Teatros : Teatro Infanta Isabel: del género ínfimo al teatro burgués

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Antonio Castro

Durante años, el empresario Arturo Serrano y la actriz Isabel Garcés dirigieron el Infanta Isabel con mano de hierro, despertando cierto temor reverencial entre los artistas y escritores. Algunos actores afirman que todavía vaga por la sala de este teatro centenario el fantasma de don Arturo.

La compañía del Infanta Isabel, rodeando al
dramaturgo Jacinto Benavente

Isabel Garcés, la emperatriz del Infanta
Isabel, alcanzó mucha popularidad
en los años sesenta

Fachada principal del
teatro Infanta Isabel

En principio fue el cine

Cuando en febrero de 1907 se abrió un barracón de espectáculos en la calle Barquillo solamente se pensó en dedicarlo al cine con el pomposo nombre de Nacional. Pero en aquellos comienzos del Séptimo Arte la corta duración de las películas obligaba a complementar las sesiones con actuaciones en directo. Así que pronto el nuevo local pasó a llamarse Petit Palais y, como no estaba muy bien equipado, presentaba artistas de variedades, el denominado género ínfimo. Allí actuaron Rafael Arcos, padre, Raquel Meller, Angelita Solsona y hasta Celia Gámez en sus primeras visitas a España. El Petit Palais tuvo una clientela popular ya que el barrio entonces no era de los más elegantes en la capital española. A todo esto, lo había promovido un conocido empresario riojano, Luis Garrido Juaristi, que llegaría a ser alcalde de Madrid, aunque todo el mundo del teatro siempre ha pensado que ese local era de Arturo Serrano y de su compañera Isabel Garcés. Esa creencia tiene su base en que, pocos años después de la apertura, este apellido entró en la gestión, empezando por darle un nuevo nombre con la intención de dignificar su programación. Así, en 1913, con Arturo Serrano padre al frente, el Petit Palais pasó a llamarse Teatro Infanta Isabel. Como tal lo conocemos hoy aunque, durante la II República perdió el título real siendo conocido como María Isabel y también Ascaso, apellido de un destacado anarquista de la época. Tras la victoria franquista recuperó rápidamente el nombre original. Su aspecto ha variado poco desde los años veinte, aunque al cambiar de manos, haya sufrido alguna pequeña reforma, que será ampliada próximamente, afectando, sobre todo, a la distribución del vestíbulo. En él se encuentran los elementos artísticos más destacados del teatro: las hermosas vidrieras de Maumejean, firma que también trabajó para el Calderón y para el Reina Victoria.

Arturo e Isabel

Arturo Serrano padre falleció en accidente de tráfico el año 1925. Su viuda, Fabia Arín y su hijo Arturo, heredaron la gestión y el apellido siguió hasta que en 1986 murió también Arturo hijo sin herederos. El empresario estuvo unido casi toda su vida a la actriz Isabel Garcés, desaparecida en 1981. La actriz se había casado realmente el 4 de agosto de 1919 con el empresario teatral Nicolás González Ballesteros. El enlace se celebró en la iglesia de San Ginés. Juntos manejaron con mano de hierro el Infanta Isabel. Los dos decidían qué obras se estrenaban y qué actores formaban la compañía titular. Según algún veterano intérprete, superviviente de aquella época, no hacían ascos a que en el reparto existieran confidentes que trasladaran secretamente a los empresarios, las opiniones y proyectos de sus compañeros. Además, el empresario tenía un ventanuco en su despacho que daba sobre la caja escénica, lo que le permitía espiar directamente los movimientos de sus empleados. Obviamente, Arturo e Isabel despertaban un cierto temor reverencial entre los artistas y escritores. Algunos actores afirman que todavía, a veces, vaga por la sala el fantasma de don Arturo. Naturalmente la compañera actriz del empresario era la estrella indiscutible de la cartelera, siempre que no estuviera rodando alguna de las películas que hicieron de ella una figura popular en los años sesenta.

Pero no debemos olvidar que a la compañía del Infanta pertenecieron durante largas temporadas actores de la talla de José Isbert, Rafael Bardem, Irene Caba Alba, Rafaela Aparicio, Irene Gutiérrez Caba… En ese pequeño escenario hicieron su debut español Lilí Murati y Analía Gadé. Actores de la talla de Fernando Rey, Paco Rabal, Arturo Fernández o José Sacristán, hicieron también sus primeras apariciones, con papeles mínimos, en el teatro Infanta Isabel.

Estrenos de risa

Teatro Infanta Isabel

Arquitecto:
Eladio Laredo
Promotores:
Luis Garrido y José María Romero
Inauguración:
9 de febrero de 1907, como Cinema Nacional
10 de octubre de 1913, como Infanta Isabel
Dirección:
C/ Barquillo, 24

Aunque el Teatro Infanta Isabel inició su etapa como tal con Los intereses creados, de los casi mil títulos estrenados en su historia destacan los del género humorístico. Algunas de las comedias más populares, repuestas todavía con regularidad, vieron la luz en la calle del Barquillo. Ya en los primeros años, tanto Pedro Muñoz Seca como Carlos Arniches dieron sus novedades al empresario. El primero, por ejemplo, El espanto de Toledo (1926) o La plasmataria (1935). Arniches estrenó La condesa está triste (1930) y El señor Badanas (1930). Aquí, Jardiel Poncela, nacido muy cerca del teatro, estrenó Angelina o el honor de un brigadier (1934), Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1939), Carlo Monte en Montecarlo (1939). Miguel Mihura fue otro de los fieles a Arturo Serrano. La monjita de Melocotón en almíbar fue alumbrada el año 1958. Mihura también estrenó en el Infanta Sublime decisión (1955) y La decente (1967). Los hoy olvidados Llopis y Tono triunfaron brevemente y Adolfo Torrado, otro dramaturgo que duerme el sueño de los autores oportunistas, hizo ganar millones a los empresarios con sus obras de acento gallego. Hasta Alfonso Paso estrenó varias comedias: Cosas de papá y mamá (1960) o Las que tienen que servir (1962) aunque no es extraño porque este autor estrenó muchas obras en todos los teatros de Madrid. Generalmente en varios al mismo tiempo. No es que los autores serios estuvieran ausentes de la programación, sino que, sobre todo en las últimas décadas, el público parece que buscaba preferentemente la carcajada. Pero Jacinto Benavente, abducido por la pareja empresaria, estrenó casi todas sus últimas obras en este teatro: Su amante esposa (1950), Ha llegado don Juan (1952), El alfiler en la boca (1953) y El marido de bronce (1954).

Etapas inciertas

La desaparición de Serrano marcó el comienzo de una etapa azarosa para el teatro. Varios empresarios pretendieron hacerse con la gestión, mientras la propiedad del inmueble seguía en manos de los herederos del fundador. Finalmente se hizo con el teatro la empresa Infanta Isabel S.A., en la que figuraban el escritor y director Santiago Paredes y los arquitectos Ana Achiaga y Antonio del Castillo. El primero acabó vendiendo sus acciones y los segundos son actualmente los propietarios. Tras unas temporadas en las que la programación estuvo en manos de Francisco Salinas y, más tarde, de su viuda, fue Enrique Salaberría, con SMedia, el nuevo responsable de la gestión artística. En estos últimos años ha mantenido una programación ecléctica, alternando títulos comprometidos, como Muerte accidental de un anarquista (2003) o Aquí no paga nadie (2005) con los últimos espectáculos de El Brujo y la escalofriante Mujer de negro (1999 y 2007). Las características del escenario y su imposibilidad de ser ampliado limita el tipo de montajes que pueden presentarse. Hoy los directores requieren espacio y, frecuentemente, complicada maquinaria escénica. Así que el Infanta tiene unas posibilidades limitadas.

Pero no deja de ser estimulante que un local, de origen absolutamente modesto, se haya convertido en uno de los escenarios tradicionales de la capital española.

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