Obituarios 104

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Pepe Rubio

A final de la década de los cincuenta, y durante los años sesenta, el director granadino José Tamayo reunió en el Teatro Español y en su compañía Lope de Vega a los mejores actores consagrados y a un puñado de jóvenes intérpretes que serían los más grandes de la segunda mitad del siglo XX. Pepe Rubio, que acaba de dejarnos, cimentó su carrera con obras como Las brujas de Salem (1956), El diario de Ana Frank (1957), Un soñador para el pueblo (1958), La muerte de un viajante (1959), La caída de Orfeo (1962), La celestina (1965) o La vida es sueño (1965). Con la Lope de Vega recorrió el mundo interpretando un repertorio nutrido para cambiar cada noche de título. Fueron días de gloria junto a Irene López Heredia, Asunción Balaguer, Carlos Lemos, Berta Riaza, Manuel Dicenta o una juvenil María Dolores Pradera. El cine también reclutó a Pepe Rubio como uno de sus galanes imprescindibles. Fue uno de los guardiamarinas cuando ya había rodado La boda era a las 12 (1962), Tú y yo somos tres (1962) y Piso de solteros (1963). Pero una comedia de Alfonso Paso marcaría un punto de inflexión en el trabajo de Pepe Rubio. El 3 de mayo de 1968 se estrenó en el desaparecido Teatro Club (bajos del Palacio de la Música) Enseñar a un sinvergüenza. Era la sexta obra que Paso estrenaba esa temporada. Contó con Ana María Vidal y un matrimonio excepcional de intérpretes: Carmen Carbonell y Antonio Vico. Pero el calavera Lorenzo marcó para el resto a Pepe. La comedia se eternizó en la cartelera y se repuso en numerosas ocasiones. La última el año 1995 para la reapertura del teatro Lara. Pepe y Ana María retomaron sus viejos personajes, ajenos al paso del tiempo. También se filmó una versión para la gran pantalla el año 1970. Después de diez años ininterrumpidos en cartel, el actor quiso explotar el filón del vodevil y a él se dedicaría durante otras dos décadas, sin revalidar el acontecimiento del “sinvergüenza”. Fueron los años de El hotel de los líos (1986), El guardapolvo (1990), Pasarse de la raya (1991) o El visón volador (1992). En un intento de poner un colofón decoroso a su carrera –y siempre con Tamayo– recuperó el gran teatro. Fue Crispín en Los intereses creados (1999) y después interpretó El gran teatro del Mundo (2000) y El diario de Ana Frank (2001). En 2007 Pepe se despidió del teatro con una comedia poco digna de su currículo: ¿Qué fue del sinvergüenza? Pasó con mucha más pena que gloria y el actor dijo definitivamente adiós a su profesión. Conservó un extraordinario sentido del humor hasta el último minuto. Era lo que, habitualmente, se llama buena gente, Pepe.

A. C


Quique Camoiras, el último de la Revista

La muerte de Enrique Pérez Camoiras cierra otro capítulo –y el libro se está terminando– de la Revista Española. Quique nació el año 1928 en la madrileña Corredera Baja de San Pablo, frente al teatro Lara, por lo que siempre dijo que lo primero que vio en su vida fue ese teatro. Con sólo diez años debutó en la escena como bailarín en un espectáculo titulado Shanghái 38. Fue en la localidad de Játiva, bailando al ritmo del vals Danubio Azul. Tras la Guerra Civil se presentó en el teatro Fontalba de Madrid como artista de variedades.

Con su hermano Francisco Camoiras, un año menor, formó una pareja de payasos musicales en 1947, aunque la mayor parte de sus trabajos individuales fueron como actor de reparto en decenas de obras teatrales, películas y grabaciones para televisión. Su popularidad la ganó como actor cómico, encabezando numerosos espectáculos de revista y comedia. La mayor parte de su carrera la ha llevado a cabo con su propia compañía de comedias. Fue cabecera de cartel en La Latina durante veinticinco temporadas.

Como en el caso de Luis Cuenca, explotaba su físico menudo y alejado de los galanes al uso para contrastar con las vedettes exuberantes, a las que siempre acaba conquistando con cualquier artimaña. Compartió cabecera con Trudi Bora, Queta Claver, Vicky Lusson y Tania Doris. Los títulos se cuentan por decenas: A lo tonto a lo tonto (1955), ¡Ay Manolo de mis amores! (1969), Las mujeres de la Costa (1970)… Junto a Tony Leblanc hizo en el Calderón, el año 1981, Éste y yo con dos cojines.

Abandonada la revista siguió en la comedia, protagonizando títulos como Los marqueses de Matute, Don Armando Gresca, El tonto es un sabio, El hombre de rojo o ¡Qué solo me dejas!

El año 2007 se despidió de los escenarios protagonizando la obra Y este hijo ¿de quién es? Ese mismo año grabó sus últimos programas de televisión para la serie Como el perro y el gato y fue galardonado con la medalla de oro de la Asociación Nacional de Amigos de los Teatros de España (AMITE).

Rodó medio centenar de películas, como Secuestro a la española (1972), Tú estás loco Briones (1980), Adulterio nacional (1982), Juana la Loca… de vez en cuando (1983), La corte de faraón (1985) y Mala yerba (1991).

A.C


Lola Mateo

Conocí a Lola Mateo alrededor del año 2000. Trabajamos juntas en la serie “Compañeros“, y en los descansos hablábamos del teatro, de la vida, del amor… Yo estaba recién llegada a Madrid y recuerdo cómo su intensidad interpretativa me emocionaba: la admiré desde el primer momento. Escuchaba todo lo que decía: las anécdotas que contaba, sus años trabajando con José Carlos Plaza, ese miedo escénico que se había presentado en su vida después de tantos años sobre las tablas… Sé, querida Lola, que te fuiste a vivir lejos de Madrid, nunca te lo dije, nunca volví a verte, pero a lo largo de los años has sido y serás para mí un referente. Siempre te recordaré y sé que aquéllos que te amaron echarán de menos tu sonrisa, tu ternura, tu mirada de niña, tu hablar pausado, tu talento… el teatro se queda vacío sin actrices como tú, cálidas, enérgicas y valientes. ¡Qué especial fue conocerte! Estás entre las grandes, Lola. Aquí dejo plasmado mi cariño, mi respeto y mi admiración. Allá donde estés, este gran aplauso va por ti.

Un abrazo muy fuerte para su familia.

Ana Blanco


Francisco Valladares, un hombre vital

La prodigiosa generación de José Tamayo está ya a punto de extinguirse. Esta semana trágica han desaparecido dos puntales: José Rubio y Paco Valladares. Queda –esperemos que por mucho tiempo– Fernando Guillén.

Francisco Valladares fue desde los 14 años un galán, una voz y una vitalísima persona. Sólo desde su inmensa vitalidad se puede entender que sobreviviera en la última década a un infarto y a una leucemia.

Tras arrancar teatralmente en el T.E.U. apareció en la pequeña pantalla desde sus inicios en España. Su extraordinaria voz le permitía trabajar como presentador o cantante. Tamayo contó con un jovencísimo Valladares para María Estuardo y José Luis Alonso para Medida por medida, en 1955. Sería este director el que le proporcionaría uno de los mayores éxitos: Las mariposas son libres. Se estrenó en 1970 en el teatro Marquina. En las primeras semanas no fue nadie a verla pero, de repente, el teatro pasó a llenarse cada tarde y pudieron estar varias temporadas en cartel. La repondrían doce años más tarde en el Maravillas. Pero, para entonces, ya había estrenado Descalzos por el parque, con Sonia Bruno, y La casa de las chivas, el primer gran éxito de Jaime Salom.

En los años 80 dio el salto a la frivolidad para aprovechar sus dotes para el canto y su vena cómica. Ya en 1977 protagonizó una comedia con música, Yo quiero a mi mujer, en la que fue la reaparición y despedida teatral de Alfredo Landa. A las órdenes de su entrañable amigo Fernández Montesinos estrena Por la calle de Alcalá (1983), un formidable éxito de taquilla. Y, tres años más tarde, con el mismo director y Concha Velasco, Mamá quiero ser artista, otro suceso taquillero. Seguramente su brillante y continuada carrera teatral lo mantuvo apartado del cine. Su filmografía apenas abarca una decena de títulos y entre ellos, dignos de mención, La gran familia (1962) y El hombre que supo amar (1978).

Entró en el siglo XXI sobre la escena y casi desde ella ha desaparecido. En 1998 sufrió un infarto poco antes de estrenar El gran teatro del mundo. Volvió a trabajar en cuanto pudo. Hasta que en 2008 le fue diagnosticada una leucemia. Pero también superó su primera acometida y reapareció con Llama un inspector. Más tarde hizo gira con Trampa mortal. Su última aparición en Madrid fue el pasado verano en la versión musical de Las de Caín, en el Teatro Español. Pero tras ese estreno siguió estudiando proyectos, pensando que tenía por delante todo el tiempo del mundo. Hasta que la enfermedad reaparecida le ha vencido.

A.C


Frank Braña

Hace cinco años había presentado una biografía de título singular, Morrer con dignidade no cine (Morir con dignidad en el cine), en alusión a las muchas veces que tuvo que hacerse el muerto en la pantalla grande. En febrero, sin embargo, la ficción dio paso a la realidad. Francisco Braña Pérez, uno de nuestros actores más emblemáticos en el cine de acción y los spaghetti-westerns, fallecía en el hospital madrileño de Puerta de Hierro, víctima de una insuficiencia pulmonar. Frank Braña era el socio 1.170 de AISGE y el pasado 24 de febrero habría cumplido 78 años. Su legado comprende más de 170 películas, entre ellas muchos títulos emblemáticos de los años sesenta y setenta.

