Silvia Marsó: “El zoo de cristal nos enseña mucho sobre cómo somos”

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He tenido la suerte de compartir un rato con una de esas actrices que honran el significado y el compromiso que requiere este oficio. A Silvia Marsó, además de avalarla una larga trayectoria profesional, en la que ha demostrado que el talento, además de tenerlo, hay que cuidarlo, trabajarlo y “regarlo”, la define su gran compromiso con su profesión, como ha quedado patente en esta entrevista que tanto me ha costado resumir, ya que cada palabra era digna de haber sido escrita.

Me gustaría empezar con una frase tuya que comparto al cien por cien: “una buena obra de teatro es una lección de vida”. ¿Podríamos decir de la obra que representas actualmente, “El zoo de cristal”, que es una lección de vida? ¿Por qué?

Por supuesto. El otro día vino una psicóloga amiga mía y me dijo que iba a mandar a algunos pacientes suyos (Risas). En esta obra están descritas todas las grietas que se producen en las familias, en las relaciones entre padres e hijos, el exceso de expectativas, las frustraciones… es una obra que hay que ver porque nos enseña mucho sobre cómo somos.

Después del éxito obtenido en el Fernán Gómez y en la gira, ahora estáis en el Teatro Bellas artes… ¿Cuál es vuestro próximo destino? ¿Tenéis previsto seguir?

Sí, haremos gira por toda España hasta marzo del año que viene, pero el 26 de Julio nos despedimos de Madrid.

¿Qué ha significado para ti meterte en la piel de Amanda, sin duda uno de esos grandes personajes femeninos de la historia del teatro?

Pues es un personaje que yo no habría elegido para mí. Al principio pensé que se habían equivocado (Risas). Pero luego me convenció Francisco Vidal, porque él quería dirigir la obra de una manera muy concreta, y al ver su propuesta y que la adaptación de Eduardo Galán era dinámica y directa, me decidí a hacerlo, porque sin sacrificar ni un ápice el texto de Tenessee Williams, logra darle a la obra una fluidez y una rotundidad que no tienen otras versiones que he visto a lo largo de mi vida.

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¿Fue quizás el hecho de que el personaje de Amanda tuviera una energía que quizás encaja, a priori, más con alguien con más edad una de las cosas que te hicieron dudar que el personaje fuera adecuado para ti?

Sí, esa fue una de las cosas que al principio me hicieron dudar. Me daba mucho respeto. Pero Paco solucionó la parte física con una peluca de nuestra gran “Antoñita”. (Risas) Para mí es un honor llevar una peluca hecha por esta mujer a la que todos queremos tanto. Yo he hecho un trabajo de composición de manos, de tensión… y sobretodo he comprendido a esta mujer que, viniendo de una familia rica, se arruina por culpa de un matrimonio desafortunado y tiene que luchar para sacar adelante dos hijos ella sola a principios del siglo XX. Eso la va convirtiendo en alguien que está en constante alerta y en continua crispación y por otra parte en alguien que se ha olvidado de sí misma para volcarse en sus hijos, por lo que la vida la ha envejecido a marchas forzadas. Además, pasa de la ira al llanto, de la ternura a la crueldad, de la tranquilidad a la desesperación en un segundo. Y eso como intérprete es un ejercicio muy doloroso, porque yo no sé hacerlo de mentira, mi compromiso con la profesión no me permite hacerlo “fingido”. Necesito hacerlo de verdad, porque si no, me siento “traidora”. Para mí el teatro es como una religión, por eso en el escenario necesito intentar hacer las cosas de verdad.

Has trabajado en cine, teatro, TV e incluso has tocado géneros como el musical o el clown. ¿Hay algún medio o género con el que te sientas especialmente cómoda o disfrutas con todos ellos por igual?

