Espectadores en acción: Poner el teatro en la mente y el corazón del espectador

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn

¿Es necesario que el público se eduque para poder apreciar un espectáculo teatral? El rechazo de la audiencia a algunas propuestas que, sin embargo, los profesionales del teatro consideran muy buenas ¿no son vistas con los mismos ojos por los espectadores por falta de preparación? Si hace falta prepararse para ser un profesional del teatro ¿no hace falta prepararse también para ser un espectador de teatro? Son preguntas que uno imagina en la mente de José Luis Gómez, actor y director de escena de reconocido prestigio, director del Teatro de la Abadía y académico de la Lengua por su defensa de la palabra. Preguntas que seguramente son el germen del programa de Espectadores en Acción. Programa que va ya por su quinta edición y ha sido exportado a la otra sede del teatro, al Corral de Comedias de Alcalá de Henares, en una versión de fin de semana. Programa que, debido a la demanda de los propios asistentes al curso de seguir profundizando, aprendiendo, ya ha tenido una primera edición de un curso avanzado para espectadores. Y, en la actualidad, tiene al propio José Luis y a su equipo dándole vueltas a la cabeza para ver como dar continuidad a ese público que entusiasmado pide más y más.

Y es que, después de pasar por el curso, estos espectadores viven los colores de la Abadía y del Corral de Comedias como si se fueran hinchas de un equipo de fútbol. Convertidos en un público que se revisa sus programas y propuestas artísticas con lupa para, al final, ver lo más posible o al menos no perderse los grandes partidos donde ambos teatros se la juegan. Público que intenta seguir vinculado haciéndose amigo de la Abadía. O programando sus salidas teatrales para acudir el día de representación que incluya el encuentro del público con los equipos artísticos, a los que escuchan con atención y, a veces, les ofrecen una reflexión, un comentario inteligente una percepción desde el otro lado que entienden y que pueden responder en los mismos términos. Encuentros que profesionales y aficionados formados aprovechan para saludarse y hablar. Ponerse al día y continuar creando relaciones, vínculos. Como viejos amigos.

La forma de hacerlo

El planteamiento del curso es simple. Aprender se aprende haciendo. Y la compresión entre ambos lados se consigue dialogando. Con estos planteamientos el teatro de La Abadía se convierte en un espacio público en que se convoca a los espectadores dos horas una tarde a la semana durante dos meses y medio. Alumnos que durante el curso practican diversas técnicas actorales, sobre todo de gesto, movimiento en el espacio y texto (de cómo decir la palabra), con profesionales que trabajan en la Abadía, que colaboran de forma habitual con el centro o que en ese momento tienen una obra encima de uno de sus escenarios. Y en ese aprender haciendo, van comprendiendo la felicidad y la dureza de un oficio, el de actor. Y van enriqueciendo su lenguaje teatral con palabras y expresiones como por ejemplo “trabajo de mesa” o “trabajo de elenco”. O aprenden las mismas técnicas que usan directores y actores para definir sus objetivos a partir de un texto y sacar de ellos acciones que les permitan conseguir darles vida. Las que permiten que lo que pasa en escena parezca fácil y sencillo. Para que la ficción, una mentira, les cuente, les susurre, diga o grite algunas verdades a los que asisten a una representación. Idea esta que se cuela varias veces en las reflexiones que profesores y alumnos, profesionales y espectadores de teatro comparten en la clase o en las cañas que le siguen.

El actor es el maestro

Entre los profesores muchos actores y actrices. Desde José Luis Gómez, que da la bienvenida al curso, pasando (en orden alfabético) por Ernesto Arias, Carlota Ferrer, Andrea Delicado, Mar Navarro, Inma Nieto, Lidia Otón, Jorge Picó (que pasaba por allí, mientras subía a escena 30/40 Livingstone con Sergi López). Pero no solo. Pues también, se da la posibilidad de encontrarse en petit comité con dramaturgos como Manuel Calzada, autor revelación hace dos temporadas con El diccionario que se estreno en este teatro. O con equipos artísticos, también en petit comité, como se hizo con Rakatá/Fundación Siglo de Oro para conocer de primera mano su triunfo en el Globe londinense dentro del Festival Shakespeare que se hizo durante las olimpiadas de 2012, o para que les cuentan su ambicioso objetivo de renovar el teatro clásico español como ya se hizo en el Reino Unido con el teatro isabelino. O encontrarse con los coordinadores artísticos de la Abadía, Ronald Brouwer, y del Corral de Comedias, Carlos Aladro. Este último responsable de hacer la visita guiada por este pequeño teatro alcalaíno, y contar su historia la de uno de los más antiguos teatros de Europa que todavía se conservan, anterior al Globe en el que estrenaba Shakespeare. Coordinadores que muestran que el amor al teatro es también el amor a un espacio, a un lugar, a unos equipos y a un público que lo haga posible.

Ver teatro y comentarlo

Y, por supuesto, ver y hablar de teatro con los que hacen teatro hoy en día. Del tipo de teatro por el que apuesta la casa, el teatro de la palabra. Desde montajes más clásicos, como el ya citado El diccionario de Calzada dirigido por José Carlos Plaza, Maridos y mujeres de Woody Allen dirigido por Alex Rigola o Le llaman copla de La Bami Teatre a montajes más rompedores, como la controvertida puesta en escena de Dan Jemmet de El café de Fassbinder (que se pudo poner en pie porque los actores fueron a taquilla) o Fragmente de Lars Norén. Espectáculos discutidos, con calma y pasión, por los espectadores activos con sus profesores con el objetivo entenderse, acercarse, cerrar esa brecha que separa profesionales de público. Alumnos que al final de curso acaban haciendo(se) compañía y continúan quedando para ir al teatro. Ya sea en la Abadía, en el Corral o allí donde ese contacto, esas redes sociales que se han formado entre profesionales y aficionados, descubra unos a otros una obra que merezca la pena verse, discutirse. Una obra en la que sus maestros estén implicados y ellos puedan implicarse desde el otro lado. Esos maestros que generosamente llamaron a su mente y a su corazón, y al que los espectadores les abrieron las puertas para dejarlos entrar y establecer un compromiso que les permita ir juntos más allá, dar pasos hacia delante y ser parte activa de la evolución del teatro. Un público que ha cultivado su gusto por el teatro y ahora sabe apreciar sus sabores y disfrutar sus otros placeres facilitando que los profesionales se arriesguen porque saben que al otro lado hay alguien que les entiende.
Antonio Hernández Nieto

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn