Obituarios 107

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Juan Carlos Badillo

¿Quién desarmará mi casa?

Esta mañana llovía en Madrid. El gris plomo de las nubes y el brillo espejo de las aceras nos confirmaban que el invierno ya había llegado. Nos dirigíamos a una casa en la que jamás habíamos estado, pese a ser la casa de un amigo. Las callejuelas del Madrid antiguo daban un aire de misterio a la melancólica y movilizante visita.

En el viejo pero remozado portal nos esperaba un desconocido que se esforzaba por ser amable y cercano, la situación no era para saludos cordiales sin más.

Los tres nos dirigimos a la casa de J.C.

Un pequeño apartamento con ventanas minúsculas que asomaban a un patio interior. El salón apenas podía albergar los cientos de películas y libros de todos los géneros, estilos y épocas pero escrupulosamente organizados ¡cuánto amabas a Woody Allen y Pedro Almodovar! Sólo podía ser la casa de un artista.

Dentro del orden, un caos que reflejaba que allí había habido gente moviéndose nerviosamente. Unas mascarillas en el suelo, unos guantes quirúrgicos sobre algunas de las sillas y varias bolsas de plástico de las que protagonizan las escenas más escabrosas de las más sórdidas películas.

Una vez dentro el amable hombre, el propietario, nos dejó solos.

Las paredes se nos cayeron encima y el techo nos presionaba el pecho. Sentíamos que íbamos a violar la sagrada intimidad de un ser querido, de un ser cercano, pero no quedaba más remedio.

Lentamente escudriñamos los cajones, los armarios, los rincones, con la idea de ver qué podía ser útil o importante, en especial para su familia.

Papeles de banco, tarjetas, móviles, varios juegos de gafas en sus estuches ajados, fotos en sepia, en blanco y negro, un viejo cepillo de limpiar los zapatos y, cómo no, un pequeño álbum con los recortes, en papel gris, de su pasado y su presente lejano. Qué poca cosa para tantos años de vida, amigo.

Me emocionan las fotos, siempre lo han hecho, esos instantes de vida irrepetibles que se quedan plasmados mirándonos fija y acusadoramente con la importancia de lo que fue y que ya no está.

Mientras viajábamos por esa vida, con el corazón en un puño y las retinas empapadas me preguntaba: ¿quién recogerá mi casa, quién la desarmará, si soy el último en irse, si me desconecto de los pocos que queden a mi lado o que se preocupen por mí arrastrado por la tristeza y la soledad?

Juan Carlos Badillo actor, escritor, profesor, nacido en Argentina y adoptado por España, esa España de las Nati Mistral, Lola Flores y Sara Montiel que adoraba, se fue con la misma discreción que vivió, sólo unas semanas después de que se fuera su alma gemela, su amada perrita Alicia, que le regaló su entrañable amiga y gran actriz argentina Alicia Bruzzo.

En esa casa, en la que se durmió para no despertar sobre el colchón de su pequeña cama, no había un solo objeto ni foto de la perrita. Imagino que tras ella se deshizo de todo lo que le recordaba su ausencia, roto por el dolor. Nadie sabe del amor de un animal si no ha compartido con él la tristeza, los sueños, la soledad, la alegría y la vida entera.

Querido amigo, nos hubiera gustado estar a tu lado cuando dijiste adiós, haber apretado tu mano, haber escuchado tu último aliento, que no se lo quedara todo tu soledad elegida.

Cuando salíamos de allí, vimos dos pequeñas plantas, tan jóvenes y secas, que elucubro con que debió ser lo último que compraste. Estaban mustias, asustadas, caídas tras el mueble que algún médico del Samur movió violentamente para llevarte a tu último refugio.

Las cogimos.

Están en casa.

Tus dos regalos de vida se recuperan de tu adiós. Ojalá que puedan seguir con este misterio que es la vida para tu recuerdo y nuestra alegría. Descansa en paz, Juan Carlos Badillo, con Alicia y todos los que te quisieron y te esperaron seguramente al otro lado del túnel la noche de ese último día cuyo número exacto nunca sabremos. Aquí nos quedamos los que desarmamos y armamos casas, los que algún día estaremos tan solos como tú esa última noche. Descansa en paz, maestro.

