Una mirada al mundo que nos deja Seuls ante La Veritá

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Una mirada al mundo -SEULS_800x534Desde hace varios años el Centro Dramático Nacional (CDN) viene convocando en Madrid a una selección de pocos pero muy interesantes espectáculos durante el otoño. Una suerte de pequeño festival de otoño que trata de acercar a los espectadores, y a los profesionales, a artistas de diversas partes del mundo. En un principio de otras partes del mundo que no se hablase en español y, desde que se encuentra Ernesto Caballero al frente del CDN, también incluye una conexión con Latino América, que sin embargo no se incluyen en el abono que, comprado con antelación, permite acceder a espectáculos de primera a muy buenos precios.

Este festival, llamado Una Mirada al Mundo, es un festival sin pretensiones pero con ambición, mucha ambición, que ya ha sido capaz en su corta andadura de crear un público fiel. Sus abonados se saludan, se conocen, y hacen amistad de hall de teatro. Amistad que se renueva año a año, porque que el que prueba repite, o cuando se encuentren a la entrada de otro espectáculo. Se trata de espectadores motivados y dispuestos a correr riesgos. Como los profesionales que el CDN trae cada año.

Y ¿qué les ha deparado a espectadores y profesionales la “mirada al mundo” de este año? Como siempre, espectáculos de primera que han podido comentar con los equipos artísticos después de la función. Y, en el caso de los profesionales, la asistencia a pequeños cursos, como el que se ha realizado con Wadji Mouawad, que ha dejado de ser en España, gracias a este festival, el autor y director de Incendies, para pasar a ser, también, el de Seuls, el espectáculo que ha presentado en este festival. Su carta de amor al teatro realizado por otro compatriota suyo, el canadiense Robert Lepage, autor conocido y muy apreciado en la escena española, ya que sus espectáculos suelen pasar por nuestro país donde agotan entradas. Dos autores, Mouawad y Lepage, que junto con Cirque du Soleil forman la trinidad teatral quebequesa de la Canadá que habla en francés. Seuls (Solos) es un “one man show”, que bien podría subtitularse “la soledad era esto”, al que el público aficionado o profesional aplaudió hasta que se les rompieron las manos.

Espectáculos corales

El resto de los espectáculos fueron corales. Comenzando con la teatralización de la novela de Chéjov titulada El duelo, que sorprende por la actualidad de su temática: la historia imposible de un hombre joven que vive con su amante en la Rusia zarista lejos de la metrópoli, en el Mar Negro, y los personajes que les acogen o les rechazan. Historia que conmueve por la potencia actoral. En la que todo lo que se ve en escena hace sospechar cierta selección de elementos existentes que confirma su director en el coloquio con el público. Es teatro ruso, sin duda, aunque no se pueda decir muy ruso, pues hay algo nuevo en el trabajo físico que hacen todos los actores y, sobre todo, Anatoli Biely, el protagonista, que hace pensar que el mundo de la escena rusa se está moviendo o al menos buscando, lo que permite acoger en la compañía del Teatro del Arte de Moscú a artistas procedentes de todas las tendencias, y no solo del método Stanislavski, siempre que sean buenos. Un método adecuado para mantener la calidad y ofrecer productos frescos. Refrescarse.

Los que también resultan inquietos son los responsables de Cheek by Jowl, Declan Donellan y Nick Omerod. Su esperadísimo Ubu Roi, la clásica obra de vanguardia de Alfred Jarry que se ha programado en este festival, es la que más profesionales concentra por butaca de patio fuera del día del estreno. De la veterana Julia Gutiérrez Caba a la joven Irene Escolar. Del director Miguel del Arco a la actriz Aitana Sánchez Gijón. Nadie se quiere perder el espectáculo. Y como suele pasar a los artistas que se arriesgan no es el mejor de los suyos que han pasado por nuestras carteleras. Pues en ese intento de actualizar, explicar y acercar la obra a los públicos de hoy en día se banaliza la historia de este rey sanguinario y déspota que, como en Macbeth, es incentivado a usurpar un poder que no le pertenece. Excelentes actores y brillantes recursos escénicos que por explicativos hacen perder a la obra toda su potencia, toda su mala uva, toda su capacidad de enervar al público burgués que ya ha incorporado el discurso de las vanguardias históricas a su acervo cultural. Tal vez, no funcione porque esta obra exige un teatro pobre y cercano a lo amateur y toda parafernalia y técnica teatral va en su contra. En cualquier caso, se agradece que profesionales consagrados por sus inteligentes montajes de Shakepeare se lancen a otras aventuras en vez de repetir fórmula.

También se arriesga, pero porque su línea de trabajo es arriesgada, Christiane Jatahy que presenta una adaptación de La señorita Julia de Strindberg que llama simplemente Julia. Una Julia sensual de nuestros días, en los paraísos tropicales brasileños, de corte postmoderno y metateatral. Donde lo que sucede se ve en las pantallas de cine móviles que forman parte del escenario. Una mezcla extraña de proyección y presencia real. De voces reales e imágenes irreales que a veces proceden de lo que está pasando en el escenario e incluso más allá, en la propia calle, con el cámara ofreciendo diferentes puntos de vista, distintos de los que se pueden ver en un escenario, distintos de los que ofrece la directora sobre las tablas. Un juego que se pierde en su intento de traer el aquí y el hoy brasileños, a lo mejor los nuestros, de convocarlos delante de los espectadores para ver lo poco que se ha cambiado, de aquella Suecia a este Brasil emergente en el que las costuras sociales parece que no aguantan la relación entre una señorita bien y su criado, un don nadie. Teatro de gira asegurada y candidato a hacer correr ríos de tinta críticos y teóricos sobre lo que se ve, se puede ver, se oye y se puede oír. Lo que está dentro y lo que está fuera.

Y para el final, un gran fin de fiesta. El circo de Finzi Pasca que representa La Veritá delante y detrás de un telón original pintado por Dalí, motivo de chiste para los estupendos payasos y maestros de ceremonia que con sus payasadas señalan los enigmas surrealistas del telón. Así que por el mismo precio la gente ríe, se asombra de los números acrobáticos y los malabares, viendo cosas que antes nunca vio o que, aún habiéndolas visto, le parecen completamente nuevas y aprende de arte. En un espectáculo aderezado por música y canciones y una inteligente dirección convirtiendo a quien asiste al espectáculo en niños que buscan caramelos de menta escondidos entre las raíces de los árboles, los mismos que buscan los artistas en escena. Esos caramelos escondidos cuya búsqueda son capaces de liberarnos del miedo que da entrar en el oscuro bosque que los atesora. El fuerte olor y sabor de un pequeño caramelo de menta. Olor de la libertad que acompañará a la mirada al mundo de este año que nos dejó, primero, solos, y, al final, frente a una hermosa y liberadora verdad. Seuls y La Veritá, dos espectáculos que se recordaran y comentarán durante mucho tiempo.

Antonio Hernández Nieto

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