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Jacinto Higueras

El escultor Jacinto Higueras Cátedra, que en su juventud fue actor y componente del mítico grupo de teatro “La Barraca”, fundado por Federico García Lorca, falleció el pasado diciembre a los 96 años de edad en su residencia de Madrid. Jacinto Higueras, natural de Santisteban del Puerto, en la provincia de Jaén, recibió en 1999 el Premio Especial Unión de Actores, concedido por la Residencia de Estudiantes de Madrid a los supervivientes del Teatro Universitario “La Barraca”.

El actor perteneció al grupo desde su fundación por Federico García Lorca, en 1932, hasta su disolución, en 1936, y era el último superviviente del mismo. Jacinto Higueras cursó estudios de dibujo, pintura y cerámica en Madrid y se formó como escultor en el taller de su padre, el también escultor Jacinto Higueras Fuentes, a la vez que estudió Filosofía y Letras.

En el mundo del cine actuó entre 1935 y 1946 junto a directores como Luis Buñuel, Edgar Neville o Luis Marquina y entre 1952 y 1955 dirigió el Teatro Español Universitario. En 1955 colaboró con el ingeniero Eduardo Torroja en la investigación de nuevos materiales aplicados a la escultura y a la arquitectura, y a lo largo de su trayectoria fue galardonado con varios premios de escultura. Su obra, muy numerosa y entre la que se encuentran importantes monumentos, está repartida por todo el territorio nacional y algunos países de Hispanoamérica.

El Museo Provincial de Jaén montó en 1966 su primera gran exposición antológica, en la que reunió 36 obras muy representativas de su trayectoria artística que posteriormente viajaron a Granada. En junio de 2009, la Real Academia de Bellas Artes de Granada le concedió la Medalla a las Bellas Artes Juan Cristóbal en la modalidad de escultura.

R. A.


Andrés Pazos

El actor gallego afincado en Uruguay Andrés Pazos, recordado por su papel de “Jacobo” en la película Whisky, de Pablo Stoll y Juan Rebella (2004), murió en Santiago de Compostela, según han informado fuentes de la Asociación de Actores y Actrices de Galicia (AAAG). Nacido en 1945, ha fallecido en la capital gallega a los 65 años de edad, a consecuencia de un cáncer que arrastraba desde hacía tiempo atrás.

Aunque nacido en Galicia, el actor emigró en su juventud a Uruguay, donde desarrolló casi toda su carrera profesional en teatro y cine, tras formarse en la escuela teatral El Galpón. Tras su paso por esta escuela, de la que formó parte de su reparto habitual, Pazos colaboró en la fundación del colectivo teatral La Gaviota, donde trabajó entre 1973 y 1985. Sus últimas obras de teatro en Uruguay fueron Rasga, corazón, Bulichov y El sueño y la vigilia, ya acosado por la enfermedad. Inolvidable en su papel del modesto empresario textil Jacobo Koller de Whisky, film que ganó el premio de la crítica (FIPRESCI) en el Festival de Cannes hace menos de seis años. Aunque ese papel cinematográfico, y su defensa en numerosos festivales a los que acudió con la película, dejó un recuerdo imborrable en el público, Pazos, hombre alto, afable y bastante más hablador que su personaje, Jacobo, en Whisky, desarrolló la mayor parte de su carrera en el teatro.

Estaba vinculado sentimentalmente a la actriz Mirella Pascual, su compañera de reparto en Whisky. Como recuerda la agencia UYPress, Andrés Pazos Pérez emigró al Uruguay de niño y allí fue peluquero, actividad que compartió con el teatro desde 1969, cuando ingresó en la escuela El Galpón. De ideas progresistas, su peluquería de la calle Mercedes, en Montevideo, durante la dictadura se convirtió en punto de encuentro de políticos, periodistas y militantes contrarios al régimen militar, algunos muy conocidos como Germán Araujo. Su última presencia ante la cámara fue en el corto de 2008 Matrioshka, y tras Whisky participó en el conocido film uruguayo La perrera, de Manolo Nieto, y en el argentino ¿Quién dice que es fácil?, de Juan Taratuto. Sus restos mortales descansarán en Santiago de Compostela.

R. A.


Rafael de Penagos

Premio Nacional de Literatura en 1964 por su libro Como pasa el viento, y socio de honor de ADOMA, comenzó su carrera a principios de los años 40. Entre los casi mil trabajos en su carrera como actor de doblaje destacan: Don Quijote, Las aventuras de Sherlock Holmes, Los tres mosqueteros o Los Roper. También fue el “flaco” Stan Laurel. Publicó 15 libros de buena poesía, viajó incansable por Chile y Argentina y fue conferenciante en La Sorbona de París, en la Fundación Juan March o en la José Hierro.

