Obituarios 103

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Javier Aguirre Felipe

Con la muerte de Javier Aguirre Felipe desaparece una de las figuras más insólitas de la cultura aragonesa. Gran deportista en su juventud y nadador de élite muy vinculado al club Helios, tuvo que abandonar la natación por problemas de salud, dedicándose a sus estudios de Graduado Social y a su vocación actoral. Formó parte del Teatro de Cámara, dirigido entonces por Mariano Cariñena y Juan Antonio Hormigón, y fue en ese ámbito donde desarrolló su conciencia de intelectual de izquierda, actitud que defendería de una manera admirable, por su coherencia y su rigor, durante toda su vida. En esa misma época, jugó un papel fundamental en el entusiasta rodaje de El ‘lobby’ contra el cordero, la película del turolense José Antonio Maenza (1948-1979).

Después de dos años viajando por Europa como integrante de la compañía de Lindsay Kemp, Javier Aguirre volvió a Zaragoza y a principios de los 90, después de su paso por la universidad de Perpiñán, se embarcó en un exhaustivo proyecto de investigación, que culminaría en el volumen de más de 500 páginas: Historia de las itinerancias gitanas. De la India a Andalucía, publicado por la Institución Fernando el Católico de la Diputación Provincial de Zaragoza en 2006 y a punto, ya, de agotarse en su segunda edición. Como ha destacado el periodista Mario Sasot en La Vanguardia, Aguirre fue el primer historiador que puso en cuestión el origen egipcio de la raza gitana, emparentándolo con el término ‘calé’ o ‘caló’, que en indio antiguo significa ‘negro’ y que da nombre a la diosa Kalí.

Además, Javier Aguirre estudió muy a fondo la historia política y social de Europa a partir de la II Guerra Mundial y, muy especialmente, de la Europa que surgió con el derrumbamiento del muro de Berlín; se convirtió en un experto “balcanista” y de esa manera le gustaba ser considerado. Conversar y discutir sobre estos temas era el ejercicio que prefería; en esos debates –en los que a menudo se ponía de manifiesto su carácter de polemista siempre vehemente pero nunca agrio–, sus amigos sabíamos de antemano que, con él, siempre llevábamos las de perder y, también, las de aprender. Javier fue un hombre bueno, muy culto, que supo conservar intacta la curiosidad de los inocentes y la independencia del intelectual profundo y riguroso, esa especie en extinción.

A. Lorén, J. Marín, F. Villacampa


Pilar Laguna

Pilar Laguna llevaba ya más de una década alejada de las cámaras de televisión y de los escenarios, a los que llegó a principio de los cincuenta. Así pudo trabajar a las órdenes de José Luis Alonso, Cayetano Luca de Tena, Modesto Higueras, Fernando Fernán Gómez o Edgar Neville. Mantuvo una estrecha amistad con este último, así como con Conchita Montes y con Miguel Mihura. El autor de Maribel y la extraña familia tenía en mucha consideración las opiniones de la actriz y alguna escena de sus comedias cambió por sugerencia de ésta. Compartió también tertulia y amistad con otros intelectuales como Rafael Alberti, quien en 1965 le dedicó un espléndido dibujo tras conocerse en París. Pilar, todavía con su primer apellido Calabuig, participó en el histórico estreno de Tres sombreros de copa el año 1952, en el Teatro Español. Con el T.E.U, a las órdenes de Pérez Puig, y en función única lograron uno de los grandes éxitos de la posguerra. Hoy, del aquel formidable equipo artístico, sobreviven el director y el actor Fernando Guillén.

