estuvo Triángulo, de Gregorio Martínez Sierra, o La profesión de la señora Warren, de Bernard Shaw. Muchas de sus puestas en escena fueron para la compañía de Julia Gutiérrez Caba y también dirigió a sus cuñados Irene y Emilio. En 1989 sufrió un infarto y casi se retiró de los escenarios, aunque siguió traduciendo y ayudando a su esposa. Destacó como empresario y docente: transmitía muy bien su vasta sabiduría. Era querido, respetado y admirado en la profesión teatral. “Como director era muy metódico y los actores nunca teníamos problemas con él. Sabía lo que quería y conocía las necesidades de los actores”, señaló Emilio Gutiérrez Caba.

Eduardo Haro Tecglen señaló de él que tenía la virtud de dejar que en la escena se viera lo que el texto decía. Y en 1983, tras el estreno de El día de gloria, de Francisco Ors, Haro escribió: “Tiene el áspero papel del marido tonto y cobarde, y sus cualidades de excelente actor de la escuela naturalista no pueden aprovecharse más”.


Maruja Boldoba, 1922-2009

Maruja Boldoba, fallecida en Valencia a los 87 años, hace una década que se había despedido de los escenario en el Teatro de La Comedia, haciendo un breve personaje en La venganza de Tamar. Boldoba fue primera vedette del teatro Albéniz con la compañía del maestro Alonso, allá por los años cuarenta, recién inaugurado este local.

Finalizada la Guerra Civil Celia Gámez se encaprichó de un apuesto galán valenciano, Alfonso Godá. Le propuso venir a Madrid para actuar junto a ella, pero el actor puso como condición que le acompañara Maruja, su esposa. Así comenzaron sus respectivas carreras, primero en la revista, después en la comedia o el drama.

En el teatro Albéniz se estrenaron bastantes revistas en competencia con el Alcázar, La Latina o el Calderón. Maruja Boldoba protagonizó, entre otras, 24 horas mintiendo y Tres días para quererte, en la que cantaba “dicen que tengo de fuego, fuego, el corazón…”. Después haría populares marchiñas y chotis como “Palabritas” y “Arrímate”. La vedette actuó también en La Zarzuela, el Lope de Vega o la Comedia y tuvo como compañeros a grandes cómicos como Antonio Casal, Manolo Gómez Bur o Adrián Ortega. También actuó junto a su esposo y a Celia en S.E. la Embajadora.

Como a tantas vedettes, el paso del tiempo acabó por retirarla de las pasarelas, pero tuvo capacidad para reciclarse en la comedia. Intervino en obras de Alfonso Paso como La corbata, Cita a los 25 años o Los peces gordos. Volvió esporádicamente a la revista como “actriz de carácter” junto a Juanito Navarro el año 1982. José Carlos Plaza le dio algunos pequeños papeles mientras Alfonso Godá también trabajaba en distintos escenarios. Tras la muerte de su compañero de toda la vida en 2003, Maruja pasó sus últimos años junto al mar de Valencia, tierra de sol y misterio.

R.A


Raúl Pazos, 1931-2009

Corría el verano de 1989 y yo iba a mi primer día de ensayo. Juan Carlos Plaza había decidido incluir el personaje de “Fortimbrás” y el seleccionado fui yo. Tenía veinte años y venía de Valladolid para estudiar en el Laboratorio de William Layton. Era lo que se dice un pardillo, lleno de ilusión y miedo. Cuando me incorporé a la compañía ensayaban la escena de los sepultureros. Aún tengo grabada en la memoria aquella pregunta de Pazos a Joaquín Notario: “¿Quién construye mejor que el albañil, el calafateador o el carpintero…?”. Me maravilló. Era magnético con su voz profunda, su acento le daba un toque exótico. Y su estatura; era, por aquel entonces, un hombre grande, con pelo y barba canos y de unos cincuenta y muchos. Pero en el ensayo era como un niño, tenía un entusiasmo nada fácil de ver en gente de su edad y un sentido lúdico en su actuación que te hacía disfrutar con sólo mirarlo.

Ese fue comienzo, después vinieron La Orestiada, Las comedias bárbaras, El mercader de Venecia… compartimos compañía, giras y mucha vida. Durante todo ese tiempo en el CDN, Alberto de Miguel y Pazos se convirtieron sin saberlo en mis padres morales en el teatro.

Desde 1959 al 73, Pazos desarrolló una basta carrera en “El Galpón”, compañía de Montevideo donde hizo a todos los autores clásicos y contemporáneos. Allí fue docente en la escuela de arte dramático. Luego, pasó de ser primer actor en “El Galpón” y de trabajar con los mejores directores latinoamericanos a ser un desconocido en España.