El teatro es el que me parece más auténtico y el que te da más libertad para ser dueño de tu cuerpo y de tu expresividad. Nadie puede manipular lo que estás dando en directo. Pero el cine también tiene algo muy bonito que es elaborar el pensamiento del personaje para que salga sin que tú tengas que marcarlo. Son dos formas de trabajar totalmente diferentes y eso es algo que muchas veces en las escuelas no se enseña. Hay una laguna en ese aspecto y por eso a veces hasta que no cometemos errores a la hora de trabajar no aprendemos esa diferencia. La posibilidad de trabajar de una manera minimalista el pensamiento y la psicología del personaje me parece una característica muy bonita que nos ofrece el cine.

¿De qué modo crees que los artistas podemos contribuir a cambiar la sociedad en la que vivimos? ¿Crees que es nuestra responsabilidad moral hacerlo?

Creo que es nuestro deber hacerlo, porque creo que esta profesión existe para eso. No se creó para cubrir la vanidad de un ser humano ni para crear estrellas mediáticas, sino para cuestionar a la sociedad. Debemos honrar el legado que hemos recibido. El arte nació con un fin. El de cuestionar, educar… y creo que debemos ser fieles a ese fin.

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¿Crees que a veces se nos olvida? ¿Hay gente que confunde ser artista con ser famoso? ¿Nos tomamos la fama como un fin en sí mismo?

Quizás a veces sí. A veces hay que tomar decisiones y se trata de tener claro lo que quieres ser. Si quieres ser actor, con la responsabilidad que implica serlo, a veces hay que renunciar a otras cosas. A mí cuando era muy joven me ofrecieron un contrato millonario en exclusiva con una cadena. Al mismo tiempo me llamaron para hacer Eurípides, dirigida por Emilio Hernández, y no dudé. Acepté un sueldo “bajito”, porque hacía un papel pequeño, Polixena, y tuve la suerte de trabajar con grandes compañeros. No dudé en renunciar a la fama y al dinero por hacer lo que siempre he querido hacer: ser actriz, que es algo que para Mí implica un compromiso vital. A veces en la vida hay que elegir entre ser actor o ser todo lo que la inercia de los medios te puede llevar a ser.

Como actriz afiliada a la Unión de Actores y Actrices, y comprometida con tu profesión, ¿consideras que es importante estar afiliado al sindicato? ¿Por qué?

Creo que es fundamental, por el mismo motivo por el que renuncié a un trabajo al cual me costó muchas lágrimas renunciar porque no pagaban ensayos. Por eso estoy en la Unión de Actores, porque creo que todos deberíamos respetar los convenios, proteger a las nuevas generaciones y ayudarles a que no se explote a la gente que empieza. Creo que todos deberíamos estar sindicados. De hecho, en otros países, lo raro es no estarlo. Espero que poco a poco nos vayamos concienciando. Si nuestros compañeros no se hubieran unido en los años 70 no habrían conseguido el día de descanso a la semana.

Hace unos meses afirmabas que nuestra profesión está “herida de muerte” y que vivía una de sus peores épocas en la historia de la democracia. ¿Crees que las cosas podrían empezar a cambiar?

Los primero que habría que hacer es cambiar la mentalidad de algunos gobiernos que no plantean la cultura como un bien y un derecho incuestionable de la sociedad que les ha votado. Hasta que no bajen el IVA, la cultura seguirá estando herida de muerte. Yo he sido productora teatral y esa subida del IVA ha anulado la capacidad de amortización de cualquier proyecto que emprenda una pequeña empresa. Ese 10% de margen que tenían las productoras para ir sobreviviendo lo han anulado y eso ha sido como un hachazo en la yugular. No tiene ningún sentido. No pedimos milagros, solo que lo pongan a la misma altura del resto de Europa…

¿Qué consejo darías a los actores que están empezando?

Que busquen un plan B. Porque es una profesión con mucha incertidumbre y no puede ser de otra manera. Aunque las cosas fueran bien, esta profesión conlleva vivir en la ilusión, en el riesgo… es parte de nuestra forma de entender la vida. Si no, nos convertiríamos en “funcionarios”. Tenemos que aceptar esta forma de vida como algo nuestro. Y para no frustrarnos, ya que hay momentos en los que no podemos sobrevivir, lo mejor es tener un plan B al que recurrir.

Foto: Nacho García y Secuencia3

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