Raquel Daina, superviviente de la pasarela

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enfoques_entrev_3_1Llega Raquel paseando un perro diminuto y silencioso. Pelo rojo, cardado, maquillaje de los que siempre se han usado en teatro: máscara negra alrededor de los ojos y labios de un rojo sangriento. Así, con la poco rutilante luz de antaño, veían desde las últimas filas el rostro de las actrices. Ella es la mayor de las Daina. La menor, Irene, falleció en 2011. Dos mujeres esplendorosas que durante más de veinte años brillaron en las pasarelas de revista. Raquel Daina –confiesa 84 años– es una de las supervivientes de una especie en extinción: las vedettes.

Raquel Daina.- Nuestro abuelo, Perico Daina, ya era actor al final del siglo XIX, pero solo actuaba en Aragón. De allí era nuestro padre, Fernando. La madre era valenciana y hermana de la madre de Queta Claver. ¡Qué triste final tuvo nuestra prima!

Actores.- Los padres de las Daina eran gente del teatro. Con ellos, siendo niñas, aparecían en papeles infantiles de zarzuela. Pero el padre, un barítono que cantó mucho junto a Marcos Redondo, falleció con solo 47 años, cuando Raquel recién salía de la adolescencia. ¿La situación económica familiar provocó su entrada como chica de conjunto en el Albéniz?

RD.- No – afirma rotunda- ya había entrado. Con toda la familia en el teatro era casi inevitable. Empecé en el conjunto pero en 1946 me llegó la oportunidad de ascender de categoría. Eulalia Zazo era la primera vedette de la revista Tabú, en la Zarzuela. Se puso enferma y Paso, el empresario, me preguntó: ¿Te atreves a hacerlo tú? Y, claro, dije que sí y comencé a ser conocida. Ya en Róbame esta noche (1947), en el Albéniz, cantaba “A mí que me cuenta usted”, que se convirtió en una pieza muy popular.

A.- En los años 40 y 50 la mayoría de los teatros madrileños se dedicaban a la Revista: Martín, Maravillas, Fuencarral, Alcázar, La Latina, Calderón, Albéniz, Zarzuela, Pavón, Fontalba, Lope de Vega…

RD.- En el Albéniz me vio Muñoz Román y me contrató de segunda vedette. Para las giras iba Mary Merche, que no gustaba mucho, así que me dio la oportunidad de estar seis meses fuera de Madrid. Mi hermana pequeña iba de tercera vedette.

“Los jóvenes ya no saben nada de la Revista ni de quienes la hicimos. Y los directores… también dejaron de llamarnos cuando aún podíamos hacer muchos personajes”

A.- Entre las muchas leyendas sobre la Revista, está la del admirador que regalaba joyas y pieles a las estrellas…

RD.- Existían. A mí me han regalado muchas joyas. No me pedían nada y me agasajaban. Estando en el Maravillas llegó un señor con un espléndido sello de oro engarzado en brillantes. Pero era el obsequio a estrellas que admiraban. Yo me gastaba fortunas en vestuario de escena. El que me ponían las empresas no solía gustarme. Así que me iba a la plaza de Santa Ana, donde tenía taller Rosina, y me hacía trajes a mi medida. Ella era la mejor sastra y yo la que mejor lucía los sombreros y las plumas en escena.

A.- ¿Era tan problemática la censura?

RD.- Siempre estábamos peleando con el censor. Llegaba al ensayo general y empezaba a marcar alargamiento de faldas, subidas de escote… les preocupaba más lo que enseñábamos que lo que decíamos. Aunque los textos eran muy simplones, graciosos, pero para tontos. Pero cuando no estaban entre el público hacíamos lo que nos apetecía.

enfoques_entrev_3_2A.- ¿Era un trabajo bien pagado?

RD.- Yo llegué a cobrar ochocientas pesetas diarias –te hablo de los años 50– y trabajaba todos los días. Una chica de conjunto no creo que llegara a los veinte duros. Y en las giras se ganaba dinero. Con Muñoz Román, en seis meses de una tournée, me traje a casa ochenta mil pesetas limpias.

A.- Cumplían las empresas las cotizaciones obligatorias?

RD.- A mí, a veces, me decían: “Ya está todo en orden.” Pero yo exigía papeles y comprobantes de que se habían pagado las cotizaciones. Así he podido llegar a cobrar una pensión aceptable. Pero hay decenas de compañeros de mi generación que han quedado en la miseria.

A.- Raquel Daina, en su época gloriosa, competía con Monique Tibaut, Virginia de Matos, Maruja Tamayo, Trudi Bora y Celia Gámez, claro. ¿Eran ustedes rivales?

RD.- No. Cada una teníamos nuestro teatro, nuestro público. Aunque, por supuesto, todas queríamos llegar a ser más que las demás. Cada primera vedette teníamos, como mínimo, cuatro o cinco números estelares en cada espectáculo. Yo entonaba bien. No tenía voz potente y tenía que pedir al maestro que bajara un poco el volumen de la orquesta cuando cantaba. Sin micrófono, por supuesto.

A.- En este género el final de una carrera estelar podría ser temprano y, a veces, traumático. ¿Eran conscientes de que una vedette tenía una vida artística corta?

RD.- Ya sabíamos que al llegar a los cuarenta años debíamos empezar a pensar en dejar las plumas. Aunque mantuvieras un físico importante, las empresas buscaban nuevas estrellas más jóvenes. Yo, con veinte años, era ya primera vedette y me mantuve otros tantos en primera fila. A los cuarenta y cinco lo dejé definitivamente. Y ya era mayor para vedette. Me pasé a la comedia, con algún éxito y alguna equivocación. En 1966 representaba en el teatro Club Los derechos de la mujer. Mi hermana Irene iba de primera actriz. Pero tuvo que dejar el montaje y me ofreció ocupar su puesto. No quise y me marché a Buenos Aires. Estuve seis años y, cuando volví, había perdido muchas oportunidades.

A.- ¿Arriesgó alguna vez su dinero como empresaria de compañía?

RD.- Solamente una vez, en 1955. Monté compañía con Luis García Noval como primer actor y director. Y perdí mucho dinero. Siempre estuve contratada. Tenía mi representante, Collado, y él gestionaba los sueldos, temporadas y giras.

A.- La Revista estaba ya entonces en franca decadencia…

RD.- Sí, la Revista comenzó a morir en los años 60. Era cada vez más costoso montar una compañía. Las que yo hacía contaban una historia, tenían un libreto, canciones originales, lujo… Era imprescindible tener hasta tres vedettes y tres cómicos de renombre, además del conjunto. Todo fue bajando de calidad hasta que desapareció por completo. Yo aún me refugié un par de años en los clubes nocturnos de Madrid, sobre todo en el York de la Gran Vía.

A.- De la larga lista de vedettes triunfadoras, apenas tres o cuatro lograron sobrevivir artísticamente en la comedia: Queta Claver, Mary Begoña, Maruja Boldoba y su hermana Irene.

“A mí, a veces, me decían: “Ya está todo en orden.” Pero yo exigía comprobantes de las cotizaciones. Así he podido llegar a cobrar una pensión aceptable. Pero hay decenas de compañeros de mi generación que han quedado en la miseria”

RD.- Irene hizo cosas importantísimas en teatro y televisión. Para la Revista le faltaba, quizá, un poco de picardía, de segunda intención. Cuando dejé la pasarela no me llamaban para televisión. Recurrí al ministro Fraga y, gracias a él, pude hacer tres o cuatro cosas. Tampoco he tenido carrera cinematográfica. Una cosa muy simpática con Marisol –Ha llegado un ángel (1961)– y cuatro o cinco papeles más.

Deja Raquel sin terminar su caña de cerveza. Salimos a la calle donde algunos vecinos la saludan.

RD.- Sí, me preguntan cómo estoy… pero todas son personas mayores, por encima de los setenta. Los jóvenes… los jóvenes ya no saben absolutamente nada de la Revista ni de quienes la hicimos. Y los directores… también dejaron de llamarnos cuando aún podíamos hacer muchos personajes. Pude haber estado hasta hace muy poco en escena. Tengo memoria, sé estar en un escenario…

Pero seguramente, esos vecinos, y muchos madrileños más, no olvidarán Yo soy casado señorita, A lo tonto, a lo tonto, Los ladrones van a la oficina, A Roma por todo… Después de cuarenta años sobre los escenarios, Raquel Daina fue desapareciendo silenciosamente de ellos. En 1983 intervino en la zarzuela Alma de Dios y, finalmente, en 1985, en Cuando los niños no vienen de París, junto a Jesús Guzmán. Hoy la otrora explosiva vedette se limita a pasear mañana y tarde a su perro por el castizo barrio de Antón Martín.

Autor: Antonio Castro

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