Ramón Barea: “La felicidad del actor es el trabajo continuado”

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_ramonbarea_9dc603e9_424x636Ramón Barea ha sido galardonado con el Premio Nacional de Teatro 2013, por su faceta de “hombre de teatro integral”, como actor, director, dramaturgo y productor.
El jurado ha destacado su implicación en “proyectos arriesgados”.
En las Comedias bárbaras, que estrenó el Centro Dramático Nacional el pasado diciembre, asumió el rol principal de Montenegro.

A:¿Es tu primer premio?
R.B: No. He tenido alguno de la Unión de Actores del País Vasco, en montajes donde he colaborado o que he dirigido. También algún premio Ercilla, por lo mismo, pero un premio personal de este nivel no he recibido nunca. Éste es el gran premio.
A:Entonces… ¿estás contento de no ser transparente?
Siempre he tenido la sensación de que en este mundo nuestro de las artes escénicas, lo que no pasa en Madrid o Barcelona parece que no pasa. Cuando estás llevando una labor permanente como actor o director, y te conocen a través del cine o de algo de televisión, siempre hay una idea difusa de tu trabajo. En Madrid me ocurre más, el País Vasco, afortunadamente, está más cerca de mi trayectoria, pero de pronto es como que no te acaban de ver, como que no existes. También es culpa mía, no pertenezco a la Asociación de Autores de Teatro, ni a otras asociaciones, por pereza y porque al final soy un actor que se ha visto necesitado de dirigir o escribir para la compañía, porque mi vocación frustrada o semifrustrada, es la de actor, ya que no me he podido dedicar íntegramente a ella.
A:¿Son necesarios los premios?
R.B: Tengo mis dudas, pero en el fondo creo que sí son necesarios. Hace poco he estado en una comisión de la Fundación Autor, de la SGAE, en el comité de control, para los últimos MAX, y estamos en la transición para que ahora los premios sean ante jurado. Mi posición desde el principio, aunque pueda parecer un disparate, era suprimir el concepto competitivo, que tuviese un sentido de premio honorífico. Soy partidario de aprovechar el soporte televisivo y la fiesta como un gran spot publicitario, pero el que tuviese ese carácter honorífico y no competitivo, no cuajó, aunque ha habido algunos cambios.
A:¿Un sueño que te gustaría se hiciera realidad y otro ya cumplido.?
R.B: Que se volviera a recuperar el vínculo con el teatro que han perdido los jóvenes. Un sueño sería invertir en espectadores. Se invierte en gestores culturales, pero nos hemos olvidado de la creación de público como ciudadanos sensibles a un lenguaje cercano, que puedan acercarse a la danza y al teatro desde muy jóvenes y no perderlo. Que recuperemos ese eslabón perdido. Y un sueño cumplido es tener en Bilbao un espacio permanente de trabajo y de exhibición, que es lo que hemos conseguido con el “Pabellón 6” donde hemos pasado de ser materia contratable, a crear algo para que sea visto durante un tiempo.
A:¿En qué momento de tu carrera artística te encuentras?
R.B: No lo sé. Estoy haciendo trabajo de actor de manera regular y es donde más cómodo estoy. Estoy en pleno disfrute, tengo la sensación de estar empezando y eso que llevo cuarenta años.
A:¿Dónde te sientes más cómodo, en el teatro o en el audiovisual?
En el teatro, el territorio más natural, más orgánico para los actores. Mientras que, en el audiovisual, como actor, nunca tienes el sentido de la totalidad, es algo que depende del director, no sabes como va acabar esa película o esa serie de televisión. Sólo en el teatro tienes la conciencia del otro, de la distancia, del tono con el que te habla, de la situación, de lo que ha pasado antes.
A: ¿Como director o actor?
R.B: Estoy más cómodo de actor que como director. La perspectiva me ha aclarado, por qué he quemado tantas neuronas de manera innecesaria dirigiendo y, si encima llevas la producción aunque sea una compañía pequeña, el desgaste, el nivel de riesgo al que te sometes es tan grande que, a veces piensas que es mejor que te dirijan. Una de mis pasiones últimamente es ver dirigir a otros. Además, como actor, siempre se te reconoce más el trabajo.
A: Te has metido en la piel del Don Juan Manuel Montenegro de Valle Inclán.
