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La ironía y los laureles

Carlos Bernal

A lo largo de este artículo y en conversaciones anteriores con los integrantes de La Zaranda, descubro que los componentes de este grupo tienen una historia muy parecida a la de muchos de los actores de la generación que creó el llamado “Teatro Independiente”. Lo curioso es que teniendo historias tan parecidas, la mayoría de los grupos que conformaron ese indispensable movimiento teatral ya no existan. Mientras La Zaranda, por el contrario, dos décadas después, está llena de vida y avanza. Dan fe de esto la creatividad de sus espectáculos, sus largas giras y, cómo no, el recientemente recibido Premio Nacional de Teatro.

Otro rasgo diferencial del grupo lo constituye su estilo, su manera de escribir y decir el texto, su manejo del tiempo y el espacio, y la vuelta cíclica a la memoria personal y colectiva y a los recuerdos transformados o inventados por el arte o los efectos del paso de los años. Lo suyo es componer funciones que bailan en la cuerda floja, que penden entre lo vivo y lo muerto; la vida y la muerte como complementarias, inseparables y cada una generadora natural de la otra. Y esto a la hora de representarlo nos es servido con muy buena factura, amasado con poesía escénica y fuertes dosis de humor negro, o por lo menos, humor sepia, de postal vieja. Dicen los entendidos que este caldo de cultivo da como resultado atmósferas, imágenes y sensaciones que emparentan su trabajo con la ironía poética del director polaco Tadeus Kantor. Algo hay de expresionismo en su actuar y su decir.

Uno de los actores confiesa que sus primeros “ensayos de teatro” fueron cuando tenía que aprenderse un verso para declamarlo delante de los otros niños el día de la primera comunión. Se lo aprendió y lo preparó con esmerada ilusión durante dos meses. Justo cuando le tocaba decirlo, el cura dijo que estaba cansado y que ya no había más versos: primer estreno frustrado. Otro actor, el director, cuenta que su primera “actuación” fue haciendo la mili, le hicieron cabo primero y a veces tenía que dirigir a la compañía (de reclutas): “Yo ya había hecho mis pinitos teatrales, pero allí me sentía dirigiendo un teatro, el más grande que hubiera tenido en las manos”.

Los recuerdos más antiguos de este actor-director andaluz datan de Francia. Cuando tenía un año sus padres emigraron al norte del país galo a trabajar (1957). Pasaron largos años y con los francos ahorrados regresaron a España, al barrio, al flamenco, al “fino” y al vinagre: a Jerez. Tiempo después, con dieciocho, emigró de nuevo, pero esta vez solo y a Madrid, a estudiar teatro en la RESAD. Para sacarse dinero había trabajado un año duro, no en la cultura, sino en la agricultura. Vaya, como un detalle, no consiguió entrar en la escuela de arte dramático. Entonces, Paco Sánchez regresa a Jerez y con un antiguo compañero de la EGB, Gaspar Campusano, fundan La Zaranda. Poco a poco se suman a ellos: Juan Sánchez, poeta y maestro de escuela, Eusebio Calonge que venía de hacer la mili con los paracaidistas en Murcia y Quique Bustos, estudiante de música en el conservatorio de Sevilla. Desde allí y hasta hoy han montado una veintena de espectáculos de los que, en la gran mayoría, ellos mismos han sido los autores de los textos.

Hasta 1983 su trabajo no había sido mostrado fuera de Andalucía, a partir de allí con un “estilo propio” que empezaba a dibujarse claramente, profundizando tanto en la entraña de local que desde allí se hacía universal, salieron a mostrar su trabajo al resto de la península. Hoy por hoy son una de las compañías españolas que más trabaja en el exterior. Esto, de alguna manera, lo facilitó la apuesta que por ellos hizo Juan Margallo y El Festival de Teatro  Iberoamericano de Cádiz. No se puede hablar de La Zaranda sin remitirse a sus habituales giras por Latinoamérica, a su hermanamiento y complicidad con ese continente que acogió entusiasmado sus propuestas enseguida y todavía. En ciudades como Bogotá, Montevideo, Manizales, Buenos Aires, La Habana y Santiago, sus públicos y sus gentes de teatro les aplauden, les aprenden y les enseñan.

¿Por qué extrañas razones del arte y las leyes implacables de la oferta y la demanda muchas compañías españolas directamente, herederas del los legados del Teatro Independiente, no han corrido la misma suerte? ¿No pudieron sobrevivir con independencia en el mercado de hoy cuyo único cliente es el Estado? ¿No han querido su independencia tanto como para defenderla ante los avatares de los tiempos que corren y los actuales patrones culturales?

Que existe público para este tipo de compañías, salas, temas, críticos… “La Zaranda” lo evidencia. También que no ha sido fácil, pero es.

Sirva pues esta reseña para desear larga vida, salud y oportunidad a este tipo de teatro y a las gentes que en tiempos de crisis (y siempre) se lo proponen. En todo caso cada vez que este u otro grupo se prepara para salir al escenario, en ese mismo instante miles de actores y actrices en todo el mundo hacen lo propio. Y al mismo tiempo miles y miles de personas a las puertas de los teatros, pequeños pero acogedores, de la tierra se preparan para emprender con ellos ese viaje a través de uno mismo, que es la representación.  Piensa el cronista que de alguna manera los laureles del premio a La Zaranda también se refieren a los no premiados que asumen el hecho teatral de una manera que se les parece: con poesía, rebeldía, rigor y travesura. Para la Zaranda el premio es el reconocimiento al placer de hacer teatro bien hecho sin renunciar a sus presupuestos artísticos y a sus concepciones poéticas. Para el cronista el premio es conocerlos y ser un espectador fiel de sus obras.

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