Así que, en el 89, éramos iguales, él a sus 57 años y yo a mis 20. La vida nos concedía la oportunidad de ser actores en Madrid. Nunca daba lecciones, pero yo deseaba escucharle constantemente para aprender. Trabajaba de contable en una gestoría todo el día hasta que se iba a los ensayos y después a la función y, al acabar, disfrutaba de una cervecita con los colegas. No sé cuando descansaba, pero nunca le oí quejarse. No hablaba mal de nadie, hasta el ser más despreciable tenía para Raúl algo bueno. Y no era una pose. Era un hombre bueno de verdad. Siempre le importaba más lo que quisieras contarle que lo que tuviera que decir. También era un hedonista. Y verle bailar “agarrao” era todo un espectáculo. Mi faro, para no perderme en estas procelosas aguas, sigue siendo Pazos.

Su manera de ser actor, en escena y fuera de ella, sigue siendo mi mejor modelo. Gracias Pazos. Estás más vivo que nunca.

Roberto Enríquez


Fernando José Hilbeck, 1933-2009

Nació en Madrid, de ascendencia inglesa por parte de padre, pero creció y se educó en Lima, Perú, donde se doctoró en Filosofía y Letras y comenzó a trabajar en el teatro que amaba y estudiaba. Se traslada después a Roma y actúa en los teatros Pirandello y De Servi durante dos años. También en Italia debuta en el cine en 1961 con la película Francisco de Asís, de Michael Curtiz. De regreso a España, interviene en varias co-producciones como Campanadas a medianoche (1965), de Orson Welles y también en cantidad de películas de películas rodadas en España en inglés, lengua que hablaba con excelencia al igual que otros idiomas además del castellano. También trabajó en cantidad de películas estrictamente españolas, a las órdenes, entre otros, de Juan Antonio Bardem (El último día de la guerra, 1969; El puente, 1976), Luis García Berlanga (La escopeta nacional, 1977) y Pedro Almodóvar (Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, 1980 o el corto Salomé). También en televisión intervino en series clásicas de TVE como La Barraca (1979), Verano azul (1981), Don Baldomero y su gente (1982) o (1986). En su carrera teatral, entre otras trabajó en Ivanov, de Chejov, dirigido por Jorge Eines, y en Del Rey Ordás y su infamia, escrita y dirigida por Fernando Fernán Gómez.

Esta es la sucinta biografía profesional de un hombre de elegancia aristocrática, de un actor con aire atormentado que hace tiempo que no trabajaba y que tal vez haya muerto demasiado herido por la vida y la profesión. Alguien que trabajó sobre todo en España y en Italia y que de haber desarrollado su carrera en algún país anglosajón es muy posble que, con ese rostro ascético y romántico, cruelmente apuesto, hubiera podido interpretar a malvados aún más exquisitos que los que le tocaron en suerte. Tenía apostura de caballero y de villano legendario. Podía haber interpretado a “La Muerte Roja” y al “Príncipe Próspero”, criaturas de la imaginación de Edgar Allan Poe.

Actor de culto del cine de terror, su muerte ha despertado en los foros de adictos al género una ola de condolencias que se han desparramado en la nada, puesto que Fernando era un planeta solitario, un electrón libre, el fin de raza del reino de Hilbeck. “Tachi”, como le llamaban sus íntimos, se ha llevado con la muerte sus más íntimos secretos, las flores carmesíes de su dolor y aquellos ojos siempre melancólicos que podían haber sido los de Caronte en la laguna Estigia, camino de un paraíso que otros llaman infierno. ¡Qué gran personaje ha perdido el cine, qué inspirador de los poetas!


Pablo Isasi, 1935–2009

Querido Pablo:

Aún no han pasado días suficientes para que nosotros, tus amigos, asimilemos tu partida y no sé el tiempo que nos va a hacer falta. Hemos compartido muchas horas de escenario, muchos teatros, giras, sueños e ilusiones contigo, que no es poco, pero además nos has dejado a todos la misma imagen: la imagen del buen compañero, del amigo conversador, ameno y divertido; la imagen del actor que comparte su sueño, su experiencia y andadura por éste, nuestro oficio; siempre un señor en el trato, golfo – en el buen sentido de la palabra–, curioso, viajero, enamorado de la vida y de la alegría que dan las pequeñas cosas: una buena charla, un buen vino o una buena cena en compañía… Enamorado de todo, porque a todo le ponías tu acento positivo, abierto y cercano, porque nunca dejaste de ser tú. Estás con nosotros y seguirás estando del modo en que hubieras querido estar: cerca, brillando, atractivo y sonriente, en nuestras reuniones, en los días de teatro y en nuestros corazones. Seguirás viviendo en todos nosotros.

Sólo queremos trasmitir a tus allegados nuestro amor hacia ti y en cuanto el tiempo dulcifique la herida podremos hablar de tu inmensa y rica trayectoria profesional, de tu buen hacer y dedicación al teatro. Hay tanto que contar…

Nuestro más sincero sentido pésame a tu familia.

A ti, Jesús, compañero inseparable, decirte que tienes todo nuestro cariño y que esperamos volverte a ver sonriendo lo más pronto posible.