Siempre tuve la idea de que era una persona con una fuerza y un señorío muy especial. Sin embargo ahora, a medida que lo interpretaba, me ha dado la impresión de que era un hombre muy débil. Es difícil de acercarse a Montenegro porque es muy sorprendente, hace un recorrido muy contradictorio. Un hombre que empieza riéndose de la Iglesia, de los curas…y acaba ordenando a Dios que le perdone.
A:¿La  actual crisis va a dejar nuestra profesión en la U.V.I.  para siempre?
R.B: A pesar de los pesares somos imparables. Aunque rebajen los presupuestos para cultura, nos vamos a buscar la vida. Nunca he esperado a que me contraten y si me quedo sin trabajo y nadie me contrata, voy generar una actividad.
A: ¿Son las salas alternativas una solución?
R.B: Están asumiendo la responsabilidad de la Administración. Deben ser un complemento a los teatros, no un sustituto de ellos. Son una forma valiosa de creación de público y las estamos gestionando los propios actores. No me parece la solución, pero esta crisis está provocando que nos colemos por las rendijas, y vayamos a buscar otro público, porque se ha estado formando un público muy “especial” y realmente todo el mundo es público potencial del teatro, aunque sólo se haya trabajado para algunos en estos años.
A:¿Haría falta más unión de toda la profesión?
R.B:Para algunas cosas sí, aunque tengo miedo de ese asociacionismo donde cabe todo el mundo, de cualquier manera y que conjugan todas las ideas.
A: ¿No crees que cada uno va a lo suyo?
R.B: Un poco sí. Aunque también puede ser la edad, porque al principio tenía la idea de juntarnos todos, crear asociaciones, y luego descubrías que abrías una puerta armándole un Cristo a la Administración en el País Vasco, con una huelga a la japonesa actuando gratis para comisiones populares, conseguías tus reivindicaciones y de pronto otros se colaban por esa puerta. Entonces pensábamos que algo estaríamos haciendo mal. Cada vez confío más en las personas.
A: ¿Has tenido algún parón largo de trabajo que te haya hecho pensar si merecía la pena seguir en esta profesión?
R.B: Ninguno, afortunadamente. He tenido momentos de menos trabajo, pero como la actividad me la generaba yo, me daba tiempo a ensayar lo siguiente o a hacer un curso. He saltado de un terreno a otro cada vez con más comodidad, al principio con menos dinero, menos recursos y peor vida, pero he resistido.
A:¿Tuviste claro desde siempre que era esto lo que te gustaba?
R.B: Lo de ser actor, sí. Empecé a trabajar muy joven en una oficina, porque sabía escribir a máquina, pero era muy mal estudiante. Era espectador de teatro, empecé viendo las funciones de teatro de los colegios. En mi casa me daban una parte del sueldo que ganaba y me lo gastaba casi en ir al teatro. Veía los Festivales de España cuando iban a Bilbao. Me convertí en un espectador compulsivo. Empecé con recitales de poesía, con asociaciones de barrio. Me vine a Madrid porque mi hermana se vino aquí a vivir y me iba al teatro con mi bocadillo de calamares, otra de mis pasiones, que en aquella época los tenían en casi todos los bares.
A: ¿Qué es lo más gratificante de tu profesión de actor?
R.B: Superar pruebas, someterte a una tensión nueva y superarla. Y, además, en la profesión de actor, actuar muchos días seguidos, se convierte en la mejor sesión de terapia. Trabajar para nosotros es el único estado de felicidad continuada.
A:¿Sueles leer las críticas?
R.B: Sí. A veces me enfado y otras no. Aunque ya tienes un callo. Y, además, no se les puede contestar, no se debe, porque va a ser peor, convives con esa parte terrible, porque a veces la crítica es injusta. Creo que es una especie de mal que debemos padecer los actores, porque no estoy muy seguro si el público las lee. Las entrevistas las leo
por si acaso digo o me hacen decir algo que no debiera.
A: Cuéntame un chiste de bilbaínos de despedida…
Me viene de familia. Te voy a contar uno que es muy conocido pero que me gusta. Dos de Bilbao que están cogiendo setas. De pronto uno dice: ¡Mira Pachi, aquí hay un Rolex!, y Pachi dice: ¡Vale vale! El otro insiste: “¡Que es de oro, coño, míralo!”. Y Pachi enfadado le suelta: ¿Aquí a qué hemos venido? ¿A setas o a Rolex?

José Ramón Pardo

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