Premio especial ‘Mujeres en Unión’

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Amparo Medina

Enrique de Castro y Madres contra la Droga, premio de la Secretaría de la Unión de Actores por su labor social contra la drogodependencia.

Acudir a escuchar misa en la parroquia de San Carlos Borromeo (actualmente Centro Pastoral), en el barrio de Entrevías, supone una experiencia nueva, una ruptura con lo establecido, un lugar de encuentro, pero no para un clero determinado y endomingado. El Centro Pastoral San Carlos Borromeo es un lugar abierto a creencias y culturas. Cristianos y musulmanes leen juntos la Biblia y el Corán.

Aquí muchas cosas son atípicas; los párrocos celebran la misa vestidos con ropa de calle y en la Eucaristía, en lugar de las consabidas ostias, se reparten rosquillas, galletas o simplemente pan. No quieren que la misa sea que alguien hable y que los demás escuchen. Y esta manera poco ortodoxa de impartir la palabra de Dios no ha gustado demasiado al arzobispado de Madrid por salirse de los cánones de la Iglesia. Pero pretender cerrar o reconvertir un lugar que lleva años ayudando, acogiendo y asesorando a la gente menos favorecida socialmente, a los “no rentables”, no es fácil. Los feligreses y no feligreses se han unido como una piña, entendiendo que la labor social va unida a la liturgia, que no pueden disociar la fe con la atención a los pobres.

Y en esta lucha conocemos a Enrique de Castro “el cura rojo” o “el cura de las puertas abiertas”, porque ni su corazón, ni su casa, tienen las puertas cerradas a quienes necesitan de su ayuda.

Una larga trayectoria

Enrique de Castro es, desde 1972, uno de los animadores de la Coordinadora de Barrios, defensor de inmigrantes y jóvenes marginados y maltratados, uno de los indispensables en la lucha social. Una realidad social difícil de comprender si no te ha tocado de cerca. En los años 80, la droga empezó a carcomer cuerpos y mentes. Los chavales deambulaban por el barrio sin rumbo ni destino.

Mujeres contra la Droga y Enrique de Castro (izda.)

En algún momento de lucidez, un grupo de afectados se acercó a la parroquia por iniciativa propia y tras ellos, muchas madres. Estas sufridas madres veían que las únicas soluciones que se daban a sus hijos eran o la cárcel o la policía. No convencidas de estas alternativas, empezaron a luchar todas unidas para que se aplicasen otras soluciones. Y de esta necesidad nació hace más de veinte años la Asociación de Madres contra la Droga. Buscaban la denuncia. Estaban hartas de llorar y querían contar a la gente lo que pasaba. “Presionar, denunciar y exigir” es su lema. La cárcel para sus hijos no es una solución. No creen en su papel re-educador ni de reinserción social. Son unas madres luchadoras y los propios enfermos son luchadores de su causa donde lo primordial es vencer la adicción, no recaer y mantener siempre la dignidad.

Ahora mismo la Asociación de Madres contra la Droga está formada por 15 mujeres de diferente ideología y condición. Madres sin miedo. “Nosotras no parimos niños delincuentes, se fabrican en la sociedad”, comentan. En su lucha han encontrado la dignidad que tenían perdida. Muchas ya tienen la cicatriz en el alma y la ausencia en la mesa. Pero no se dejan vencer por el dolor; ayudan a otras madres a no tener vergüenza de nada, a que no se sientan culpables pensando en qué han fallado. Las asesoran ante un problema que, al ser tan ajeno a su entendimiento, les resulta difícil de asimilar. Tienden los brazos a muchas familias que han sido las últimas en enterarse de la realidad en la que estaban inmersos sus hijos. Orientan a los drogadictos que salen de la cárcel en su búsqueda de un trabajo y en cuanto le es necesario.

Carmen Díaz es la presidenta de la asociación y Sara Nieto, la portavoz. En contra de lo que pudiera parecer, son mujeres llenas de alegría y de energía, siempre dispuestas a ir donde se les necesite y a manifestarse ante quien sea. Una vida hecha compromiso.

En cada rincón existe una realidad y encontrarnos con Enrique de Castro y con esas importantes mujeres ha sido una lección de generosidad.

Gracias, en nombre de esas madres y de esos chavales, por seguir abriendo puertas hacia la esperanza.

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