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Aldo Sambrell

Aldo Sambrell fue el nombre artístico de Alfredo Sánchez Brell, actor español nacido en Madrid en el barrio de Vallecas, el 23 de febrero de 1931. Falleció en Alicante, el 10 de julio de 2010. Intervino en hasta 300 películas, donde casi siempre interpretó el papel de villano, especialmente en los spaguetti westerns de los años 60 y 70. Hijo de Basilia Brell y Francisco Sánchez, a los doce años emigró a México tras las huellas de su padre exiliado. En este país se dedicaría a la interpretación y a cantar rancheras mejicanas.

De esa forma conoció al escritor José Recek Saade, quien le recomendó ir a Estocolmo a estudiar arte dramático. A su vuelta de Suecia continuó su formación teatral en México, además de jugar al fútbol. Llegó a jugar en la 1ª división de México tres temporadas con el Puebla; se le conocía como Madrileño Sánchez. En 1959 fallece su padre y decide volver a España, y siguiendo su trayectoria como futbolista, jugó en la 2ª división española con el Alcoyano y, más tarde, con el Rayo Vallecano. Pero la actuación pudo más y en 1962 debuta en Atraco a las tres. Su primer western ya con los hermanos Marchent fue Tres hombres buenos. Terminaría convirtiéndose en uno de los secundarios más importantes en el nuevo género cinematográfico que acababa de nacer: el spaguetti western. Aldo Sambrell es uno de los poquísimos actores que participan en las tres películas de Sergio Leone: Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio, El bueno, el feo y el malo y, más adelante, también actúa en Hasta que llegó su hora. A su vez, interviene en otros títulos del western europeo. En 1974, coincidiendo con el fin de los westerns europeos, decide crear su propia productora, Asbrell Productions, cuyo primer proyecto fue La última jugada, en la que Aldo actuará como productor y director, especializándose en el género de acción y aventuras. En los años 90, la productora pasó a denominarse Aldo S. Brell Producciones Cinematográficas. En 1993 recibió el 14º Premio Internazionale Fontana di Roma. En 2003 el escritor José Manuel Serrano Cueto escribe el libro Aldo Sambrell, la mirada más despiadada que recorre toda su trayectoria artística. El mismo Serrano Cueto dirige en 2006 un cortometraje, Río seco, que Aldo Sambrell produce y protagoniza y que contaba los últimos días de la vida de un actor olvidado.


Antonio Gamero

Comenzó estudios de Derecho que más tarde abandonaría y trabajó en la Compañía Telefónica. Aunque su intención inicial fue la de convertirse en director de cine, y para ello se matriculó en la Escuela Oficial de Cinematografía, terminaría encaminando su carrera hacia la interpretación, en la que ha destacado como un notable actor de reparto en una filmografía que abarca más de ciento veinte títulos.

Debutó en el cine en la película Historia de la vida de Blancanieves (1969), cuando ya contaba 35 años y buscaba otro oficio para sobrevivir. En su trayectoria combinó su participación en cine con trasfondo social y compromiso político con comedias sin mayores pretensiones que las de divertir al público. Trabajó a las órdenes, entre otros, de Manuel Gutiérrez Aragón, Eloy de la Iglesia, José María Forqué, José Luis Garci o José Luis Cuerda. Pero fue con José Luis García Sánchez con quien consiguió sus mejores representaciones, desde El Love feroz o Cuando los hijos juegan al amor (1975) a La venganza de Don Mendo Rock (2010), última película del actor.

Entre sus incursiones en televisión, se incluyen las series Plinio (1972), La huella del crimen (1984), Cosas de dos (1984), Médico de familia (1995), La banda de Pérez (1997), Hermanas (1998) y Manolito Gafotas (2004), donde dio vida al abuelo del protagonista de los libros de Elvira Lindo, papel que ya interpretó en la versión cinematográfica de 1999.

Muy comprometido políticamente, ingresó en el Partido Comunista de España en 1957, cuando el partido estaba aún muy lejos de salir de la clandestinidad y fue condenado a dos años de prisión por su activismo político, que pasó en la Cárcel de Carabanchel, no sin antes recibir una brutal paliza, a causa de la cual le rompieron los tímpanos y tuvo que usar audífono el resto de su vida. A pesar de ello siempre afirmó que el comunismo “le había hecho persona”.

Falleció en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid el 26 de julio de 2010, víctima de una larga enfermedad respiratoria, dejando atrás anécdotas y cariñosos recuerdos. Entre sus famosas frases están: “Si tienes penas no se las cuentes a los amigos, que les divierta su puta madre” o “como fuera de casa no se está tan bien en ningún sitio”.


Ana Sillero

El pasado mes de agosto falleció en Madrid Ana Sillero, la última superviviente de una saga de actores con ese apellido. Tenía 95 años.

Hubo un momento, en la década de los cincuenta, en el que coincidieron los tres hermanos Sillero en la cartelera teatral. Manuel fue el primero en lograr éxito y animar con ello a sus hermanas Mercedes y Ana. También el varón fue el primero en fallecer. Mercedes Sillero (fallecida en 2001) apareció por los teatros por el año 1937, con sólo catorce años. Contratada por Antonio Armet y Joaquín Roa, adquirió rápidamente un prestigio que le permitió figurar en estrenos tan sonados como El infierno frío (su revelación en 1943), El castigo sin venganza (1943), María Estuardo (1943), La dama duende (1943), Baile en Capitanía (1944), Filomena Maturano (1949) y La luna en el teléfono (1950). Trabajó junto a Jardiel Poncela en el teatro Cómico. Allí estrenó Como mejor están las rubias es con patatas (1947), Las siete vidas del gato (1947), Los ladrones somos gente honrada (1947) y Títeres con cabeza (1949). Se casó con el productor y representante Fernando Collado, retirándose tras nacer su hijo Manuel. Esta rama dio origen a la saga Collado-Goyanes.

Ana Sillero fue solamente durante dos décadas actriz de teatro. También perteneció a la Compañía Lope de Vega de José Tamayo. Pero la lista de algunos de sus trabajos no puede ser más interesante: Diálogos de Carmelitas (1954), Don Juan Tenorio (1955), Los intereses creados (1955), Proceso a Jesús (1956), Tiestes (1956), La estrella de Sevilla (1957), La Orestiada (1959), La caída de Orfeo (1961), Después de la caída (1965), El hilo rojo (1966); Tan alegre, tan extraño (1967), Las moscas (1971) y Adriano VII (1972). Fue la última de los hermanos en retirarse de la interpretación en esos primeros años de la década de los setenta. Contrajo primer matrimonio con el también actor Guillermo Amengual, con quien tuvo a sus hijos Antonio y Ana María (fallecida en 1996). Amengual hijo se decantó por el género lírico tras comenzar a trabajar junto a su tío Fernando Collado. Después fue empresario y director de su propia compañía de zarzuela. Pero hace ya dos temporadas decidió retirarse de los trabajos escénicos. Tras su muerte este apellido desaparece definitivamente de la escena. No así los descendientes de esta saga, el actor Javier Collado, hijo de María José Goyanes y Manuel Collado, y el productor teatral Salvador Collado Sillero, sobrino de la fallecida.

Antonio Castro Jiménez


Ricardo Domenech

El libro y el desierto

Como ha contado su hija Julia, poco antes de morir Ricardo Doménech le pidió al médico que le estaba tratando que llevara a cabo una difícil operación a la que el propio doctor se negaba. Era demasiado arriesgada, decía, y sólo iba a proporcionarle más dolor. “Lo que yo necesito son tres meses más para terminar el libro”, insistía él, y el médico, atónito, preguntó: “¿y tanto dolor por un libro?”.

Quiero pensar que en ese momento Ricardo se echaría a reír; sabía muy bien lo que cuesta alumbrar un buen libro porque llevaba toda la vida haciéndolo él y enseñando a hacerlo a los demás. Sé muy bien lo que me digo: yo estaba a punto de tirar la toalla con mi primera obra, hace ya veinticinco años, cuando aquel profesor de dramaturgia a quien acababa de conocer y que no tenía mayores razones para confiar en mí, literalmente me obligó a terminarla.

Ricardo Doménech pertenece a una especie desconocida para el gran público pero esencial para la profesión teatral, y acaso para cualquier otra: la de aquellos que, como investigadores, como profesores, como gestores, desbrozan el terreno para que luego pasen los demás con comodidad. Un poco como los héroes melancólicos del western que, al final de la película, y después de haberse jugado el pellejo, se hacen a un lado y contemplan, desde lejos, la civilización que gracias a ellos va a construirse en aquel rincón del desierto donde, hasta entonces, sólo había sed, coyotes y forajidos. Ricardo, que cojeaba no por el peso del revólver sino como resultado de una polio, cruzó unos cuantos desiertos armado de libros y de paciencia en un país que se reía de la idea de que el teatro fuera una cosa seria y merecedora de estudio. Como Cable Hogue, aquel memorable bribón inventado por Peckimpah, olfateaba el agua allí donde otros no veían más que piedras. Hoy hay una generación de dramaturgos jóvenes y poderosos (Paco Bezerra, José Manuel Mora, Lucía Vilanova, Lola Blasco, ¡tantos otros!) que ha podido desarrollar su talento porque un día Ricardo y otros de su raza decidieron cargarse a las espaldas la aventura de llevarle la contraria a los tiempos y dignificar la enseñanza del teatro. En el tanatorio, esta mañana, contemplé durante un rato sus restos: se había quedado extremadamente delgado, casi transparente. Luego me vino a la cabeza una idea feliz: el responsable de la delgadez no era la enfermedad sino el hecho de que había dejado tanto de sí en tanta gente que apenas se había guardado nada para él. Es una manera hermosa de perdurar.

Ignacio García May


Manuel Alexandre

Manolito fue un amigo de sus amigos, casi todos de la profesión, que admiró, agradeció, y a la cual se entregó en cuerpo y alma. Manuel fue un amigo de la Unión de Actores, además de ser uno de los primeros afiliados, y siempre que le pedimos una colaboración, nos la brindaba, generoso y cascarrabias al mismo tiempo, señalando en qué nos habíamos equivocado. Vivió tantos años trabajando que al final llegó a recoger de su trabajo el premio por un protagonista romántico, al mismo tiempo que le llegaba el reconocimiento de diversas fuentes de la sociedad por toda una vida dedicada a la profesión. La Unión de Actores fue de las primeras en una larga lista de instituciones que culminó en el propio gobierno español condecorándolo con la Orden de Alfonso X, el Sabio. Llevaba tantos años con nosotros que era parte del paisaje. Del sentimental y del histórico. Para unos es el pintor de Calabuch, el malvado señorito de Calle Mayor, para los más jóvenes el “anticuario” de Los ladrones van a la oficina o Don Matías, el profesor de Parchís que te hacía soñar con ir a la escuela, el abuelo con Alzeimer de Y tú quien eres o el mismísimo Franco. Era un jugador de cartas y billar brillante, el ahormador de su tertulia Juventud Creadora, el pariente favorito de toda España, con su peculiar voz con “trémolo” que se había inventado. Decía que eso era a resultas de no tener la voz grave de su gran amigo y maestro, Fernando Fernán Gómez, a quien no sólo admiraba sino también quería, como sólo permite la religión selecta que profesa la fe de la amistad. Por eso, tal vez, los dos eran fanáticos del tango y sus letras. Sencillo y pícaro hasta confesar que lo más le gustaba eran “las mujeres y los percebes”, nunca ocultó el máximo placer que obtenía “trabajando” como actor, cosa que logró hacer hasta muy cerca de su muerte. Porque, como buen amigo de los directores sabía demandarle a los directores “si él tenía papel” en la película que estaban preparando. Otro genio y figura que cierra el ciclo que uno de sus grandes amigos calificó como el del cine español en blanco y negro. Si no hizo más teatro, y sobrevivió a sus dos compañeros más jóvenes en su último trabajo en escena, es porque no era compatible con la jubilación que percibía. Otra asignatura pendiente que nos señalaba en nuestras reivindicaciones sindicales, porque “los cómicos tienen que trabajar su puta vida, porque eso es lo que nos mantiene vivos”.

Pequeño gran hombre bueno que demostró que no es necesario ser grande de físico ni exuberante, para arrebatar el cariño de sus compañeros y del público.

Jorge Bosso
Ada del Moral


Manuel Brieva

Un compañero ejemplar

Estábamos en una playa de Nerja, yo en una tumbona bajo el sol, en actitud muy felliniana, cuando veía salir de entre el oleaje, empapado, delgadito y no muy alto, a Manuel Brieva, “mi marido” en la serie “Verano Azul”, momento en que debía exclamar, arrobada de pasión, “¡Qué capricho de hombre!”, ¡Delirante!

Como ésta, hubo muchas otras situaciones en las que debíamos expresar el amor de esta pareja. Así fuimos construyendo en sucesivas escenas, y secuencia a secuencia, a aquellos dos seres tan disímiles como enamorados, padres de un niño pequeño, gordito como su madre, listo como su padre…

Antonio Mercero, el grande y querido director de aquella recordada serie de Televisión Española, que sabía como nadie pergeñar tanto criaturas de ficción como situaciones, muchas de ellas hilarantes, nos eligió a Manuel y a mí para dar vida a aquella curiosísima pareja.

Así le conocí. Excelente actor, compañero muy querido por toda la profesión, sabía sacar provecho de cada acción, de cada frase, para construir su personaje.

Su inteligencia y su simpatía personal iban parejas, estudiar las secuencias del día siguiente con él era siempre tarea muy grata y divertida.

Era el actor nato, el de la vocación juvenil y luego cumplida a lo largo de una carrera prolífica y muy acreditada con el tiempo y la dedicación. En los primeros años de la Unión de Actores formó parte de las primeras Juntas aportando esa experiencia.

Sus compañeros de entonces y los de ahora, le recordaremos siempre con muchísimo afecto y con el respeto y la admiración que siempre se debe a los verdaderos artistas.

Descanse en paz.

Ofelia Angélica

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