Alberto Vázquez


Gonzalo Cañas

Gonzalo Cañas

El actor Gonzalo Cañas Olmeda, titiritero de oficio y convicción y un rostro conocido en el cine popular español de los años sesenta, falleció en Madrid, víctima de una insuficiencia renal. Natural de Cuenca, compartió pantalla con artistas como Lina Morgan, Rafaela Aparicio o Tony Leblanc. Dedicó lo mejor de sus últimos años al teatro de autómatas y disponía del ejemplar con más solera de toda España, fechado en los años veinte del siglo pasado.

Creció marcado por la indeleble herida de la guerra: su padre murió fusilado en Cuenca antes de que su madre diera a luz. La tragedia familiar persuadió a Gonzalo, ya desde bien pequeño, a la búsqueda de la felicidad a través de un espíritu libérrimo. Y lo consiguió con creces, según contaban los allegados que le velaron en Guadarrama. Vivía de alquiler en una pequeña finca en Los Molinos, también en la sierra madrileña; se jactaba de no haber firmado jamás un contrato laboral y pasó sus mejores años como titiritero, un oficio gracias al que forjó una gran amistad con personajes como Paco Porras, célebre en el parque de El Retiro. Aunque Cañas prefería definirse como “tiritero”, tal y como se denominaba a este oficio en las páginas de Don Quijote.

Licenciado en la RESAD, en el cine debutó con un pequeño papel en Cerca de las estrellas (1962), pero un año más tarde su popularidad se disparó gracias a Confidencias de un marido, junto a Rafaela Aparicio y Enriqueta Carballeira, y La máscara de Scaramouche, la cinta de Antonio Isasi-Isasmendi en la que encarnaba a Pierrot. Bohemio como siempre fue, Cañas no llegó nunca a familiarizarse con la gran pantalla y fue espaciando sus apariciones: pudimos verle en La frontera de Dios (1965), con Julia Gutiérrez-Caba y Concha Velasco, o Soltera y madre en la vida (1969), para el lucimiento de Lina Morgan.

Seguramente la más relevante de sus interpretaciones tuvo lugar en 1968, bajo las órdenes de Pedro Olea, para Días de viejo color, con guión de Antonio Giménez Rico. Después de El sobre verde (1971), con Tony Leblanc, apenas volvió a actuar frente a la cámara, más allá de Mala yerba (1991) y varias decenas de programas televisivos. También cultivó el teatro e incluso fundó una efímera compañía, La Tarumba, para montar el lorquiano Retablillo de Don Cristóbal.

Los títeres se convirtieron en su forma de subsistencia, pero siempre considerándose un genuino verso libre. “Se casó muchos años atrás, de manera fugaz, y no quiso volver a sentirse atado nunca más”, rememoran sus amigos, entre los que figuran actores como Alberto Alonso. En cierta ocasión, departiendo en Madrid con una mujer a altas horas de la madrugada, en la conversación surgió la belleza de la población gaditana de Tarifa. “Ah, la verdad es que nunca he estado allí”, admitió la amiga. “¿Y por qué no vamos ahora, andando?”, le propuso Cañas. Así, los dos se embarcaron en un paseo de ida y vuelta y cinco meses de duración, entre pueblitos y árboles frutales, al que el ahora fallecido se refería como una de sus experiencias más gozosas.

El oficio de titiritero le permitió otros viajes iniciáticos y sin planificación alguna, como sus contactos con colonias hippies en la India. Y en 1992 emprendió el que sería su gran proyecto de los últimos años cuando compró a José María Simó, un feriante de Águilas (Murcia), la barraca Hollywood, el teatro de autómatas más antiguo que se conservaba en España, construido por el valenciano Antonio Plá en los años cuarenta. Cañas se enfrascó en su rehabilitación, recuperó sus 35 personajes uno a uno, restaurándolos por su cuenta y consiguió llevar este teatro mecánico de gira por toda España, Francia, Bélgica y otros países europeos.

La última vez que los autómatas de Cañas cobraron vida fue entre el 23 de diciembre de 2011 y el 8 de enero de 2012, en el centro cultural de Conde Duque (Madrid). Entre las últimas voluntades del artista figura, precisamente, que su casi centenario teatro sea donado ahora al Ayuntamiento de Madrid.

N.A.


Pepe Yepes

Querido papi:

Nos contabas que naciste en el año de hambre, en el 1942, y que así pasaste tu infancia, con mucha modestia y trajes que siempre te venían demasiado grandes.

De mayor te reías de tu imagen de niño cada vez que te veías en las fotos familiares: los zapatos con las suelas agujereadas –unos cartones por dentro te ayudaban a esquivar la lluvia en invierno. En el colegio público, los profesores famélicos que no cobraban un duro –nos contabas– os reñían en clase por todo con toda la mala leche que la época les generaba… y aparte, es que tú eras de los gamberros, añadías.

La yaya te llevó desde pequeño al mar, el trenillo os llevaba de Sagunto, donde naciste, al Puerto, un poco lejos de la playa; aún os tocaba andar un tramo y una vez en el mar, tu madre sacaba los bocadillos y pedía una gaseosa para todos en el chiringuito de la época y así os pasabais las tardes estupendamente.

Lo mismo hiciste siempre con nosotras, nos llevabas al mar y paseábamos por la orilla de tu mano y nos decías: “Respirad hijas, respirad este aire”. “Que os dé el sol en la cara, esto os oxigenará la piel… ¡mmmmm!… respirad”. Y, a falta de grandes barcas o delfines hinchables como los que tenían los otros niños y tú te negabas a comprarnos por no inflarlos a pelo y luego cargarlos en el autobús, nos hacías tú de cocodrilo flotante, cabalgábamos a tus espaldas hasta que te dabas la vuelta y nos tirabas al agua, todos muertos de risa… ¡ el cocodrilo!

Así seguimos disfrutando juntos del mar hasta que pudiste; ya con tus goteras, te ayudabas con el bastón hasta la arena. En la silla plegable te sentabas a la orilla, respirabas y decías: “¡Qué bien se está aquí! ¡Estupendo! ¡Somos ricos!”.

Al final, te llevábamos en tu silla de ruedas y aún seguías disfrutando de los atardeceres en la playa: “Esto tendría que estar prohibido”, solías comentar siempre que te encantaba algo.

En casa nos entreteníamos viendo películas, te apasionaba el cine. Si las historias eran de tu gusto te quedabas a verlas y si no, te levantabas cabreado del sillón y te ibas diciendo: “Vaya mierda de película, yo me voy a acostar”, y nos dejabas ahí colgadas sin más. Las violentas no las soportabas, la violencia “gratuita” te indignaba. Últimamente te emocionabas mucho, las guerras de las noticias te saltaban las lágrimas, la pobreza aún no erradicada de este mundo.

También nos gustaba jugar al Trivial, siempre nos ganabas, muerto de risa. Tu pasión por la literatura y el cine te enseñó de todo y, naturalmente, la radio, que escuchabas todas las noches en tu insomnio y que no dejaba dormir a nadie más en la casa.

Los viajes también marcaron tu experiencia. A los 18 decidiste irte de España y sólo tu querida abuela te entendió y te dio de sus ahorros para un billete de ida. En la isla de White, Inglaterra, te buscaste la vida como camarero en un hotel de lujo y con un esmoquin prestado comenzaste tu carrera-aprendizaje con ese buen plante, esa alegría y ganas de conocer el mundo que tenías.

De ahí a muchos lugares y ya de vuelta en Madrid y, a través de un buen amigo, a los 25 años, descubriste el teatro.

Ser actor siempre te encantó y te dio todo lo que te hizo feliz.

A tus hijas nos contagiaste con tus historias de viajes, de mapas, de gentes. Las dos vivimos hoy en el extranjero. Te gustaba escuchar historias de los lugares que íbamos conociendo. Siempre que volvíamos a verte, decías: “Cuando vuelvas a Sagunto, avisa tres días antes, y te adornaré al camino con perlas y diamantes”. Y todo eran besos y abrazos. “Dame más besos, hija”. Y otro abrazo…mmmm. Y más besos… Y al marcharnos, madrugabas para hacernos el obligado bocadillo para el viaje, con sus maravillosas longanizas valencianas, su tortillita…

En los últimos tiempos nos consolabas: “Tenéis un padre que está hecho una mierda, pero tenéis un padre”. A pesar de todo, decías siempre que te sentías feliz y estupendo.

Bueno, papi… te vamos a echar mucho de menos.

¡Muchos besos y otro abrazo, y más besos y más abrazos… y así, hasta el infinito!

¡Estamos vivos, papá!, ¡Visca Valencia! ¡Estamos vivos!

Pepeta y Sónnica Yepes


José Luis Borau

El académico, cineasta –premio Goya– y maestro de guionistas ha muerto en Madrid a causa de una larga enfermedad. Era una persona admirable, comprometida siempre con la libertad. Sus manos blancas contra el terrorismo es de las imágenes de toda una vida. Realizó sus primeros estudios en el Colegio San Agustín de Zaragoza, ciudad en la que comenzó a estudiar Derecho en 1949. Tras trabajar durante un corto período como crítico de cine en el periódico Heraldo de Aragón, estudió desde 1957 en la Escuela Oficial de Cinematografía en Madrid, carrera que terminó con el corto En el Río, en 1960.

Se lo consideró como la gran esperanza del “nuevo cine español” en los años 60. Sin embargo, mientras que sus contemporáneos hacían un cine psicológico, él, siguiendo las modas de Hollywood, se dedicó al Spaghetti Western (Brandy, 1963) o al thriller (Crimen de doble filo, 1965), con poco éxito comercial.

De estos trabajos sacó la conclusión de que sólo podía filmar películas satisfactorias si las realizaba bajo control propio y fundó en 1967 su propia productora El Imán. Durante diez años filmó sobre todo anuncios y produjo películas de otros. Además, trabajó como profesor de guión de la Escuela Oficial de Cinematografía. Su primera película bajo control propio es el thriller político Hay que matar a B. (1974), que puso de relieve, por primera vez, su estilo preciso y minucioso en la dirección, la construcción de la historia y el montaje. Este filme contó con un reparto internacional que incluía a las estrellas norteamericanas Burgess Meredith y Patricia Neal.

Su mayor éxito comercial lo tuvo en 1975 con el drama Furtivos, que actualmente se considera como uno de los mejores ejemplos del último cine franquista. Sobre todo, impresiona la escenografía visual de la trama en los bosques de los alrededores de Madrid. La película obtuvo en 1975 la Concha de Oro del Festival de Cine de San Sebastián y el premio a la mejor película en lengua española.

En 1979 estrena La Sabina, una historia de pasión y superstición que transcurre en tierras andaluzas. La coproducción con Suecia permite sumar al reparto a conocidos actores extranjeros.

En 1984, fue director de la coproducción hispano-norteamericana Río Abajo (título en EE UU: On the Line) con David Carradine y Victoria Abril, que no obtuvo la repercusión esperada. Borau pudo desquitarse de este relativo fracaso cosechando un éxito de público y crítica en 1986 con Tata mía (con Imperio Argentina y Carmen Maura); entre otras cosas alcanzó una nominación para los Goya como mejor guión y filmó en 1997 Niño nadie.

En 1993 filmó la serie de televisión Celia, basándose en historias de Elena Fortún. Con la idea de sólo escribir los guiones y producir los capítulos, acabó por dirigir parte de la serie. La serie tuvo éxito de público en la televisión española.

De 1994 a 1999 fue presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, desde la que dirigió la elaboración y edición del Diccionario de Cine Español en 1998. En 1995 fundó su propia editorial, Ediciones El Imán, dedicada principalmente a la cinematografía.

En el año 2001 obtuvo con su película Leo (2000) el premio Goya a la mejor dirección. Además, ganó el premio especial del jurado del Festival de Cine de Málaga y junto con La Comunidad, de Álex de la Iglesia, el premio Premio Fotogramas de Plata. En 2003, a los 74 años, recibió por Camisa de once varas, libro de relatos, el “Premio Tigre Juan” de narrativa a la mejor ópera prima. En 2007, Chunta Aragonesista le concedió el “III Premio Aragoneses en Madrid”. Fue Presidente de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) desde julio de 2007 hasta julio de 2011.

En febrero de 2008 fue nombrado académico de la Real Academia Española, cubriendo la vacante de Fernando Fernán Gómez en el sillón B. La contestación de su discurso de incorporación corrió a cargo de Mario Vargas Llosa. El 22 de noviembre de 2012 se presentó el libro Borau. La vida no da para más, un acercamiento a su obra por parte de Bernardo Sánchez Salas. Un día después fallecía en Madrid.

R.A.


