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Paul Naschy

Jacinto Álvarez Molina, Paul Naschy, logró superar eso de ser el “Boris Karloff” o el “Lon Chaney español” para ser él mismo: toda una figura de culto internacional. Caracterizado por su independencia, su pasión y su amor por el cine, tocó todos los palos de la industria y ha sido actor, guionista y director de cine de terror con un centenar de películas rodadas a lo largo de su carrera. Además era licenciado en Arquitectura y siete veces campeón de España de halterofilia. En 1967 debutó en La marca del hombre lobo, de Enrique López Eguiluz, un papel que le perseguiría en La noche de Valpurgis, de León Klimovsky; El retorno del hombre lobo, que él mismo dirigió en 1980, o Licántropo: El asesino de la luna llena, dirigida por Francisco Rodríguez Gordillo en 1996.

Paul Naschy, que ha sido presidente del Círculo de Escritores Cinematográficos y Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes, también ha rodado comedias, cintas policíacas, de acción y aventuras, como La batalla del porro (1982), de Joan Minguell, o El último kamikaze (1984), de Jacinto Molina (él mismo). Vivió en Japón durante seis años donde rodó documentales sobre la cultura española como El Museo del Prado (1980), El Palacio Real (1981) o El Escorial.

A Naschy, que mantuvo una frenética actividad cinematográfica hasta el último momento, le llovieron los homenajes y galardones como los que recogió en los festivales de Sitges, Nueva York, Ámsterdam, París y Oporto, o el brindado por el Ateneo de Madrid en el 2004. Hace dos meses, una calle de la localidad malagueña de Estepona recibía su nombre y se presentó en el Festival de Cine Fantástico de Sitges la más completa obra sobre su carrera, escrita por Ángel Agudo y prologada por el actor Christopher Lee. En octubre de este año había finalizado el rodaje de la película La Herencia Waldemar, mientras que la cinta Empusa se encontraba en fase de posproducción. Además, estaba prevista su intervención en El apóstol, un filme animado de Fernando Cortizo y en la que un “marionetizado” Paul Naschy iba a interpretar a un siniestro sacerdote.

También firmó un puñado de libros interesantes como Memorias de un hombre lobo, Cuando las luces se apagan (sus memorias, publicadas por la editorial de la Fundación AISGE); Paul Naschy: la máscara de Jacinto Molina (Editorial Scifiworld) y la novela Alaric de Marnac. Con su fallecimiento a las puertas del invierno, perdemos a un artista original, inquieto, capaz de hacer de su pasión la nuestra e involucrarnos en su particular mundo de horror romántico, ternura y erotismo.

R. A.


Ma Ángeles Acevedo

Al envejecer me estoy especializando en obituarios de mis contemporáneos, labor que acometo con cariño y respeto.

Con total tristeza, mi recuerdo a Mª Ángeles Acevedo. Mi compañera Charo y yo le profesábamos una especial amistad. Siempre guapa y estilosa, para acudir a todos los eventos, unos festivos y otros no tanto… Asambleas de la Academia del Cine, Unión de Actores, AISGE… y los no tan festivos, pero sí reivindicativos. Allí estaba siempre a lo largo de muchos años. Luchadora en favor de todos los demás, desde un izquierdismo tolerante y progresista.

Participó en muchas películas españolas en los años 50 y en coproducciones de época y spaghetti western. Su buena talla y elegancia le valieron para ganar un dinerito como doble de acción de Virna Lisi, Katy Jurado, Ava Gardner… Desde la pérdida de su marido, el periodista Enrique Iglesias, la vida le cambió y la terrible enfermedad fue a por ella.

¡Qué buenos amigos deja en la profesión! Tuve el privilegio de ser su pareja en el corto Sombras de diferentes arrugas y ambos quedamos encantados de haber trabajado juntos, casi al final de nuestras “vidas artísticas”. Como una principiante disfrutó en el rodaje y luego visionándolo en varios cines; hicimos promoción. Estaba interesante y atractiva en mi “picarona pareja”.

Creo que debió ser su último trabajo…

Congelo su imagen, ya para el recuerdo, en ese momento de aquel verano, eufórica y olvidando en lo posible la enfermedad.

