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Javier Huerta

 


Flor de Otoño abrió la temporada 2005-06 en el
Centro Dramático Nacional.


José María Rodríguez recogiendo el premio Max
de Teatro.


Otro momento de la representación de Flor de otoño.

Había nacido en la calle de la Ruda, en pleno riñón del barrio de la Paloma, donde de niño veía pasear a don Carlos Arniches, entre naranjeras, cigarreras y aguadores, tomando notas para sus sainetes, como un Zola de aquel Madrid castizo y jaranero. Con el color y el sabor de esas imágenes populares, pronto aventadas por el turbión de la guerra, fue trazando el dibujo de unas gentes que reían mucho pero que también sufrían y lloraban, claro que lloraban. Frente a la retórica chispera del ingenio alicantino, a él siempre le interesó más explorar la entraña de la desdicha. El itinerario por ese Madrid más hambriento que brillante está contado en Historia de unos cuantos, donde les fue siguiendo la pista a aquellos puntos inolvidables del género chico –el Julián, la Susana, el Felipe, la Mari Pepa–, desde la Restauración en que nacieron hasta la Dictadura franquista que los vio morir. Más allá del costumbrismo, esta pieza admirable no es, en verdad, sino el canto elegíaco por la España rota, la del cincel y de la maza, la misma que soñó Machado, a quien tanto se parecía.

Sainetero

Le complacía ser uno más en la ristra de saineteros –Tomás Luceño, Ricardo de la Vega, Felipe Pérez–, que habían sido, a fines del XIX, los heraldos de una revolución social que siempre quedó pendiente a base de cuartelazos. No por casualidad, el apóstol, Pablo Iglesias, tenía a La verbena en el altar de sus devociones escénicas. A su manera, seca y austera, supo levantar el acta final de un mundo del que sin embargo siguió alimentándose el teatro neorrealista de la Posguerra: Buero, Sastre, Olmo, Muñiz, Recuerda y, naturalmente, él mismo: José María Rodríguez Méndez, que ha muerto en el otoño de Aranjuez, lejos de su casa de la calle de las Huertas, en pleno barrio de las Letras, donde solía cruzarse con los fantasmas de Cervantes, Lope, y toda la caterva de cómicos –sus admirados cómicos– de aquella bendita Edad de Oro.

Lo popular le salía del alma. Cuando sus años en Barcelona, luego de haber hecho la campaña de Ifni como teniente de la Legión, promovió el teatro en las salas parroquiales, las fábricas y las tabernas del Barrio Chino. Para aquella aventura de “La Pipironda” escribió farsas como el Auto de la donosa tabernera, y alguno de sus más ácidos dramas, La batalla del Verdún, donde aparecía en toda su crudeza el drama de la inmigración. Aquellos ambientes le inspirarían también la que, sin duda, es su pieza maestra: Flor de otoño; la historia patética de un personaje de la alta burguesía catalana, abogado de día, anarquista de convicción y travelo de noche en el Bataclán, uno de los antros que, en la Barcelona de los años treinta, frecuentaba Jean Genet cuando había de ganarse la vida como chapero. Para mí tengo que el traje de esta criatura dramática, que en la gran pantalla encarnara José Sacristán, lo hizo muy a su medida, a la medida del más secreto y complejo Rodríguez Méndez.

Fue siempre fiel al realismo, el estilo que él pensaba más nuestro, y con el que logró hacerse un hueco en la escena de los primeros sesenta con dramas tan desgarrados como Los inocentes de la Moncloa, una crónica de la juventud de aquel tiempo de silencio, no exenta de algún toque de humor casi irreverente. Cuando uno de los protagonistas se pone demasiado estupendo y dice algo así como “déjame tranquilo dentro de mi angustia”, hay otro que le replica guasón: “Esa frase debe ser de alguna obra de Buero Vallejo”. Y es que pienso que el realismo le venía estrecho, y necesitaba de cuando en cuando la coña del chulapo barriobajero y el distanciamiento irónico para hacerse oír en aquella sociedad timorata y aburrida.

Demócrata

Al igual que otros compañeros suyos –Recuerda, por insobornable, fue el más afín a su personalidad– creyó que la Democracia, desaparecida la censura, les traería el regalo de los estrenos. Pronto se dio cuenta, sin embargo, de que los nuevos teatreros sólo tenían ojos para los ídolos de fuera, Brecht por ejemplo, a quien él, por cierto, contrahizo en El círculo de tiza de Cartagena. Pese a todo, el Centro Dramático Nacional acogió otra de sus mejores obras, Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga, espléndidamente interpretada por José Luis Gómez y Aurora Pastor, y en la que había ya más Valle que Arniches.

Pero José María siguió en su plan de costumbre, asumiendo el papel de cascarrabias y de aguafiestas que él mismo se había adjudicado en el cotarro teatral, con sus Comentarios impertinentes sobre el teatro español, atizando –y ahí no se equivocaba– contra nuestra proverbial Incultura teatral; los despojos del teatro, en fin, título de su último libelo. Eran quejas y protestas de un hombre convencido de la importancia de su oficio pero que, en el fondo, era bueno. En cierta ocasión declaró: “Lo que quisiera es seguir haciendo lo que hago, pero mucho mejor. Quisiera que cada conclusión lógica susceptible de desprenderse de mi obra fuera un bofetón rotundo que extirpara los dientes de muchos sinvergüenzas. Desgraciadamente, mi agresividad es corta. Desde Vagones de madera a Los quinquis de Madriz, he querido gritar. Y me han tapado la boca una y otra vez. Por eso quiero gritar cada vez mejor, con más fuerza. Aunque no se me oiga”.

Para la antología de la mejor literatura dramática de los años finales del siglo XX quedarán sus obras ambientadas en el Siglo de Oro. El pájaro solitario, por la que recibió el Premio Nacional de Literatura Dramática, es una espléndida evocación del tiempo pasado en prisión por san Juan de la Cruz, con diálogos memorables en los que la más alta expresión de la mística se codea con la jerga germanesca de rufos y daifas. Asimismo, en torno al mundo cervantino tejió una obra entrañable que primero se llamó Literatura española, después Puesto el pie en el estribo y, finalmente, El rincón de don Miguelito: la ventana de su casa de la calle del León, esquina a la de Francos, desde donde Cervantes veía pasar e interpelaba a sus criaturas de ficción: Cristinica, el Sacristán, Sancho Panza… No sé mejor forma de acabar este artículo de despedida al maestro, al amigo, al gran dramaturgo que fue Rodríguez Méndez, que estas palabras que dice el escudero a don Quijote, a don Miguel, a don José María, poco antes de bajar el telón: “Señor, que ya es llegada la del alba y habemos de partir. Apresúrese su merced que ya tengo aparejado a Rocinante… Y anímese, mi señor, que aún habemos de alcanzar muchas jornadas y largo habemos de coloquiar en nuestra lengua romance. Vos con vuestra sabiduría y yo con los refranes de mi pueblo… Largo vamos a platicar, señor…. Y mire que ya está apuntando el alba…”

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