Tony Leblanc

Ignacio Fernández Sánchez siempre se vanagloriaba de haber nacido en el museo del Prado, donde su padre trabajaba. Pero, si de algo podía realmente presumir era de haber sido un artista enormemente popular con el nombre de Tony Leblanc. Cuando todavía lo vemos en la pequeña pantalla haciendo anuncios, ha fallecido rodeado de su extensa familia. Apareció por el teatro de La Zarzuela, en julio de 1940, bailando en la revista Repoker de corazones, que encabezaba Charito Leonís. Después sería boy en la compañía de Celia Gámez, con la que trabajó en tres espectáculos. Probó como actor “serio” junto a Ana Mariscal. Con ella actuó en el teatro Lara el año 1946. Entre bastidores de un teatro conoció a la que se convertiría en su esposa, Isabel Páez de la Torre. Bailaba en el conjunto del espectáculo que protagonizaba Tony. Pero solo consintió en ser su novia tras la ruptura de la relación que mantenía el actor con Nati Mistral. Acabarían contrayendo matrimonio el año 1955. El matrimonio tuvo ocho hijos. Tony Leblanc figura por derecho propio en la historia del cine español gracias a cuatro o cinco de sus películas.

Apareció, casi por casualidad en Los últimos de Filipinas, el año 1945, iniciando una filmografía que comprende más de treinta títulos. Pero merecen destacarse por encima de los demás unos pocos: Historias de la radio (1955), El tigre de Chamberí (1957), Los tramposos (1959) y Los que tocan el piano (1968). Pero no debemos olvidar que también estuvo en algunos de los más taquilleros de nuestra industria: Manolo guardia urbano (1956), Las chicas de la Cruz Roja (1958), El día de los enamorados (1959) o Una vez al año, ser hippy no hace daño (1969). El actor, personalmente, sentía especial predilección por su versión de La Revoltosa. No menos recordable es su faceta de actor y empresario de revista. Trabajando para Paso, asociado con Antonio Casal, como empresario propio, Tony fue uno de los actores más taquilleros: Tengo momia formal (1952); Devuélveme mi señora (1953); Te espero en Eslava (1957); Lava la señora, lava el caballero (1964); Yo me llevo el gato al agua (1966); ¡Que viene el Moreno! (1968); Paloma, palomita, palomera, (1971); Este y yo con dos cojines. En 1958 probó suerte como actor “de carácter” con un monólogo que también escribió: Pobre Jorge, estrenado en el Eslava con Luis Escobar como director. Pero su fuerte en teatro fue siempre la pasarela. Y no olvidemos sus apariciones en televisión creando algunos personajes que se incorporaron al acerbo popular: Kid Tarao, Cristobalito Gazmoño, don Anselmo Carrasclás… El boxeador sonado creó una muletilla que pervive: ¡Estoy hecho un mulo! Y cuando Íñigo le retó a hacer algo en la pequeña pantalla que nadie hubiera hecho, apareció en el escenario de Florida Park, donde se realizaba el programa Martes fiesta. Se sentó, sacó una manzana, la peló, se la comió parsimoniosamente e hizo mutis. No se sabe si por la sorpresa, por la originalidad o por la caradura, pero el público le premió con una estruendosa ovación. El 6 de mayo de 1983 su carrera, y casi su vida, se truncó dramáticamente. Conduciendo a la altura de Mota del Cuervo, su vehículo fue embestido frontalmente. El accidente le dejó tremendas secuelas que hicieron suponer que su carrera había terminado en pleno éxito. Cuando, por ese motivo, llevaba varios años retirado, Santiago Segura le convenció para encarnar a su padre en la primera entrega de Torrente. Aquel trabajo le valió el Goya al mejor actor de reparto. Después haría breves apariciones en toda la serie.

Aprovechando su nueva etapa de reconocimiento unánime, fichó para la serie Cuéntame, uno de los grandes éxitos de la primera década del siglo XXI. En ella fue Cervan, un nostálgico monárquico dueño de un kiosco de tebeos. Imagino el regalo que ha sido para jóvenes como Ricardo Gómez, Pablo Rivero, Santiago Crespo o Elena Rivera poder trabajar al lado de este genio en sus comienzos.

Las últimas apariciones de Tony en las pantallas fueron protagonizando campañas comerciales. A sus noventa años se convirtió en un gancho para las marcas.

Antonio Castro Jiménez

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