Rafa era de esas personas que irradiaba un magnetismo especial. Alegre, dicharachero, parlanchín, divertido, con esos ojos tan expresivos, tan llenos de vida, de mirada inteligente. “Monseñor de Penagos”, le llamaba cariñosamente Javier Franquelo. Apelativo que le cuadraba, no por ser especialmente clerical, o por su porte, sino por su elegancia, y su gran… grandísima clase. Recuerdo quedarme extasiado oyéndole recitar sus poemas en el bar de Sincronía. Cómo se le caían las lágrimas con aquel poema dedicado a su mujer. Porque Rafael era una persona extremadamente sensible, fiel a su memoria y a sus pasiones, que eran la literatura y el doblaje. Todos recordaremos aquellos doblajes maravillosos que nos dejó: Lou Grant, Las aventuras de Sherlock Holmes, Una habitación con vistas, El Gran Gatsby, Río Grande, La familia Monster, La vuelta al mundo en 80 días, Los Roper… y tantas y tantas películas que todos recordamos y que sería tedioso enumerar. Amaba el doblaje, y se divertía haciéndolo.

Trabajar con él ha sido un privilegio. Porque Rafael, además de ser un excelente profesional y compañero, era una eminencia. En el año 1963 el diario Pueblo le nombró “El poeta más popular”, y en el año 1964 le otorgaron el Premio Nacional de Literatura. Escucharle hablar de sus viajes y de las conferencias que daba por todo el mundo sobre literatura o su padre, el conocidísimo y premiadísimo pintor Rafael de Penagos, era una delicia. Las anécdotas se multiplicaban y las conversaciones se alargaban siempre, porque con Rafael se aprendía de historia, de literatura, de poesía, de cine… no había tema que se le resistiera. Pero sobre todo se aprendía de su humanidad, de su cercanía, de su pasión por la vida. 

Nos has dejado Rafael, y con tu ausencia se nos va un trocito más de nuestra historia. Adiós, amigo, o mejor… hasta luego.

Carlos Ysbert


José Luis Romero

El 28 de agosto de 2009 se estrenó en el teatro Muñoz Seca de Madrid una nueva versión de El médico a palos. En el programa de mano figuraba una línea: Oliver Romero, Valerio. Prácticamente a ningún espectador le decía nada esta nota del reparto. Pero sí a María Ángeles Torres y José Luis Romero, los padres de Oliver. Para ellos, cómicos de la legua, actores de la lona durante toda su vida, era un orgullo ver cómo uno de los suyos lograba, por fin, actuar en un teatro de Madrid, en un teatro de la capital. José Luis Romero, el padre, ha podido disfrutar poco de esa satisfacción porque ha muerto el 30 de enero víctima del cáncer a los sesenta años. En los últimos meses, los medios de comunicación hemos dedicado mucho tiempo y espacio a glosar grandes figuras desaparecidas, como López Vázquez, Fernando Delgado o Mary Carrillo. Ellos triunfaron y siempre han sido noticia. Hoy quiero dedicar estas líneas a quienes, como José Luis Romero, no figuraron en las cabeceras de los repartos ni vieron sus fotos en primera plana. Pero sí dedicaron sus vidas al teatro.

No quiero referirme a estos cómicos con adjetivos románticos. Su lucha por la supervivencia haciendo, casi, lo único que han sabido desde hace más de cien años, no tiene nada de romántica y sí de épica. El Dorado para estas familias era Madrid, con sus teatros de paredes sólidas, lavabos en los camerinos y bombillas alrededor de los espejos.

La saga de cómicos a la que pertenecía Romero nació con el matrimonio de José Antonio González, un profesor de literatura en Almendralejo, y de Antonia Lechón, artista por su familia. El profesor se enamoró de la intérprete y, a pesar de la oposición de los padres, se unió a ella formando la primera compañía itinerante de la familia. De sus seis hijos, Aurora González se casó con Luis Romero Gaona y fundaron el Teatro Itinerante Benavente. Finalmente, en esta complicada saga, el recientemente fallecido José Luis Romero y su esposa María Ángeles montaron su propia compañía, Candilejas, con la que llevaban más de quince años actuando por toda España. Quedan pocos de estos cómicos amorosamente retratados por Fernán Gómez en su Viaje a ninguna parte. No hay sitio para ellos ni en los descampados de las grandes poblaciones ni en los teatros de fábrica. Oliver Romero ha conseguido entrar en Madrid y, quizá, su desaparecido padre le recordó cómo, un siglo atrás, su lejano antecesor “El Papindo” había logrado también un día actuar en la capital española.

Antonio Castro

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