Braña estaba alejado del mundo de los largometrajes desde su participación en Tiovivo c.1950, de José Luis Garci (2004), pero su recuerdo seguía muy presente entre los cinéfilos: este pasado diciembre había recibido un homenaje del Festival de Western de Almería, igual que en 2007 fue el protagonista en la Semana Internacional de Cine de Autor de Lugo.

Hijo de barbero y de ganadera, Francisco Braña nació en el pequeño pueblecito asturiano de Pola de Allande en 1934, aunque también pasó muchos años decisivos en su vida en A Fonsagrada (Lugo). Nada podía hacer pensar que aquel mozo robusto de la dura España rural de la posguerra acabaría dedicándose al séptimo arte. Sus primeras ocupaciones fueron, en realidad, muy distintas. Ya con once años le encargaban pastorear por los valles y se debía hacer cargo de un centenar largo de ovejas. “Nunca perdí ninguna”, se vanagloriaba entre risas.

De chaval estuvo bajando a la mina, picando como el que más en las entrañas de la tierra. Cuando cumplió la mayoría de edad, quiso seguir los pasos de su padre, al que habían admitido como guardia civil. Al joven Francis, en cambio, le declararon inútil en el ejército. Y cuando ya se había hecho a la idea de que su futuro se forjaría como empleado de banca, sucedió lo inesperado. “Me surgió la oportunidad de trabajar como chófer para un señor de Madrid. Allí nos dijeron de unas pruebas para trabajar en el cine, de especialista. Me preguntaron si sabía montar a caballo y yo contesté que sí, aunque no fuera del todo cierto…”.

Se estrenó con un pequeño papel en Café de chinitas (1960), de Gonzalo Delgrás, pero su rotunda mirada azul no tardaría en popularizarse. Conoció de cerca a Clint Eastwood con ocasión de La muerte tenía un precio y Por un puñado de dólares, cintas que se rodaron en la Almería de los años sesenta y que constituyen la quintaesencia spaguetti-western. También compartió plantel con Charlton Heston y William Holden, además de, evidentemente, con el gran director de aquel cine, Sergio Leone. Sobre todos conservaba nítidos recuerdos. “Holden era muy inteligente y Heston muy extrovertido, encantador. Y de Eastwood ya se sabe que es un hombre muy tímido y retraído, callado, pero también educado en todo momento. Le conocí en su momento de plena eclosión y, de hecho, entre La muerte tenía un precio y Por un puñado de dólares tuvo la oportunidad de triplicar su sueldo…”.

Su rostro, duro y severo, se había forjado en clases de kárate y boxeo. Además, el joven Braña se esforzó por aprender inglés. En Rey de Reyes, la famosa superproducción sobre Jesucristo, desarrolló su primer papel como especialista. Las escenas de acción le acompañaron siempre, en ocasiones a su pesar. Como aquel día que en Italia, grabando La muerte llega arrastrándose, le pidieron que cayera fulminado al suelo y dejara que unas serpientes pasaran por encima de su cadáver. A él, que le dan pánico esos animales, le entraron ganas de salir corriendo. Pero optó por tomarse un trago de grappa, el aguardiente italiano, para afrontar con valentía la escena.

A finales de los sesenta y durante la década siguiente se convirtió en actor fetiche para Rafael Romero Marchent, con el que rodaría Garringo, Manos torpes, Un dólar de recompensa o El lobo negro, entre otros títulos. La silicosis, herencia de sus años en la mina, le impidió desarrollar su trabajo con normalidad en los últimos tiempos, pero mantuvo siempre un humor fino y la cabeza activa. “Lo fundamental para un actor es la naturalidad”, le explicó hace cinco años a Manuel Curiel Fernández, el autor de la biografía Morrer con dignida de no cine.

–¿Y usted la posee? –le interrogó Curiel.

–Estoy tratando de conseguirla.

–¿Se define como actor?

–Soy un empleado. Hace años trabajaba en una mina. Cambié de vida casi sin proponérmelo.

Fernando Neira


Marisa Medina

Los inicios de una de las caras y voces más conocidas de la televisión y el cine español fueron en Televisión Española como locutora en off dedicada a leer guiones de programas culturales. Debutó ante las cámaras de TVE en 1962 en el programa En antena. Posteriormente realizó numerosas apariciones en muchos otros programas, principalmente durante los años 60 y 70, siendo durante mucho tiempo la locutora de continuidad más popular, pues era la única que aparecía en pantalla sin leer los habituales papeles de la época, demostrando gran naturalidad y haciéndose cargo de la presentación de programas especiales como festivales.