Marisa Lahoz, Lucía Ortega, Adolfo Pastor, Salvador Bueso, Santiago Nogués, Jordi Soler, Alejandra Torray y Carlos Torrente


Rosa María López, 1935-2009

La vida de nuestra fiel y devota afiliada Rosa María López, como la de muchas personas que tienen la generosidad de ofrecer su tiempo a cambio de nada, con su muerte, ha pasado a ser un misterio. Es doblemente doloroso pensar que alguien que tuvo una vida más o menos larga ha desaparecido sin dejar rastro, tal vez en la más completa soledad. Pero nos deja el ejemplarizante recuerdo de que con su tremenda dificultad para andar, pero provista de una voluntad de hierro y su andador, se apuntaba a todas las asambleas y manifestaciones a favor de la paz y la solidaridad.

Era redondita, frágil y fuerte, muy discreta. No pedía nada a cambio, era actriz. Una de raza, de las que creen que siempre se puede dar y esperar algo más del futuro. Su trayectoria profesional fue larga y se entronca en el olvido, sabiendo que empezó de niña en la radio, interpretando a personajes muy populares en la España triste de la posguerra y así siguió hasta que sus problemas físicos la retiraron del trabajo pero no de la vida. No tenía familia, tal vez nada a lo que aferrarse, salvo a la fe en los otros y así, decidió acompañar a las causas solidarias, ofreciendo su presencia, para luego desvanecerse en el pisito madrileño donde poco a poco se le fue apagando el corazón.

Cuando entregó su currículum en la Unión de Actores, manuscrito con el trazo inseguro de la persona que no ve demasiado bien, era más una carta de vida. En esas líneas torcidas, sufrientes, se podía leer una vocación inquebrantable, una soledad sostenida con ganas de compartir con sus colegas de oficio momentos a la convocatoria de la Unión de Actores. En este Madrid grande, a la vez hermoso y abierto casi en disección permanente, que hace difícil caminar por muchas de sus calles bajo el pretexto de diseño de futuro, también han dejado huella los inseguros pasos de Rosa María. Esas obras con sus cambios se llevarán el recuerdo de quienes han dejado en la ciudad ilusiones e inquietudes, criaturas solitarias que no han perdido la capacidad para ser felices ni amar sin condiciones y sin apenas palabras. Ahora su rastro se irá desvaneciendo pero sentimos que una persona de verdad nos ha dejado y eso no puede decirse todos los días. Tus colegas, Rosa María, esos que ni siquiera sabían de ti porque no asistían a las reuniones a las que tú no faltabas, y nosotros los que te conocíamos, pero no supimos cómo saber más de ti debemos agradecerte tu apoyo y desearte que ya estés en un mundo en la medida de tus sueños.

Actores


Javier Más, 1959–2009

Esto más que un obituario es una reivindicación como las que tanto siempre apoyó nuestro compañero Javier como actor, como sindicalista, como ciudadano, y como tal no puede empezar más que con una pregunta que demanda respuesta: ¿Por qué?

Como tantos de nosotros, Javier ha pasado por todos los escenarios de la actuación profesional, con ese empeño y dedicación que le caracterizaba, del teatro, al cine a la televisión y esa rama de salvación circunstancial, como es la publicidad, para algunos, que además de una ayuda económica de supervivencia, sigue siendo una asignatura pendiente de regulación que nos quema a quienes conducimos un sindicato de trabajadores del sector. Como el propio Javier Más que, desde los principios de la Unión de Actores, trabajó con nosotros cotidianamente y con distintas responsabilidades, en el sindicato, y en algún momento, precisamente, dirigiendo esta revista.

Como tantos de nosotros, entre profesión y familia, Javier ha pasado de los momentos de satisfacción por tener un trabajo a los de honda depresión por no conciliar esas dos razones de vida, para quien cree en lo que hace y lucha por mantener a quienes quiere. Pero Javier tenía otra pasión además de profesión y familia, el fútbol. Y concretamente me refiero a jugar siempre que podía. Recuerdo la dedicación con que se entregaba como defensa en aquél equipo de la Unión que tantas satisfacciones nos brindó en aquéllos torneos nocturnos con equipos de los teatros madrileños. Entonces, siendo su entrenador, le dije que no era necesario que entrara tan fuerte en la recuperación de un balón frente a un adversario porque estaba poniendo en peligro su propia integridad física. Me contestó: “Yo no puedo jugar de otra manera sino con toda la entrega”. Así también acometía su trabajo como actor, de frente, con honestidad, exponiéndose al riesgo. Y ahí sí que dejaba de ser como tantos de nosotros, para ser él mismo, Javi Más, fuerte de contextura física y de integridad moral, como pocos.

Sabemos que esta fortaleza no impide la enfermedad física, como la dolencia que se lo llevó tan pronto, ni blinda contra los dolores del alma o el espíritu. Porque esa fortaleza no es una armadura de protección sino una actitud de vida honesta que más de una vez se encontró con una respuesta negativa. La que no le permitía conciliar profesión, familia, fútbol, como había querido de una manera normal y con cierta ingenuidad, como el chico-grande en que terminamos todos convertidos. Y había que fortalecerse de otra manera para trabajar en otra cosa.

Es por eso, compañero, que nos empeñamos en tu propia honestidad para preguntar: ¿Por qué?

Jorge Bosso

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