La última vez que se subió a un escenario de Madrid fue en el teatro Reina Victoria, el año 1989, para estrenar Todas hijas de su madre. Pero aún intervendría en la producción de Las brujas de Barahona, que González Vergel montó para la Expo 92 de Sevilla. Aprovechando la pujanza de los espacios dramáticos en Televisión Española comenzó a grabar para “Primera fila”, “Historias para no dormir”, “Estudio 1” o “Teatro breve”. Precisamente la televisión fue su último vehículo laboral participando, a principio de los noventa, en “La huella del crimen”, “Los ladrones van a la oficina” y “Encantada de conocerle”. Su carrera cinematográfica comenzó con buen pie el año 1954, cuando Bardem la eligió para Felices pascuas. Fue firme candidata para protagonizar Novio a la vista, aunque acabó llevándose el papel la francesa Jossette Arno por aquello de las coproducciones. Después Pilar Laguna apenas participó en una quincena de títulos, algunos apreciables, como La guerra empieza en Cuba (1957) o La becerrada (1962). El desaparecido Manuel Summers la tuvo en una de sus primeras producciones: No somos de piedra (1968).

En los últimos años se refugiaba constantemente en Zamora, junto a su esposo, en la ciudad que la vio nacer, aunque sus padres se instalaron en Madrid con ella siendo bebé. Conoció en 1973 al pintor y director de cine Gonzalo Sebastián de Erice en el Café Gijón, casándose con él 17 días más tarde. Ha sido este artista quien, cumpliendo los deseos de la fallecida, depositó sus cenizas en el huerto familiar a Zamora.

Antonio Castro Jiménez


Iñaki Arana

Maestro de armas, maestro en la escena, maestro de vida y aun así con la humildad del eterno aprendiz. Noble, generoso y leal caballero, corazón de guerrero, luchador y emprendedor que encerraba una dulce alma de niño curioso y juguetón, competitivo y, por qué no decirlo también, un poco cabezón a veces, pero siempre divertido, con ese humor tan tuyo que te hacía tan especial.

Como jardinero que eras, que para quien no lo sepa tenías muy buena mano para las plantas, sembraste las aulas de disciplina, capacidad de superación y de lucha; nos enseñaste, mejor aun, nos demostraste que todos y cada uno de nosotros podíamos, con trabajo y esfuerzo, ser cada día mejores, que todos éramos únicos.

Hiciste crecer sobre las tablas la belleza del arte de la esgrima que había permanecido en la sombra tras las palabras y la hiciste florecer por sí misma. Llenaste de energía vibrante y explosiva la escena, capaz de atravesar la cuarta pared para hundirse con estocada certera en nuestro pecho y llegar a nuestra alma.

Abonaste tu día a día de pequeños pero grandes detalles que hicieron que las raíces de la amistad crecieran fuertes, robustas y profundas en todos tu amigos; las regaste con amor incondicional.

En las aulas aún suenan las armas y por debajo de su rugir quedará siempre el eco de tu voz, alentándonos a continuar cada día siempre adelante. En el escenario ya se hizo el oscuro final, pero en nuestras retinas permanecerán por siempre todas las imágenes de luchas imposibles, de poemas en movimiento, del reflejo del acero cortando el viento al grito de furioso de Aquiles. En el transcurrir de cada día tu recuerdo está siempre presente aquí y allá en un pastel de chocolate, un mojito, aquella melodía de piano, millones de fotos de aquel viaje a… el cine con los niños, la partida de Mushkin, aquello que me prestaste una vez y que nunca volviste a pedirme porque eras así, y así sigues siendo porque aunque te fuiste tan rápido, sin darnos tiempo a nada, sin poder agradecerte tanto… Te fuiste dando tu ultima lección, vive la vida, vive el momento presente tan apasionadamente como puedas, como tú lo hacías. Gracias por tu última gran lección, y por todo los demás, aunque esta palabra puede no parecer gran cosa encierra todo el cariño, devoción y admiración de los que te conocíamos y queríamos. Y aunque desearíamos que siguieras con nosotros, entendemos que esta última batalla es solo tuya, como tuya ha sido y será la victoria.