Hizo incursiones en el mundo del cine y la canción, llegando a compartir escenario con Julio Iglesias. En 1970 se casó con el compositor Alfonso Santiesteban, con el que tuvo tres hijas y del que se divorció en 1983. Recién empezado el siglo XX1 colaboró en algunos programas de Telecinco, como TNT de Jordi González. El 9 de mayo de 2009 apareció en el programa de televisión ¿Dónde estás corazón? de Antena 3, reconociendo padecer cáncer de colon e hígado, y el 27 de agosto de 2010 en una entrevista en el programa Sálvame Deluxe, confirmó que le quedaban entre 1 y 2 años de vida. En 1967 publicó el libro de poesía Quien espera. En 2003 escribió la autobiografía Canalla de mis noches y en 2008 el poemario La droga solitaria.

En 1971 debutó en el cine con La casa de los Martínez, a la que siguieron: Si fulano fuese mengano, En un mundo nuevo con José Rubio, Los caballeros del botón de ancla (1972), El padrino y sus ahijadas, realizada con Antonio Garisa (1973), Las señoritas de mala compañía con José Luis López Vázquez, ¡Caray que paliza! (1974), El comisario G, Vida íntima de un seductor (1975), Pecado mortal y Eva limpia como los chorros del oro (1976).

Dentro del mundo de la canción, realizó diversas galas por España y grabó varios discos, aunque sin demasiado éxito. Tras cinco años de ausencia en la pequeña pantalla, en enero de 1990 regresó a TVE para colaborar en el programa Buenos días.

Al año siguiente, en febrero de 1991, presentó en TVE el espacio semanal Llave en mano, dedicado a la vivienda, en el que abordaba aspectos relacionados con la arquitectura, la decoración y la legislación, en colaboración con especialistas.

En 2005, la Asociación Profesional Española de Informadores de Prensa, Radio y Televisión (APEI-PRTV) le concedió uno de sus premios Entrañables. Madre de tres hijas, ha estado acompañada por ellas hasta el último momento.

R.A


Ricardo Lucia

El actor y director Ricardo Lucia falleció el 13 de abril en Madrid, la ciudad en la que había nacido. Hombre tímido, divertido según sus amigos y amante del flamenco y los toros. Le hubiera gustado ser torero.

Su carrera como intérprete se inició recién comenzada la década de los cincuenta. José Luis Alonso lo dirigió ese año 1950 en El landó de seis caballos. A las órdenes de quienes entonces conducían el Teatro Nacional María Guerrero, Luis Escobar y Huberto Pérez de la Ossa, interpretó La dama boba (1951). Formó parte de “La Carátula“, la compañía que montó Cayetano Luca de Tena cuando salió del Teatro Español. Participó en la inauguración del Teatro Goya, el año 1958, con El bufón de Hamlet y una compañía encabezada por Manuel Dicenta, Mariquita Guerrero y Berta Riaza.

Precisamente con Berta formaría una pareja artística –y empresarial– de reconocido prestigio. Juntos protagonizaron, entre otras obras, En la ardiente oscuridad (1950), Eurídice (1954), El zoo de cristal (1961), Blanca por fuera rosa por dentro (1964), Historia en Irkustk (1966) y, sobre todo, Todos eran mis hijos. Ricardo Lucia participó, en el papel de Chris Keller, en el estreno absoluto en España de este drama de Arthur Miller. Lo llevó a cabo el teatro de cámara “La Carátula”, el 2 de noviembre de 1951.

En los sesenta compaginó la dirección con la interpretación: Los melindres de Belisa (1963), Un matrimonio muy, muy, muy feliz (1968) o Sólo Dios puede juzgarme (1969). Ricardo Lucia se fue apartando de la actuación en los setenta para centrarse en la dirección de escena. Fueron dos décadas fructíferas con montajes como El alfil (1970), Andorra (1971), La más hermosa niña del mundo (1974), Ojo por ojo, cuerno por cuerno (1975) y La enemiga (1982). El Teatro Recoletos, desaparecido hace años, fue uno de sus principales centros de operaciones escénicas. Al redactar estas notas se advierte de que no sólo se pierden las personas, cuatro de los teatros en los que habitualmente trabajó este director ya no existen: Arlequín, Goya, Recoletos y Valle Inclán.

Debutó en el cine en 1950 con Mañana será tarde y, un año después, trabajó en la reconocida Surcos. Pero su filmografía apenas abarca una decena de títulos, entre ellos Cuando tú no estás (1966) y Redondela (1987).

Su última aparición como actor se produjo en el Teatro María Guerrero, el año 1991, con el montaje de Voces de gesta. Ese mismo año grabó para Televisión Española un episodio de La huella del crimen.

Antonio Castro Jiménez

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