No sé hasta cuándo…

Fernando Chinarro


Francisco Piquer

Nació en Valencia donde su padre deseaba inclinarlo hacia la profesión médica, pero él sintió desde muy joven la llamada de los escenarios y prefirió abrazar el oficio de la interpretación.

Su legado como actor debemos buscarlo en todos los terrenos: teatro, cine y televisión. La crítica, el público y sus compañeros han destacado su aplomo y buen hacer en escena. Valga un botón de muestra sobre su estilo interpretativo: “el equilibrio de Francisco Piquer, dueño absoluto de todos los resortes de su personaje” (El Mundo, 8/9/1997). En el ámbito cinematográfico, trabajó con regularidad desde la década de 1950. Son innumerables las producciones en las que participó, pero por la importancia de sus interpretaciones merecen especial mención El cerco (1955), Las manos sucias (1957) –por la que recibió el premio del Círculo de Escritores Cinematográficos–, Cita imposible (1958) –memorable en el papel del siniestro payaso Juanón–, Matrimonio al desnudo (1974) o Dinero negro (1984).

Acompañó a figuras de la talla de Pepe Isbert, en Lo que cuesta vivir (1957), o a Juanito Valderrama en la emblemática El emigrante (1960). Uno de sus últimos papeles cinematográficos fue el de prior de Zaratay en la laureada El abuelo (1998), de José Luis Garci. Por añadidura, intervino como actor de doblaje en numerosas películas, entre ellas Los siete magníficos o Psicosis. Tampoco conviene olvidar su trabajo en televisión. Participó en muchos Estudio 1, en los que es de destacar su serena interpretación de Macbeth en 1966. Igualmente recordadas son sus apariciones en Farmacia de guardia (1993) o Historias del otro lado (1996).

Su gran pasión, sin embargo, era el teatro. Se pasó la vida subido a las tablas dando el do de pecho en obras como Cristal de Bohemia, de Ana Diosdado; El botín, de Joe Orton; Dulce pájaro de juventud, de Tennessee Williams o Flor de otoño, de Rodríguez Méndez. En 2007, tras más de seis décadas sobre las tablas, le llegó un papel que significaba el broche de oro a su larga carrera. Debutó con la Compañía Nacional de Teatro Clásico en Del rey abajo, ninguno, de Rojas Zorrilla, en el papel de Belardo. Buen conocedor del teatro clásico, el propio Piquer decía de la obra: “Amor, despotismo y deseo son los ingredientes de todos los dramaturgos de la época”. En este mismo 2009 estrenó junto a Emma Ozores y Manuel Galiana el éxito de Broadway Desnudos en Central Park, de Mark Rowell. A mitad de la gira, Piquer tuvo que abandonar debido a su delicada salud.

AISGE


Paco Hernández

Nos ha abandonado Paco Hernández, zamorano y actor. Sobre todo, actor.

Durante muchos años nos pasamos tardes y tardes enteras escuchando hechizados sus anécdotas por los teatros de España, sus “piques” con Bódalo y con todos los grandes maestros como él, sus lecciones magistrales en el bar de Julia.

Allí aprendimos unos cuantos que ésta es una profesión de actores. Da igual que sea en un atril o en el María Guerrero. Un actor es un actor. Y Paco era maestro de muchos, pero a la vez, el ser más humilde que te podías encontrar.

Eso le hacía más grande.

Su voz portentosa, inacabable, terrorífica o dulce, ha engrandecido a cientos de actores en mil doblajes, y su presencia bonachona, terrible, poderosa, cruel o sencilla ha iluminado los escenarios y las pantallas como lo que era, uno de los más grandiosos actores de este país.

De El mundo de Juan Lobón a Tesis, de El comisario a ese icono del cine español que fue su maestro de Amanece, que no es poco, de Misericordia a El círculo de tiza caucasiano. Cada palabra, cada gesto, cada mirada era una lección.

Ahora se nos ha ido, desde el silencio, desde la ausencia de los grandes, sin ruido, dejándonos a cada uno la añoranza de un padre y un amigo, y después de echarnos a todos un órdago a los pares que, por supuesto, ha ganado.

ADOMA

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