Lía Alves


María Jesús Valdés

Con la elegancia y timidez que te caracterizaba, te fuiste de puntillas, sin darnos opción a decirte adiós. Te conocí a través de las palabras de amor con las que te recordaba José Luis Alonso, tu director, amigo y maestro. Siempre nos decía: “Qué pena que esté retirada y no pueda ser una referencia para todos vosotros, porque es una actriz sublime, sencilla moderna y maravillosa”. Él nos explicaba cómo empezaste en el TEU, y cómo te descubrió Cayetano Luca de Tena, otro maestro de maestros, con Historia de una escalera, de Buero Vallejo y años mas tarde con La tejedora de sueños, del mismo autor. Nos explicaba también como en 1953 fuiste dirigida en el teatro María Guerrero por Alfredo Marqueríe, y como ya en 1954 tuvo la suerte de formar compañía contigo. Nos hablaba sobre todo de tu éxito en La hora de la fantasía.

El día que murió José Luis, estaban dos actrices llorando en silencio al lado del féretro, una era yo, y a mi lado descubrí a María Jesús. La reconocí enseguida.

No pude por menos de decirle cuánta admiración sentía por ella, gracias a todo lo que nos contó en su día el hombre al que las dos estábamos despidiendo con lágrimas en los ojos.

La pregunté si quería acompañarme en mi coche al cementerio. Aceptó, y en el camino, llevada por la emoción, me contó cuánto quiso a su maestro y cuántos éxitos cosechó en compañía de él; desde aquel día fui su amiga y su más ferviente admiradora. El día del estreno de La dama del alba todos esperábamos su aparición con gran expectación, por temor a que hubiera perdido frescura su interpretación. Pero cuando salió a escena y escuché su voz, pensé que era lógico que José Luis estuviera enamorado de su actriz.

En El cerco de Leningrado nos dejó sin aliento su intervención, porque ése era su secreto. A través de la sencillez y la verdad surgían sus grandes interpretaciones. Cuando en el año 2002 asistí en el Reina Sofía al estreno de Carta de amor, pensé que no se podía estar más sublime, batallando con un texto tan difícil. Precisamente por esa obra obtuvo el premio “Maite”, junto con su director, Juan Carlos Pérez de la Fuente.

Ha obtenido muchos premios, pero creo que el mejor es el cariño y reconocimiento de nuestra profesión. Hay que reconocer que Juan Carlos Pérez de la Fuente fue el más culpable de su resurgimiento, eso nunca podremos dejar de agradecérselo.

María Jesús, me despido de ti en nombre de todos nuestros compañeros. Gracias por el regalo de tu vida. Te añoraremos siempre como actriz y como persona.

Julia Trujillo


Walter Vidarte

Walter Vidarte, uno de los hombres de escena y de cine más admirados de la profesión, falleció el pasado 28 de octubre en la Clínica de la Concepción de Madrid, a consecuencia de un cáncer de páncreas diagnosticado recientemente.

El actor nacido en Montevideo, Uruguay, el 18 de julio de 1931, cursó estudios en la Escuela de Arte Dramático de Montevideo y formó parte de la Comedia Nacional Uruguaya, que dirigía Margarita Xirgu.

En los años cincuenta se trasladó a trabajar a Argentina, donde intervino en la versión fílmica del cuento de Jorge Luis Borges Hombre de la esquina rosada y Alias Gardelito (de Lautaro Murua) y en televisión en Doña Disparate y Bambuco de María Elena Walsh, junto a Perla Santalla, donde tuvo un éxito tremendo.

En 1973 llegó exiliado a España, después de intervenir como actor en la famosa película de Sergio Renán, La tregua, pero el motivo último que le empujó al exilio vino dado porque tras poner en escena la obra teatral Juan Palmieri, de Antonio Larreta, fue amenazado por la Triple A. A partir de ese momento desarrolla su carrera en España, teniendo un gran éxito en su primer trabajo en teatro, en 1974, con la obra Hablemos a calzón quitado, de Guillermo Gentile.

