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Antonio Ozores

Miembro de la sólida y legendaria saga de los Ozores, infatigable trabajador, hombre tierno y estoico y humorista genial, se alimentó en La Codorniz de la Otra Generación del 27 y hace escasos meses presentaba su última obra escrita y dirigida El último que apague la luz, interpretada por su hija Emma Ozores y Mario Tardón. “Empecé en esta profesión a los ocho años y, después de haber protagonizado casi 200 obras de teatro, trabajado en 168 películas, dos años en la radio, haber dirigido y escrito para cine y teatro, y tener en las librerías mi cuarto libro, ya por la tercera edición, titulado Antonio Ozores, mi autobiografía… ¡sería muy tonto si no supiera lo que a ustedes les divierte!”. Así se expresaba para animar a los espectadores a que acudieran al teatro Arlequín de Madrid, de cuya gestión se había hecho responsable junto con su hija hace escasos meses.

Miembro de la quinta generación de una familia de actores, hijo, hermano, padre y tío de intérpretes y hermano de Mariano y José Luis Ozores, debutó en el cine en El último caballo (Edgar Neville, 1950). Seguía en activo porque “siempre hará falta un señor mayor en una película”. Inventor de su propio lenguaje cómico y favorito del público, tras siete décadas en la profesión, seguía recibiendo homenajes y premios; el último, el del Festival de Cine de Alicante, que le otorgó en su última edición el galardón a toda una vida: “He trabajado muchísimo y quedamos pocos, porque todos se han muerto. Me dan homenajes, porque no estoy más que yo. Me da igual cómo vaya a ser recordado. Como no voy a estar, que piensen lo que quieran”. Pero no olvidaremos a uno de los últimos soldados del humor que además fue un maravilloso padre, un gran amigo y un personaje irrepetible.

R. A.


Patricia Ciurana

Querida Patricia:

No sé por dónde empezar, hay tanto que decir… Emociones y sentimientos se amontonan al evocar tu recuerdo y… no sé por dónde empezar. ¿O sí, quizá? Porque al evocarte, siempre apareces con tu sonrisa, esa que regalabas a todo el que estuviera cerca de ti. Nos sonreías a nosotros, pero también a la vida, a tu profesión que tanto amabas y a ti misma. Y esa sonrisa no era sino el reflejo de un ser humano maravilloso que tuve la fortuna de conocer.

Cuando nuestras vidas se cruzaron, yo salía de una encrucijada a nivel personal. Tú pusiste tus granitos de arena en forma de acertadas y certeras palabras, que me ayudaron a contemplar la vida; de nuevo, con renovada ilusión. Siempre recuerdo aquella noche en vuestra casa, en la que después de cenar y viendo tú mi afición por esos temas, me leíste unas cartas de cierto oráculo chino (del cual no recuerdo el nombre) en las que se dibujaba un futuro lleno de alegrías de todo tipo. El corto camino de regreso a casa, creo que lo hice sin posarme casi en el suelo. Qué velada tan bonita y qué acertada estuviste. Me parece que nunca te lo dije, pero sí; muy acertada…

Y ahora, has hecho mutis. Has salido de escena tan pronto, que nos hemos quedado mudos y nos hemos metido en un jardín de silencio. Quizá esperamos que en algún momento, desde allí al fondo, desde el paraíso nos des alguna indicación para continuar nuestras escenas… Pero no, ahora nos toca aplicar todo el conocimiento y sobre todo la actitud ante la vida que inculcabas en tus clases. Ramón, Luisa, Manolo, Karmele, Juan, Sonia, Ismael, Alicia, Claudio, Luis…. todos tenemos algo de ti. Ahora nos toca vivir sin tu presencia física, pero el amor que nos profesamos está tan profundamente arraigado que, aunque pase el tiempo y no nos veamos, el sentimiento permanece vivo.

Y cuando miremos allá arriba, al paraíso, nuestro corazón evocará tu presencia más viva que nunca. Como tu sonrisa.

Hasta siempre, Patricia.

José Mª Rueda


Norma Bacaicoa

Graduada como actriz en el Instituto de Teatro de la Universidad de Buenos Aires (1962), en 1966 fue premiada con “la Orden del Guindalete” revelación femenina, por la obra La patada de J. C. de Petre. En 1971 recibió el “Premio Talía”, (hoy Molière) por La dama del perrito, de Chéjov. También era profesora de teatro en la Escuela Nacional de Arte Dramático y había debutado como directora teatral.

En 1976, año del último golpe militar en Argentina, vino a Madrid, donde trabajó al principio en teatro y en la película Las truchas de García Sánchez. Pero, con las dificultades de hacerse un lugar profesional como tantos actores y actrices argentinos, se refugió en su trabajo pedagógico en universidades, institutos, grupos de teatro y en TEA, taller de expresión artística. Dirigió durante cuatro años el grupo de teatro “Los octanos” perteneciente a Campsa, la compañía de teatro chileno, al grupo de teatro “A trancas y barrancas” y a “Teatro Rito”, montando varias obras, entre ellas, Su programa favorito con la actriz Susana Mayo. Desde 1991 hasta 1996 dirigió el teatro de la tercera edad “Reina Sofía” y también la Casa de la Juventud de Majadahonda.

En 1994 dirigió Anónimo veneciano de Giuseppe Berto, en Madrid, obra en la que participó nuestro compañero Julio César Acera, y que fue invitada a la muestra de Teatro del Sur en Argentina. En ese mismo año en la sala Ensayo 100 dirigió el monólogo Esa estrella, ¿qué quiere?, de Idea Vilariño; también entonces dictaba un seminario de interpretación y arte dramático en la Universidad Politécnica de Madrid.

Se destacó en coaching y, con entrega cariñosa casi filial, preparó algunos de los mejores trabajos de sus sobrinos Héctor y Malena Alterio, quien a su muerte el pasado 12 de junio, en Madrid, escribió el texto queacompaña con amor, a modo de carta de despedida a su tía, un reconocimiento no sólo a una actriz, sino también a una luchadora, que no por no ser afiliada a la Unión dejó de ser una militante.

Jorge Bosso

Mi tía Norma

Recuerdo cuando tenía seis o siete años que en casa, con mi primo y con mi hermano, hacíamos obras de teatro. Una de ellas se llamaba “Perico de los Palotes” y a mí me tocaba interpretar a la camarera. Era un papel muy pequeño que casi no decía nada. Yo estaba profundamente ofendida.

— Tía, es que no tengo casi papel.

— Malena, no existen los papeles pequeños. Es tan importante tu papel como el del protagonista.

Sus palabras me calmaban el enfado y podía continuar el juego con la convicción de que lo mío era muy, muy importante.

Ella me enseñó tantas cosas del teatro y de la vida que no hay palabras para expresar la gratitud y el amor que siento por haberla tenido cerca. Su pasión era infinita. Nunca he visto a nadie tan apasionada con el teatro, con la poesía, con la vida. Daba igual que fuera para hacer una animación en un centro comercial, para presentarse a un casting o para preparar un protagonista en el CDN. La implicación y el trabajo tenían que ser los mismos.

Ella me enseñó a mirar, a ver, a hacerme preguntas, a desentrañar los textos, a construir el camino, a saber por dónde y de qué manera hacer, a preparar mi alma en cada uno de los trabajos.

Una mujer peleona que no callaba ni debajo del agua. Divertida, que se reía hasta de su propia sombra. Golosa, deseosa de una fiesta, una reunión, una charla… Tenía su punto dramático como buena actriz que era, pero jamás se enganchó en la pena; la pena del exilio, la pena de tener a sus padres lejos, la pena de separarse de sus amigos, la pena de la enfermedad que la fue limitando poco a poco.

Excelente actriz, directora y maestra… maravillosa tía. Quería vivir a toda costa. Daba igual que, como decía ella, “estuviera hecha unos zorros”, que no pudiera dar unos pasos sin la maldita fatiga. Ella murió con la ilusión de la vida.

Me consuela pensar que Norma continúa viva en cada una de las personas que la conocimos, que la disfrutamos. Somos herederos de sus palabras, de su amor, de su sabiduría, de sus ganas.

Malena Alterio


Valle Acebrón

Ha venido de nuevo la muerte. La muerte puta que nos roba lo más querido. Pero esta vez no ha venido con la guadaña, ha venido con un hacha que nos ha talado la raíz del corazón. De cuajo. Sin avisar. Por la espalda. Con nocturnidad y alevosía.

Se ha ido la sonrisa del doblaje, el farolillo que iluminaba la oscuridad de esta profesión cercana pero fría. La pena nos ha robado a Valle Acebrón, a Vallecita, al juglar que siempre iba con sus cascabeles y sus malabares en el corazón.

Actriz “de toda la vida”, espíritu burlón, juguetón y travieso. Risa contagiosa y amiga del alma. Voz única, dulce, tierna, y llena de personalidad.

Perdón, Antonio, Raquel, Carmen, Inma, Blanca, Chelo, Isacha, Rosa y todos sus amigos-amigos. Los que de verdad estabais con ella. He escrito esto con el corazón partido en tres mil pedazos y os pido perdón por atreverme a expresar esto.

Ni doblajes, ni leches. No me sale empezar a soltar flores sobre quien todos conocíamos. No puedo, sólo tengo un vacío terrible, y una rabia que me atenaza.

Nos han robado a Valle, y eso no lo perdonaré nunca.

Vallecita, ya es tarde, pero todos te queremos.

Querámonos y cuidémonos más. Tenemos que mirarnos más a la cara y “vernos” más.

ADOMA
Revista El Take


Vicente Haro

Veterano del cine, el teatro y la televisión, destacó por su habilidad en el difícil género de la comedia. Se hizo muy popular en los años 60 y 70 con sus grabaciones para espacios como Estudio 1 en TVE. Madrileño de 1930, tuvo que rebelarse contra los designios paternos que le marcaban un camino alejado de las tablas. De hecho, su padre incluso le llevó ante la Guardia Civil para alejarle de una tentación que atrapó, en su día, a su propio bisabuelo. La tradición familiar ha continuado con su hijo, Enrique San Francisco, fruto de su relación con la ya fallecida actriz Enriqueta Cobo.

Miembro de ese grupo de cómicos españoles de sólida formación y tablas infinitas como Agustín González, Fernando Guillén, Jesús Puente o Juanjo Menéndez, debutó como galán joven de la compañía teatral de Ernesto Vilches. En el teatro Infanta Isabel interpretaría obras policíacas como La ratonera, Testigo de cargo o Milagro en la plaza del Congreso. Tras diversas temporadas en el teatro Lara, se pasó al María Guerrero y allí formó parte del elenco de clásicos de la escena como Los verdes campos del edén o Eloísa está debajo de un almendro. Más tarde, con Javier Escrivá y Ana María Vidal, con la que tuvo una larga relación sentimental de la que nació su hijo Vicente, formó su propia compañía teatral y estrenó Juegos de medianoche. Después, en el Teatro Español representaría obras como Las mocedades del Cid, Tres sombreros de copa o Don Juan Tenorio. En pleno despegue de la televisión, participó en los espacios más prestigiosos del medio y era una presencia habitual en las Novelas y Estudio 1 de TVE. Sus últimos trabajos realizados incluyen apariciones en Colegio Mayor, Farmacia de guardia, Pepa y Pepe, Médico de familia, o Hermanos y detectives.

El Festival Internacional de Cine de Comedia de Peñíscola le otorgó en 2006 su premio Pepe Isbert por ser uno de los actores de reparto “más conocidos y estimados” del cine español. Además de numerosos doblajes de películas, participó en el serial de Sautier Casaseca para RNE El nombre del hijo. Entre 2004 y 2006 brilló en la sección “El último samurai ibérico” dentro del programa de Pablo Motos No somos nadie donde su ácido humor y su voz arenosa hicieron las delicias de los oyentes.


Paco Paredes

El actor murciano Paco Paredes falleció en la madrugada del martes 29 de junio en Santa Cruz de la Palma, ciudad donde residía y de cuya Escuela Municipal de Teatro era director desde hace tres años. El equipo municipal destaca el impulso y la renovación que el actor ha realizado la Escuela Municipal, implicado a su vez en la planificación de festivales culturales y de las fiestas patronales, por lo que su ausencia supone un duro golpe para la actividad cultural de la ciudad.

Nacido en Murcia en 1954, Paco Paredes fue miembro de la Compañía Nacional de Teatro Clásico durante doce años, trabajando en decenas de producciones teatrales en Madrid y España junto a algunos de los principales nombres de la escena española como Fernando Delgado o Raúl Sender. Hace tres años decidió trasladarse a las Canarias, como él decía “por amor”. Tras aprobar una oposición, se convirtió en director de la Escuela Municipal de Teatro donde desarrollaba una enorme labor con sus jóvenes alumnos.

Trabajó con asiduidad en televisión, siendo su aparición más reciente en 2006 como el doctor Esteban de Amar en tiempos revueltos. También participó en otras series de gran éxito como Cuéntame, Hospital central, El comisario o Querido maestro.

Paco Paredes falleció repentinamente cuando se encontraba preparando algunas funciones del Festival del siglo XVIII y varios números de la tradicional “Bajada de la Virgen de las Nieves”, fiestas tradicionales de Santa Cruz de La Palma.


Blanca Sendino

Blanca es una jovencita de ojos adorables y sonrisa pícara en unos rizos de abuelita de cuento.

Es un avecilla que Eduardo lleva en la mano para endulzarse las iras.

Es una roca de ámbar, una dama que no cree en la tragedia. Una antorcha de luz real que calienta con su amparo el desconsuelo de la gente buena.

Blanca vive en lo alto de un árbol, en un cuco donde Eduardo da las horas mientras se mesa una barba que la sabiduría ha hecho crecer. El amor existe y es una planta frondosa donde Blanca descansa de la vida, siempre con sus deditos ahusados entre los filamentos de alguna alma buena que viene a posarse en su palacio-cuco, tan calido como una infancia bien vivida.

Iba yo por el nido en lo alto de su vida y me ponían rabanitos mientras charlábamos de tantas cosas que las horas se quedaban dormidas en el regazo como un gato comodón. Al salir alguien había puesto la luna y las estrellas pero Blanca podía soplar una nueva mirada en mis ojos para el camino y Eduardo se mantenía en lo alto de la terraza hasta que me perdía la pista.

Blanca nunca dice ¡Adiós! sino hasta luego.

Nos pide que mimemos la vida y que nos sequemos las lágrimas.

Porque siempre ha sido y será feliz. Sin dar nunca más consejo que su ejemplo ha hecho felices a los demás con su suave firmeza y su amor, la mejor de las joyas de este mundo y del otro.

Blanca, Blanquita, domadora de quimeras, amiga de la brisa buena, aguda y mullida como una buena respuesta y un sentimiento sincero. Sé que existe el cielo porque tú estás en él.

Ada del Moral

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