Su primer trabajo en cine fue en Las truchas, con José Luis García Sánchez, además trabajó con Jaime Chávarri, Antonio Betancor, Alfonso Ungría, Pedro Olea, Ernesto del Río, Julián Marcos, Félix Rotaeta, Carlos Saura, Mariano Barroso, Manuel Huerga, Mario Gas y Toni Abad. Por el film La noche de los girasoles, de Jorge Sánchez-Cabezudo, fue candidato en el año 2006 al Premio Goya al mejor actor revelación.

Sus últimos trabajos en el CDN han sido Ante la jubilación, de Thomas Bernhardt y dirección de Carme Portacelli, y dos montajes de Gerardo Vera, Madre Coraje y sus hijos de Brech y El Rey Lear, de Shakespeare. Otros trabajos suyos fueron Luces de bohemia, de Valle-Inclán, dirigida por José Tamayo, y Los vivos y los muertos, de Ignacio García May, dirigida por Eduardo Vasco, quien también le escogió en El huésped se divierte, de Joe Orton, Hamlet y Don Juan. En su última etapa se le vio en Barcelona, mapa de sombras, dirigida por Laila Ripoll, y Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen, dirigida por Vera.

En televisión participó en series de Antonio Mercero y Alfonso Ungría, Los gozos y las sombras, de Rafael Moreno Alba, Eugenio Martín, Eduardo Mallorquí y Félix Rotaeta, y Cuéntame cómo pasó, de Tito Fernández.

R. A.


Alberto de Mendoza

Alberto Manuel Rodríguez Gallego González de Mendoza, bonaerense del barrio de Belgrano y pionero entre los argentinos que triunfaron en las tablas españolas, falleció este 12 de diciembre a sus 88 años en la madrileña Clínica de la Luz. Socio número 136 de AISGE –entidad que le otorgó su Premio Actúa a toda su trayectoria profesional en 2009–, de Mendoza despuntó en los años sesenta como uno de los grandes galanes del cine español, con Carmen Sevilla o Sarita Montiel como compañeras de romances en la gran pantalla. El pasado 1 de diciembre había estrenado con gran éxito en Buenos Aires su último trabajo, La mala verdad, una cinta de Miguel Ángel Roca que en el último Festival de Málaga le valió el premio al mejor actor en la sección iberoamericana.

Actor principal y de reparto en más de 190 películas, las nuevas generaciones le redescubrieron por su entrañable papel de abuelito en Tapas. No le importaba esa fama sobrevenida como octogenario con un personaje secundario: “No conozco envidias ni frustraciones. Empecé de soldado y llegué a teniente general. No me siento sabio; sólo escéptico y experimentado, porque he vivido intensamente”, relataba en el verano de 2006 en una entrevista para ACTÚA, la revista de la Fundación AISGE.

Sus hijos, Belén y Fabián, le definen como “un hombre apasionado, temperamental y enamorado de su trabajo”. No sólo acababa de estrenar con éxito La mala verdad, donde aceptó un papel durísimo, el de un anciano machista que abusa de una menor en el contexto familiar; también había apalabrado una teleserie de 13 capítulos para la televisión argentina y en verano confiaba en llevar Las brujas de Salem a los escenarios bonaerenses.

Hijo de andaluz y vasca, huérfano a los cinco años, al pequeño Alberto de Mendoza le mandaron a vivir a Madrid. Se enamoró del séptimo arte en las butacas del Cine Argüelles, y del teatro cuando se colaba a ver las zarzuelas entre las cajas, en el Lara.

Alberto de Mendoza se confesaba “escéptico” y reflexionaba así sobre el tránsito final: “La vida es un camino hacia la nada. Cuando te das cuenta de que se termina, todo adquiere una importancia muy relativa. Me conformo con no hacer mal a nadie y vivir con dignidad”. En su caso, además, deja el legado indeleble de títulos como El retrato (1947), Barrio gris (1954), La chica de Via Condotti (1973), Cazar a un gato negro, El infierno tan temido, La máscara de Scaramouche, La joven casada (de Mario Camus), Luna de octubre, Tú y yo somos tres o Tierra de gigantes, entre muchísimos otros títulos.

AISGE

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn